Alexander Fleming, médico y bacteriólogo británico, regresó de unas vacaciones y encontró algo extraño en su laboratorio. Una de sus placas de cultivo con bacterias había sido contaminada por un moho. Lo normal habría sido desecharla de inmediato. Pero Fleming observó un detalle clave: alrededor del moho, las bacterias habían desaparecido.
El hongo, perteneciente al género Penicillium, estaba produciendo una sustancia capaz de matar bacterias. Fleming entendió que había descubierto algo importante, aunque todavía no sabía cómo convertirlo en un medicamento útil. Publicó sus hallazgos, pero durante años la penicilina fue difícil de aislar y producir en grandes cantidades.
No fue hasta la década de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando otros científicos lograron desarrollar métodos para producir penicilina a escala industrial. El impacto fue inmediato. Infecciones que antes eran mortales —como la neumonía, la sepsis o las heridas infectadas— comenzaron a tener tratamiento efectivo.
Antes de la penicilina, una simple cortadura podía ser una sentencia de muerte. Después, la medicina cambió para siempre. La esperanza de vida aumentó, las cirugías se volvieron más seguras y nació la era de los antibióticos.
El descubrimiento de la penicilina no fue fruto de un plan perfecto, sino de la curiosidad de un científico que decidió observar en lugar de desechar. Un accidente, una mirada atenta y una decisión sencilla transformaron la historia de la humanidad y marcaron uno de los mayores avances médicos del siglo XX.
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