Bob Ezrin estaba metido en un lío tremendo tratando de armar The Wall en 1979. Los de Pink Floyd, por su lado, más que crear música parecían estar levantando muros invisibles entre ellos. La tensión era palpable, y muchos pensaban que valía más la pena abandonar que seguir peleando por ese disco. Pero Ezrin tenía otra idea.
Roger Waters tenía algo claro: Pink Floyd no hacía singles, y tratar de convertir una canción en un hit era, según él, “una tontería”. Sin embargo, Ezrin no podía sacarse de la cabeza el segundo movimiento de esa pieza dividida en tres partes, “Another Brick in the Wall”. Veía algo que los demás no querían ver.
Para Waters, The Wall era más que música; era una exploración personal profunda. En la primera parte de “Another Brick in the Wall”, el personaje principal empieza a alejarse de todos, encerrándose en su propio mundo. En la segunda, revive cómo el sistema escolar lo aplastó casi por completo.
Pero Ezrin escuchó algo más. “Lo más importante que hice para la canción fue insistir en que tuviera más de un verso y un estribillo, como fue cuando Roger la escribió”, contó años después. Dijo que el tema duraba apenas un minuto veinte segundos, y que necesitaba más para ser un éxito. Los músicos se negaron, respondieron con un “no hacemos singles, así que vete a la mierda”. Entonces, cuando se fueron, Ezrin repitió versos, metió un relleno de batería, y alargó el estribillo.
David Gilmour, antes de grabar su solo, fue enviado por Ezrin a escuchar música disco en clubes nocturnos. Sí, disco. La experiencia fue “horrible” para él, pero volvió inspirado y clavó su solo de una sola vez. Mientras tanto, Nick Mason puso ese ritmo disco en la batería, dando un aire que, a primera vista, parecía fuera de lugar, pero que terminó por darle vida al tema.
La jugada maestra llegó con la idea de usar voces infantiles. Ezrin mandó a grabar a un grupo de niños de una escuela cercana. El director de música tuvo que ocultar la letra para que no le quitaran la oportunidad. “Quería hacer música relevante para los niños, no simplemente sentarme a escuchar a Tchaikovsky”, dijo. Y vaya que fue relevante.
Ezrin, que ya sabía cómo manejar coros infantiles —pues había trabajado con Alice Cooper— pidió 24 pistas de voces de niños con acentos distintos, llenando la canción de autenticidad y alma. Cuando Roger Waters escuchó el coro entrar en la segunda parte, su expresión cambió por completo. Supo que aquello sería un éxito.
Waters dijo que el resultado fue “excelente, exactamente lo que esperaba”. Pero Gilmour no estaba tan convencido: “al final, no suena como Pink Floyd”, afirmó. La tensión con la discográfica era tal que Ezrin se llevaba las cintas a casa, temiendo que las perdieran.
A pesar de que la canción sonaba un poco a Bee Gees con esa vibra disco en el coro, eso no le quitó fuerza ni impacto. “Another Brick in the Wall, Part II” salió el 8 de enero de 1980 y llegó al número uno en Estados Unidos el 22 de marzo. Estuvo 25 semanas en las listas y empujó a The Wall a vender casi 30 millones de copias. Sigue siendo el único sencillo número uno de Pink Floyd.
David Gilmour reconoció años después que The Wall nació de “los últimos rescoldos de Roger y mi capacidad para trabajar juntos en colaboración”. Admitió que no le gustaba tanto el álbum como cuando salió. Ezrin, por su parte, no dudó en llamarlo “posiblemente el mejor trabajo de esa década”. Y, si me preguntas, uno de los discos más grandes del rock.
De la red...
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