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sábado, 24 de enero de 2026

LOS SAN Y EL SILENCIO QUE IMPIDE A LOS HÉROES NACER


En el desierto del Kalahari, donde la arena no promete nada y el cielo parece demasiado grande para cualquier ego, viven los san, también llamados bosquimanos. Son uno de los pueblos más antiguos del mundo. Cazadores, rastreadores, narradores… y expertos en algo que la mayoría de las sociedades modernas han olvidado cómo hacer:

Evitar que alguien se crea superior a los demás.

Toma tenía once años cuando volvió de su primera gran cacería con un antílope. Había sido rápido. Preciso. Había seguido el rastro durante horas sin perderlo. El animal cayó limpio. Toma regresó al campamento con el pecho inflado, esperando reconocimiento.

No lo obtuvo.

Cuando dejó el antílope en el suelo, los ancianos lo miraron y empezaron a reír.

—¿Eso es todo? —dijo uno—. Pensé que habías traído algo más grande.

—Está flaco —añadió otro—. Seguro estaba enfermo.

Las mujeres rieron. Los niños imitaron las bromas. Nadie insultaba con maldad. Nadie gritaba. Simplemente desinflaban.

Toma sintió vergüenza. Luego rabia. Luego confusión.

Esa noche, su abuelo se sentó a su lado sin tocar el tema.

Al final, habló.

—Hoy hiciste algo bien —dijo—. Y hoy hicimos algo mejor.

Toma no entendió.

—Si te hubiéramos alabado —continuó—, mañana creerías que cazas solo. Y el día que falles, caerás solo.

Los san practican desde hace generaciones lo que los antropólogos llamaron “igualación agresiva”. Ellos no usan ese nombre. Para ellos es simple: nadie debe crecer tanto que deje de escuchar.

Por eso, cuando alguien logra algo importante, el grupo lo minimiza. No para humillarlo, sino para protegerlo del veneno más peligroso del desierto: el orgullo que aísla.

—El cazador que se cree grande —decía el abuelo— deja de ver huellas.

Los san saben que la supervivencia depende del grupo. Nadie caza siempre. Nadie acierta siempre. Si alguien se cree héroe, rompe la red invisible que sostiene a todos. Y en el Kalahari, romper esa red es una sentencia lenta.

Con el tiempo, Toma aprendió a reírse de sí mismo. A contar sus errores antes que sus éxitos. A recibir las burlas como recordatorios de pertenencia. No era falsa modestia. Era higiene social.

Un día llegaron investigadores. Querían estudiar sus técnicas de caza, su resistencia física, su capacidad de rastreo. Se sorprendieron al ver que el mejor cazador era tratado como uno más.

—¿Por qué no lo celebran? —preguntaron.

Un anciano respondió:

—Porque mañana puede no volver.

No era fatalismo. Era realismo.

Años después, algunos san fueron llevados a ciudades, a programas de trabajo, a sistemas que premiaban al “mejor”, al “más productivo”, al “más rápido”. Muchos se sintieron perdidos. El elogio constante los inquietaba. La competencia los agotaba.

Toma fue uno de los que regresó.

—Allí —dijo—, todos quieren ser alguien. Aquí, ya lo somos.

Hoy, Toma enseña a los niños a leer huellas que casi no existen: un grano de arena desplazado, una hoja rota en la dirección equivocada, una sombra mínima. Pero también les enseña algo más difícil: cómo recibir un logro sin quedarse con él.

—Si algo te sale bien —les dice—, entrégalo al grupo. Si te sale mal, entrégalo también.

En un mundo que fabrica ídolos con facilidad y luego los destruye con la misma rapidez, los san conservan una sabiduría incómoda y profundamente humana:

Que el éxito individual, sin contención comunitaria, se vuelve peligroso.
Que el ego crece más rápido que la comida.
Y que, a veces, la mejor forma de cuidar a alguien…

Es no dejar que se crea un héroe.

En el Kalahari, el silencio después de una broma vale más que cualquier aplauso. Porque recuerda algo esencial:

Que nadie sobrevive solo.
Y que el verdadero mérito no es destacar…

Sino seguir siendo parte.

Tomado de:  https://www.facebook.com/photo/?fbid=1433408508153285&set=a.596231578537653

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