Roma era una máquina de precisión. Un legionario no era solo un soldado, era un engranaje de un sistema burocrático y militar que anotaba hasta el último denario gastado en sandalias. Por eso, cuando una legión entera —unos 5.000 hombres más auxiliares— desaparecía de los registros, el silencio oficial no era por despiste, sino por vergüenza o puro misterio.
Aquí tienes la crónica extendida de los dos "Expedientes X" más fascinantes de la Antigüedad.
1. El desastre de Craso: ¿Legionarios en la Gran Muralla?
Para entender la pérdida de la Legio de Craso, hay que entender al personaje. Marco Licinio Craso era el hombre más rico de Roma. Tenía el dinero, pero le faltaba algo que no podía comprar en el mercado: la Gloria Militar (la que les sobraba a sus del Pirmer Triunvirato, César y Pompeyo). Así que, en 53 a.C., con la arrogancia de quien se cree intocable, Craso decidió jugar a los soldaditos: reunió a 40.000 hombres (pagados de su bolsillo) y se marchó a Oriente a invadir el Imperio Parto (actual Irán/Irak). Su plan era simple: llegar, matar, saquear y volver a Roma para que le hicieran un desfile. Spoiler: Salió mal.
En la planicie de Carrhae, Craso se dio de bruces con la realidad. Fue capturado vivo y, según cuenta la leyenda, sabiendo que amaba el dinero por encima de todas las cosas, el general parto Surena decidió darle una lección de ironía final. Le abrieron la boca y, mientras le vertían oro hirviendo en la garganta, le dijeron la frase que, aunque legendaria, debería estar grabada en la tumba de todo codicioso:
"Aurum sitiesti, aurum bibe." (Sed de oro tuviste, bebe oro).
El misterio:
Unos 20.000 hombres murieron en la arena, no llegaron a 10.000 los que regresaron a casa... y qué fue de esos otros casi 10.000 que desaparecieron. ¿Se los tragó la tierra? No exactamente. Las crónicas sugieren que serían hechos prisioneros y que los partos los usaron como "carne de cañón" en la otra punta de su imperio, en la actual Turkmenistán, para que vigilaran la frontera contra los nómadas. Y aquí es donde la historia se vuelve loca.
Años después, en el 36 a.C., un general chino llamado Chen Tang asaltó una ciudad en Asia Central y se encontró con unos mercenarios que usaban una formación de "escamas de pescado" (¿formación "testudo"?) y campamentos cuadrados de madera (clásico romano). Estos hombres impresionaron tanto a los chinos que se los llevaron a China y fundaron la ciudad de Li-Jien (una transcripción de legio, "Legión"). Hoy, en esa zona del desierto del Gobi, hay gente con pelo rubio, ojos azules, narices aguileñas y un ADN europeo que canta a la legua (46% de coincidencia con genética europea). Parece que los muchachos de Craso decidieron que, ya que no podían volver a Italia, mejor montar un chiringuito en la Gran Muralla.
2. La IX Hispana: El orgullo de Hispania tragado por la bruma
Si la de Craso fue una tragedia de ambición, la de la IX Hispana es el misterio por excelencia del norte de Europa y de la arqueología británica. Esta legión se ganó el apodo en nuestra península, curtida en mil batallas contra cántabros y astures. Era una unidad de élite, la "punta de lanza" en la conquista de Britania (la actual Gran Bretaña). Pero, de repente su rastro en las islas se vuelve más difuso que un día de niebla en Londres.
La leyenda de Escocia:
Hacia el año 108, la Novena estaba en York. De repente, desaparece de las inscripciones británicas. La teoría más romántica —alimentada por Rosemary Sutcliff en su novela "El Águila de la Novena" o la película "La legión del águila", muy recomendables las dos— dice que marcharon hacia el norte para aplastar una rebelión de los pictos (aquellos guerreros pintados de azul que daban miedo solo con verlos) y que fueron aniquilados en los bosques caledonios. Roma, humillada por perder una legión entera contra "bárbaros desnudos", habría borrado su nombre y construido el Muro de Adriano para que nadie cruzara al lugar donde sus hombres murieron.
La realidad (menos épica, pero igual de turbia):
Arqueólogos aguafiestas han encontrado sellos de la IX Hispana en Nimega (Holanda) fechados después de su supuesta desaparición en Escocia. Esto sugiere que la legión no fue aniquilada, sino que sufrió tantas bajas que fue trasladada al continente para lamerse las heridas.
Sin embargo, el misterio sigue: para el año 165, en una columna que enumeraba todas las legiones del Imperio, la IX Hispana ya no estaba. Si no murieron en el barro de Escocia, es muy probable que encontraran su final en la otra punta del mundo, en las revueltas judías de Bar Kojba o en alguna guerra contra los persas. Pasaron de ser los dueños del norte a ser una unidad "fantasma" que simplemente dejó de existir en los papeles oficiales.
El silencio de Roma
¿Por qué no sabemos más? Porque a Roma no le gustaba el fracaso. Cuando una legión perdía su Águila (el estandarte sagrado), la vergüenza caía sobre todo el Imperio. Si la legión era aniquilada, se disolvía su número y nunca más se volvía a usar (como el dorsal de una leyenda del fútbol, pero por deshonra).
Estas legiones perdidas representan ese momento en que la civilización choca contra lo desconocido. Ya sea en las fronteras de China o en los bosques de Escocia, sus soldados recordaron al mundo que, por muy poderoso que fuera el César, la geografía y la mala suerte siempre tienen la última palabra.
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1339906304837358&set=a.585074123653917
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