Durante la Antigüedad, la sal fue uno de los recursos más valiosos del mundo, llegando a equipararse con metales preciosos. Su importancia iba mucho más allá del sabor: era indispensable para conservar carnes y pescados, una necesidad fundamental en épocas en las que no existía la refrigeración. Controlar la sal significaba asegurar la supervivencia.
En el Imperio romano, los soldados recibían parte de su paga en sal o en dinero destinado a adquirirla. A este pago se lo llamaba salarium, término del que deriva la palabra “salario”. Gracias a la sal, los militares podían mantener sus provisiones durante largas campañas y desplazamientos.
Su alto valor impulsó la creación de rutas comerciales exclusivas y, en muchos lugares, los impuestos sobre la sal provocaron conflictos, protestas e incluso crisis políticas. En ciertas regiones, llegó a utilizarse como medio de intercambio.
Hoy la sal es un producto cotidiano y accesible, pero durante siglos representó poder, riqueza y vida. Cada vez que usamos la palabra “salario”, evocamos sin saberlo una época en la que pequeños cristales blancos sostenían ejércitos y moldeaban imperios.
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