¡Ojo a la historia de hoy porque parece el guion de una película de espías de serie B, pero fue la cruda realidad que nos borró del mapa mundial!
¿Alguna vez has oído eso de que "el orgullo no se come"? Pues en 1898, el orgullo (o la honestidad, según se mire) nos costó las últimas joyas de la corona. Sentaos, coged palomitas, que os cuento la carambola del destino que terminó con el Imperio español de ultramar.
Eran las 21:40 del 15 de febrero de 1898. La noche en la Habana (Cuba) estaba en pleno bullicio hasta que, de pronto, un estruendo brutal sacudió hasta los cimientos de la capitanía. El acorazado estadounidense Maine, que estaba de "visita de cortesía" (léase: "estoy aquí vigilándote") en el puerto, salta por los aires.
Resultado: 266 marineros muertos y un barco en el fondo del mar. Los oficiales españoles, en un gesto de caballerosidad, se lanzaron al agua para salvar a los supervivientes, pero la suerte ya estaba echada. La investigación española fue impecable: las planchas del casco estaban dobladas hacia FUERA. Blanco y en botella: la explosión fue interna, un accidente en el polvorín o en las calderas.
¿Qué hicieron los estadounidenses? Pues lo que mejor saben hacer: marketing de guerra. Al grito de "¡Recordad el Maine, al infierno con España!", la prensa de Hearst y Pulitzer inflamó a la opinión pública. Ya tenían el "Casus Belli" perfecto.
El "maletín" que pudo haber cambiado todo:
Pero aquí viene lo que no te contaron en el instituto y que tiene su punto "canalla". Días antes de que el Maine saltara por los aires, Washington ya estaba moviendo los hilos por debajo de la mesa. Madrid recibió una carta que era, básicamente, una oferta de compra por Cuba.
La cifra: 300 millones de dólares de la época por la isla. Una fortuna que le habría venido a las arcas españolas como agua de mayo. Y aquí está el giro de guion: los estadounidenses, que conocían bien los vicios de la política, ofrecieron 1 millón de dólares extra en concepto de "comisión personal" para los negociadores que facilitaran el acuerdo.
Sí, habéis leído bien. Los EE.UU. intentaron comprar Cuba con una "mordida" millonaria para que nuestros políticos se llenaran los bolsillos, firmaran el papelito y se fueran de rositas a su casa.
El "no" que nos salió carísimo (pero con dignidad):
Y aquí llega lo más loco: en una España hundida, con una flota de madera frente a una de acero, y con una inestabilidad política de juzgado de guardia... nuestros negociadores dijeron que NO.
Ni aceptaron el millón de dólares para sus bolsillos, ni aceptaron vender la soberanía nacional. Por una vez —y sin que sirva de precedente en la historia de la picaresca política—, el orgullo patrio y la integridad prevalecieron sobre el maletín. Se rechazó el soborno y se rechazó la venta.
¿El resultado? El 25 de abril de 1898, EE.UU. nos declaraba la guerra. Lo que vino después ya lo sabéis: la derrota humillante en Cavite y Santiago de Cuba, el Tratado de París y la pérdida de Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico. El Imperio se acabó de un plumazo.
La gran paradoja: ¿Honestidad o pragmatismo?
Aquí es donde os quiero preguntar, porque la jugada tiene tela:
1. Opción A (La corrupta): Si nuestros políticos hubieran sido unos "chorizos" de manual, habrían aceptado el millón, España habría cobrado los 300 millones, nos habríamos ahorrado miles de muertos y la humillación militar. Cuba hoy sería un estado más de EE.UU. (o un Puerto Rico 2.0).
2. Opción B (La que ocurrió): Se mantuvieron firmes, no se dejaron comprar, defendieron la bandera... y nos barrieron del mapa, sumiendo al país en una depresión social y económica que duró décadas (la famosa Generación del 98).
Es una de esas ironías crueles de la historia: a veces, hacer "lo correcto" sale mucho más caro que ser un canalla.
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1340344908126831&set=a.585074123653917
No hay comentarios:
Publicar un comentario