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jueves, 1 de enero de 2026

Ruth Amarilis Rodríguez Sotomayor y la Atlántida: Humanidad fragmentada.

Durante décadas se nos ha repetido que la Atlántida fue solo un mito, una isla perdida en el océano descrita por Platón y condenada al terreno de la fantasía. Pero la doctora Ruth Amarilis Rodríguez Sotomayor dedicó casi cincuenta años de su vida a desmontar esa idea, no desde la especulación, sino desde el estudio directo de escrituras antiguas, libros líticos, sistemas matemáticos mayas y documentos ocultos en museos de todo el mundo. Para ella, la Atlántida no fue una isla aislada, sino una humanidad avanzada, anterior al diluvio, que se fragmentó tras una gran catástrofe global y dejó su conocimiento repartido en distintos puntos del planeta.
Según sus investigaciones, América no fue un continente atrasado ni aislado, sino el verdadero centro irradiador del conocimiento primigenio. Desde aquí partieron migraciones antiguas hacia Asia, la India, Mesopotamia, Egipto y más allá. Los textos védicos, especialmente el Rig Veda, hablan de la llegada de pueblos guiados por un legislador de muchas naves hace más de doce mil años, una fecha que coincide con el final de la última gran civilización anterior al cataclismo. Ruth descubrió paralelos lingüísticos, simbólicos y matemáticos entre el sánscrito, las lenguas andinas y los nombres mayas, llegando a la conclusión de que muchos términos mayas no nacieron en Mesoamérica, sino que procedían de una civilización madre a la que ella identifica con la Atlántida.
En este contexto aparece la Cueva de los Tayos, en Ecuador, no como una simple formación natural, sino como parte de un vasto sistema subterráneo artificial, preparado para preservar conocimiento cuando la superficie del mundo se volvió inhabitable. Ruth sostenía que estas galerías no fueron erosionadas por el agua, sino construidas y acondicionadas por una humanidad con tecnología avanzada, consciente de un desastre inminente. Allí se habrían resguardado los llamados “libros metálicos”, láminas de oro y otros metales preciosos con información científica, astronómica, histórica y espiritual de un mundo anterior al nuestro.
Juan Móricz, uno de los pocos investigadores que penetró profundamente en estas galerías, afirmó haber visto salas imposibles, estructuras geométricas perfectas y depósitos de conocimiento que jamás fueron mostrados al público. Ruth conectó estos testimonios con lo que el padre Carlos Crespi recibió durante años de manos de indígenas, láminas grabadas, objetos anómalos y símbolos que no encajaban en ninguna cronología oficial. Para ella, no eran piezas sueltas, sino fragmentos de una misma biblioteca global, deliberadamente fragmentada y ocultada.
Uno de los aspectos más inquietantes de su legado es la referencia a los guardianes. Ruth hablaba de linajes antiguos, incluso de gigantes, asociados a la llamada “época de la semilla cósmica”, una era anterior a la nuestra. En la tradición oral y en ciertos hallazgos silenciados se menciona la presencia de seres de gran tamaño vinculados a la protección de estos lugares subterráneos. En la Cueva de los Tayos se habló de un guardián, de una presencia que no pertenecía al tiempo moderno, y que custodiaba aquello que no debía caer en manos profanas.
Para la doctora, los mayas no fueron una civilización surgida de la nada en Mesoamérica, sino herederos directos de ese conocimiento atlante. Sus matemáticas, su astronomía, su manejo del tiempo y su comprensión del ciclo de las edades del mundo eran restos de una ciencia mucho más antigua. Lo mismo ocurría con Tiwanaku, con las culturas andinas, con los constructores de obras ciclópeas repartidas por todo el planeta. Todo respondía a una misma cronología borrada: edades de oro, plata y decadencia, hasta llegar a nuestra era de confusión.
Ruth denunciaba que este conocimiento fue sistemáticamente ocultado. Museos llenos de reliquias sin estudiar, piezas clasificadas como “rituales” para no reconocer su función científica, lenguas prohibidas, escrituras mal interpretadas. La Atlántida debía seguir siendo un mito, América debía seguir apareciendo como un continente joven y atrasado, y la Cueva de los Tayos como una simple curiosidad geológica.
Pero cuando se conectan los puntos, cuando se escuchan las voces silenciadas, surge otra historia. Una historia donde la humanidad ya alcanzó grandes niveles de conocimiento, donde una catástrofe borró casi todo, y donde lo poco que sobrevivió fue protegido bajo tierra, esperando a que llegara una humanidad capaz de comprenderlo sin destruirlo.
Tal vez la pregunta no sea si la Atlántida existió. Tal vez la verdadera pregunta sea por qué se hizo todo lo posible para que olvidáramos que existió, y por qué lugares como la Cueva de los Tayos siguen rodeados de silencio, misterio y negación.
Por qué no se reconoció el trabajo de la Dr. Ruth Sotomayor?, O es que al sistema no les interesa que esta información salga al público?.
La historia no es como nos la cuentan.
 
De la red... 
 

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