En la vida de San Juan Bosco hay muchos hechos extraordinarios.
Pero hay uno que siempre ha llamado la atención por su misterio…
Don Bosco contaba que, en momentos de gran peligro, aparecía un perro grande, de pelaje gris, silencioso y fuerte, que lo acompañaba y lo protegía sin que nadie supiera de dónde venía.
La primera vez ocurrió cuando Don Bosco regresaba de noche, solo, por calles peligrosas de Turín. En una época marcada por persecuciones anticlericales, amenazas y ataques, su vida corría verdadero riesgo.
De pronto, el perro apareció a su lado.
Caminó junto a él, vigilante.
Nadie se acercó.
Al llegar a destino, el animal desapareció sin dejar rastro.
Este hecho se repitió varias veces a lo largo de los años.
El Gris aparecía cuando Don Bosco estaba en peligro real:
cuando había intentos de agresión, emboscadas o amenazas serias contra su vida.
No atacaba.
No ladraba sin motivo.
Su sola presencia bastaba para ahuyentar a quienes querían hacerle daño.
Algunos jóvenes del Oratorio también lo vieron.
Intentaron tocarlo.
Nunca pudieron seguirlo cuando se iba.
Don Bosco nunca afirmó con ligereza qué era El Gris.
Pero dejó claro algo: no era un perro común.
En la tradición católica, muchos ven en esta historia una protección providencial, incluso una posible intervención angélica permitida por Dios para cuidar a un sacerdote que entregaba su vida a los jóvenes más pobres y abandonados.
La Iglesia no obliga a creer en este tipo de hechos extraordinarios.
Pero tampoco los descarta cuando apuntan a algo mayor:
Dios cuida a quienes cumplen fielmente su misión.
Don Bosco vivió rodeado de peligros, carencias y ataques.
Y aun así, nunca dejó de confiar.
La historia del Gris no busca alimentar la curiosidad,
sino recordar una verdad profunda del Evangelio:
A veces,
la ayuda llega…
envuelta en misterio.
De la red.
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