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sábado, 31 de enero de 2026

EL LOGO, EL HOMBRE QUE ERA MÁS GRANDE QUE SU PROPIA LEYENDA

¿Y si te dijera que un hombre...
fue el rostro de la derrota más icónica de la NBA...
y terminó siendo el símbolo eterno de todo el deporte?
 
No fue solo un jugador.
Fue una obsesión.
 
Fue Jerry West.
 
Nació en 1938.
Chelyan, West Virginia.
Una cabaña sin electricidad ni agua corriente.
Un padre abusivo.
Una infancia de pobreza y miedo.
 
El baloncesto fue su escape.
Pero no fue fácil.
Era flaco, muy flaco.
1.70 metros en la secundaria.
"Demasiado pequeño", decían.
 
Practicaba hasta caer rendido.
Tiros desde todas partes.
Una y otra vez.
Cada tiro fallado era un fracaso personal.
Cada tiro anotado, un alivio temporal.
 
En la Universidad de West Virginia...
creció hasta 1.88 metros.
Se convirtió en una estrella.
All-American.
Llevó a su equipo a la final nacional.
Perdieron.
 
Los Minneapolis Lakers lo seleccionan en el draft.
Segunda elección general.
Detrás de Oscar Robertson.
 
Era rápido.
Era letal.
Su tiro era pura mecánica.
Perfecta.
Pero había algo más:
 
Una necesidad de ganar que rayaba en lo enfermizo.
 
Finales de la NBA.
Lakers contra Celtics.
Juego 3.
Último segundo.
Empate.
 
West lanza desde media cancha.
¡Anota!
Los Lakers ganan.
 
Pero perdió la serie.
Como perdería muchas más.
 
Nueve Finales de la NBA.
Ocho derrotas.
Ocho.
Siete de ellas contra los Celtics.
 
West se lesiona la mano.
Juega con los tendones rotos.
Anota 45 puntos.
Pierden.
 
Juego 7.
Último minuto.
West falla un tiro clave.
Pierden por dos puntos.
 
Después del partido, en el vestuario:
"Odio perder. Odio todo sobre perder."
 
Finales.
Lakers contra Celtics, otra vez.
Juego 7.
West tiene 42 puntos, 13 rebotes, 12 asistencias.
Triple-doble.
Pierden.
 
Pero gana el MVP de las Finales.
El único MVP de las Finales en un equipo perdedor.
Un consuelo amargo.
 
"Prefiero no haberlo ganado", dijo después.
"Prefiero haber ganado el partido."
 
Su obsesión por la victoria...
su perfeccionismo...
lo consumían.
 
Revisaba filmaciones durante horas.
Criticaba a sus compañeros.
Exigía más.
Siempre más.
 
Finales.
Lakers contra Knicks.
Juego 3.
Último segundo.
Empate.
 
West lanza desde 18 metros.
¡Anota!
Ganan.
 
Pero no la serie.
Pierden en 7 juegos.
 
Esa imagen...
West lanzando desde la mitad de la cancha...
se convirtió en el logo de la NBA.
 
El hombre que más perdió...
se convirtió en el símbolo del deporte.
 
La ironía lo perseguía.
 
Finalmente.
Los Lakers ganan el campeonato.
West, a los 33 años.
Después de 13 temporadas.
Después de 8 Finales perdidas.
 
No celebró.
"No sentí alegría", dijo después.
"Solo sentí alivio.
Como si finalmente hubiera pagado una deuda."
 
Se retiró en 1974.
25.192 puntos.
6.238 asistencias.
14 veces All-Star.
Miembro del Mejor Quinteto en 10 ocasiones.
 
Pero sus números no importaban.
Lo que importaba era el dolor.
La obsesión.
La búsqueda interminable de algo que siempre se le escapaba.
 
Como entrenador, fue mediocre.
"No podía entender por qué los demás no querían ganar tanto como yo."
 
Como ejecutivo, fue brillante.
Construyó los Lakers de Magic y Kareem.
Los Lakers de Shaq y Kobe.
Ocho campeonatos como ejecutivo.
 
Pero nunca superó sus propias derrotas.
 
En 2019, a los 81 años:
"Todavía sueño con esos partidos.
Todavía me despierto sudando.
Todavía veo esos tiros fallados."
 
Jerry West nos enseña una verdad incómoda:
 
A veces, el más grande no es el que más gana.
Es el que más sufre por ganar.
 
Su legado no son sus campeonatos.
Son sus derrotas.
Sus casi.
Sus agonías.
 
Porque en el deporte...
como en la vida...
lo que más nos define no es cuánto ganamos.
Es cuánto podemos perder...
y seguir intentándolo.
 
West perdió ocho Finales.
Pero nunca se rindió.
Nunca dejó de intentarlo.
 
Cada verano...
después de cada derrota...
volvía al gimnasio.
Tiraba. Y tiraba. Y tiraba.
 
Como si cada tiro...
pudiera borrar una derrota.
Como si cada canasta...
pudiera compensar todo el dolor.
 
No podía.
Pero lo intentaba.
 
Porque Jerry West no jugaba para ganar.
Jugaba porque no saber jugar...
era no saber vivir.
 
Y cuando vemos el logo de la NBA...
ese hombre anaranjado con el balón...
recordemos:
 
No es un símbolo de victoria.
Es un símbolo de lucha.
De obsesión.
De la belleza terrible de intentarlo una vez más...
aunque sepas que probablemente fallarás.
 
Porque al final...
lo que hace grande a un hombre...
no es si gana o pierde.
 
Es que, después de perder ocho Finales...
tenga el valor de intentar una novena.
 
Y una décima. 
Y una undécima.
 
Hasta que finalmente...
una única vez...
la victoria se siente como lo que siempre fue:
 
No un triunfo.
Solo el fin del dolor.
 
Jerry West no fue un campeón.
Fue algo más valioso:
 
Fue un luchador.
Y en un mundo de ganadores y perdedores...
esa es la categoría que más importa.
 
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=122191036358548236&set=a.122139665174548236

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