El 7 de enero de 1610, Galileo Galilei apuntó un telescopio construido por él mismo hacia el cielo nocturno y observó a Júpiter. Lo que vio no parecía extraordinario al principio: tres pequeños puntos luminosos alineados cerca del planeta. Galileo pensó que podían ser estrellas lejanas, sin mayor importancia.
Pero algo no encajaba.
Al observar de nuevo la noche siguiente, esos puntos habían cambiado de posición. No se movían como estrellas de fondo. Durante los días siguientes, Galileo continuó observando con paciencia y rigor. El 11 de enero apareció un cuarto punto luminoso. Lo más llamativo era que ninguno de ellos se alejaba de Júpiter: siempre permanecían cerca y cambiaban de lugar noche tras noche, como si giraran a su alrededor.
Tras una semana de observaciones sistemáticas, Galileo llegó a una conclusión revolucionaria para su época: aquellos puntos no eran estrellas, sino cuerpos que orbitaban Júpiter. Hoy los conocemos como Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, las lunas galileanas.
Este descubrimiento fue mucho más que encontrar cuatro nuevos mundos. Por primera vez, se demostraba con observaciones directas que no todo giraba alrededor de la Tierra. Si había cuerpos orbitando otro planeta, entonces el modelo geocéntrico no podía ser correcto. El universo era más complejo de lo que se creía, y la idea propuesta décadas antes por Copérnico comenzaba a sostenerse con evidencia real.
Con un telescopio sencillo y una mente dispuesta a cuestionar lo establecido, Galileo mostró que la naturaleza no responde a creencias, sino a observaciones. Aquella noche de enero de 1610 no solo reveló lunas alrededor de Júpiter: abrió la puerta a una nueva forma de entender el cosmos, basada en la evidencia y el movimiento real de los cuerpos celestes.
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