Tenía solo diecisiete años, apenas la edad para que la llamaran mujer, cuando le mostró al mundo un tipo de valentía con la que muchos países solo pueden soñar.
Un oficial alemán le hizo una última oferta:
«Dinos los nombres de tus camaradas y vivirás».
Lepa no necesitó pensarlo.
No suplicó.
No rogó.
Levantó la barbilla, miró de frente al hombre que tenía su vida en las manos y respondió con una calma que todavía estremece:
«No soy una traidora.
Me matarán —
pero habrá quienes me venguen».
La ejecución siguió su curso.
Pero Lepa Radić no cayó en el olvido.
Su coraje se volvió un grito de batalla.
Una infancia interrumpida por la guerra
Lepa tenía quince años cuando la guerra estalló en su tierra. En lugar de cuadernos y bailes, le tocó la realidad de la ocupación: detenciones, miedo, hambre, pueblos castigados. Muchos adultos quedaron paralizados por el terror.
Lepa se negó a guardar silencio.
Se unió a la resistencia de los partisanos yugoslavos y asumió tareas que ponían su vida en juego. En febrero de 1943, durante la Batalla de Neretva, se encargó de trasladar heridos hacia un refugio. Cada paso podía ser el último.
Y aun así, no dudó.
Capturada — Pero jamás quebrada
En 1943, en plena lucha, fue capturada y trasladada a Bosanska Krupa. Querían información: nombres, lugares, cualquier cosa para aplastar a la resistencia. La torturaron durante varios días.
No delató a nadie.
Ni un solo nombre.
Su silencio fue más fuerte que su crueldad.
Entonces decidieron ahorcarla en público — para convertirla en ejemplo.
En cambio, la convirtieron en mártir.
En cambio, la convirtieron en leyenda.
Un legado que se niega a morir
Después de la guerra, Lepa Radić recibió de manera póstuma la Orden del Héroe del Pueblo (20 de diciembre de 1951), convirtiéndose en la persona más joven en obtenerla hasta ese momento. Su imagen estuvo en escuelas. Calles, escuelas y monumentos llevaron su nombre. Generaciones aprendieron su historia como símbolo de lo que de verdad significa ser valiente.
Pero su legado no vive solo en estatuas.
Vive en cada persona que se niega a inclinarse ante la injusticia.
En cada joven que entiende que la resistencia no tiene edad mínima.
Lepa Radić no tuvo la oportunidad de envejecer.
No vio volver la paz.
No vio reconstruirse su país.
Pero con la soga al cuello, dejó claro que ni siquiera la muerte podía conquistarla.
Y tenía razón.
Su cuerpo cayó.
Pero su coraje —
y la rebelión que protegió —
siguieron en pie.
Tenía diecisiete años.
Era feroz.
Era indoblegable.
A veces, el soldado más fuerte en el campo de batalla
es una adolescente
que se niega a rendir el alma.
De la red...
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