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sábado, 24 de enero de 2026

EL DÍA EN QUE MÉXICO SALVÓ A MILES… Y CASI NADIE LO RECUERDA

 


En 1939, mientras Europa se cerraba como una trampa, México abrió una puerta.
No fue un gesto simbólico.
Fue una decisión política.
Y también moral.
La Guerra Civil Española había terminado. El régimen franquista se imponía con cárceles, fusilamientos y exilios forzados. Decenas de miles de personas —maestros, médicos, ingenieros, artistas, familias enteras— buscaban un lugar donde empezar de nuevo.
Muchos países miraron hacia otro lado.
Otros cerraron fronteras.
Algunos pusieron condiciones imposibles.
México no.
El presidente Lázaro Cárdenas dio una orden clara: recibirlos. Sin cuotas humillantes. Sin interrogatorios ideológicos. Sin exigir que dejaran de ser quienes eran.
—Que vengan —dijo—. Aquí hay lugar.
Y vinieron.
Llegaron en barcos abarrotados, con maletas hechas a toda prisa, con niños que no entendían por qué el mar duraba tanto. Llegaron con miedo… y con dignidad.
México no los trató como una carga.
Los integró.
Los exiliados españoles fundaron escuelas, editoriales, universidades, talleres, laboratorios. Cambiaron la educación, la ciencia, la cultura. Muchos de los libros que hoy se leen, muchas instituciones que hoy parecen “de siempre”, nacieron gracias a ese exilio.
Pero hay algo que casi no se cuenta.
México no solo recibió intelectuales.
Recibió familias rotas.
Mujeres solas con hijos. Ancianos sin patria. Personas que habían perdido todo menos la memoria. Y aun así, nadie les pidió que agradecieran eternamente. Se les permitió trabajar, enseñar, vivir.
Años después, algunos regresaron a España.
Otros se quedaron para siempre.
Sus hijos crecieron hablando con acento mezclado.
Sus nietos ya se sintieron mexicanos sin duda alguna.
El país ganó más de lo que dio.
Pero esa historia rara vez se enseña como debería.
No hay grandes monumentos.
No hay fechas patrias dedicadas a ese gesto.
Solo quedan apellidos, escuelas, bibliotecas…
y una lección incómoda para los tiempos actuales:
que hubo un momento en que México decidió no tener miedo del otro.
Que en un mundo que huía del compromiso, eligió hacerse cargo.
Que la verdadera grandeza de un país no siempre está en ganar guerras,
sino en salvar vidas cuando nadie más quiere hacerlo.
Hoy, cuando el exilio vuelve a repetirse en otras fronteras y con otros nombres, esa historia vuelve a hablar.
Bajo.
Sin gritos.
Pero con una claridad que atraviesa el tiempo:
hubo un día en que México entendió
que la solidaridad también es soberanía.
Y aunque casi nadie lo recuerde…
ocurrió.
 
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1433703398123796&set=a.596231578537653 

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