Hay algo más poderoso que el miedo.
Más efectivo que la violencia.
Más peligroso que la ignorancia.
Se llama desplazamiento de responsabilidad.
La psicología lo ha demostrado una y otra vez:
cuando una persona siente que “no es ella quien decide”,
puede hacer cosas que jamás haría por voluntad propia.
En experimentos reales, personas comunes aplicaron castigos, humillaciones e incluso dolor a otros…
no porque quisieran,
sino porque alguien con autoridad les dijo:
“continúa”.
Lo inquietante no es que obedecieran.
Es que su mente se convencía de que no eran culpables.
El cerebro activa una especie de interruptor:
yo no soy el autor, solo el ejecutor.
En ese punto, la moral no desaparece.
Se desconecta.
Por eso este mecanismo ha sido usado en guerras, sectas, sistemas totalitarios y manipulaciones masivas.
No necesitas convencer a alguien de que algo es correcto.
Solo necesitas convencerlo de que no es su decisión.
Y lo más perturbador:
este mecanismo no vive en personas “malas”.
Vive en todos.
La diferencia no está en quién obedece…
sino en quién se detiene a cuestionar la orden.
Porque la mente humana puede soportar la culpa.
Pero no soporta sentirse sola frente a una decisión.
De la red...
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