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¡Bienvenidos, amigos del blog! Es un placer abrirles las puertas de este espacio que he cultivado desde 2009, un rincón donde convergen mis pasiones por diversas disciplinas humanísticas: las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Con el fin de atesorar, conservar y compartir, recopilo trabajos, obras, escritos y cantos de otros que valoro, y los combino con aportaciones originales que nacen de mi contemplación, estudio, reflexión, arte y creatividad. Para accesar las publicaciones originales debes escribir mi nombre (Chadys) o iniciales (CP) en la barra de búsqueda del blog. Espero puedan disfrutar de este espacio, al igual que disfruto yo al compartirlo con ustedes. También pueden explorar mi música en Spotify y YouTube. Quienes deseen adquirir mis obras literarias y musicales pueden hacerlo a través de su librería preferida, en Amazon, eBay, o contactándome directamente. Gracias por acompañarme en esta saga, un abrazo solidario.

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miércoles, 1 de abril de 2026

NO TE MEZCLES CON AQUELLO QE NO QUIERES CONVERTIRTE


Hay mesas donde se ríe…
pero se corrompe el corazón.
Hay conversaciones que parecen normales…
pero están sembrando en ti lo que después no podrás arrancar.

El problema no empieza cuando actúas,
empieza cuando dejas de incomodarte.

Cuando ya no te pesa…
cuando ya no disciernes…
cuando lo toleras porque “no es para tanto”.

Ahí es donde comienza la transformación.

No te conviertes de golpe.
Te conviertes por exposición.

Por eso no todo el mundo es tu círculo.
No todo ambiente es para tu propósito.
No toda mesa es para tu destino.

Porque tarde o temprano…
te parecerás a lo que te rodea.

Y si no cuidas con quién te sientas,
terminarás comiendo lo mismo que ellos.

No te mezcles demasiado con lo que no quieres convertirte.

De la red. 

“Un Estado que no procura la justicia, no es más que una banda de malhechores".


Hay ideas que incomodan porque dicen en pocas palabras lo que muchos prefieren no mirar.

Cuando una institución que debería proteger deja de hacerlo, algo profundo se rompe. El Estado no existe solo para administrar, sino para cuidar el equilibrio, garantizar derechos y sostener un sentido de justicia que permita convivir. Sin ese propósito, su poder pierde legitimidad y se vuelve una estructura vacía.

 La justicia no es un concepto lejano ni abstracto. Se siente en lo cotidiano: en cómo se aplican las normas, en la igualdad de trato, en la forma en que se responde a quien más lo necesita. Cuando esa base falla, crece la desconfianza. Las decisiones parecen arbitrarias, y la autoridad deja de inspirar respeto para convertirse en algo que se tolera, pero no se cree.

En ese escenario, el poder deja de ser servicio y se acerca peligrosamente al abuso. No porque todos los que lo ejercen tengan malas intenciones, sino porque sin justicia no hay límite claro que ordene. Y cuando no hay límites, el riesgo de actuar solo en beneficio propio aumenta.

Por eso, más allá de discursos o promesas, lo que realmente define a un Estado es su compromiso con lo justo. No se mide solo por lo que dice, sino por lo que hace y por cómo trata a su gente en los momentos difíciles.

 Cuando la justicia está presente, incluso las decisiones difíciles pueden ser entendidas. Pero cuando falta, cualquier acción genera duda.

Al final, un Estado sin justicia deja de ser un espacio de protección y se convierte en algo que genera distancia y temor. Y en esa transformación silenciosa se pierde lo más importante: la confianza. Sin ella, ninguna estructura se sostiene con firmeza. Porque donde no hay justicia, el poder deja de servir y empieza a imponerse sin verdadero sentido.

De la red.  

El exilio de Agustín de Iturbide, primer Emperador de México.

 

El exilio del primer emperador de México... Un día como hoy 30 de marzo, pero del año de 1823. Agustín de Iturbide, consumador de la Independencia y primer emperador de México, abandonó el país que había ayudado a nacer. Salía en silencio, derrotado no por un ejército extranjero, sino por la misma nación que meses antes lo había elevado al trono. Dejaba atrás un imperio efímero, traicionado por sus antiguos aliados, repudiado por un pueblo cansado y condenado por un Congreso decidido a borrar su legado monárquico.
 
Iturbide había llegado al poder en un momento de profunda incertidumbre. Tras tres siglos de dominio español, México emergía como una nación libre, pero sin una ruta clara. El Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba habían prometido estabilidad, conciliación y unidad entre criollos, peninsulares y mestizos. Bajo esos principios nació el Primer Imperio Mexicano en 1821, y Agustín de Iturbide fue proclamado emperador con el nombre de Agustín I.
 
El territorio bajo su mando alcanzó entonces su máxima extensión histórica: desde el actual estado de Oregón, en el norte, hasta Bocas del Toro, en el actual Panamá. A la joven nación se incorporaron las provincias centroamericanas recién independizadas, formando un vasto imperio que, sobre el papel, parecía destinado a la grandeza. Sin embargo, la realidad fue distinta.
 
El gobierno imperial carecía de un proyecto económico sólido. Las arcas estaban vacías, el ejército exigía pagos y el Congreso, dominado por ideas republicanas, se volvía cada vez más hostil. Antiguos aliados, como Antonio López de Santa Anna, se levantaron en armas bajo el Plan de Casa Mata, proclamado en 1822, que exigía el restablecimiento del Congreso y el fin del Imperio.
 
Acorralado política y militarmente, Iturbide abdicó el 19 de marzo de 1823. Pero ni siquiera ese gesto fue aceptado. El Congreso consideró que su elección había sido nula, “viciada de origen”, y por ello no reconoció su abdicación. En su lugar, lo condenó al destierro perpetuo, otorgándole una pensión vitalicia de 25 mil pesos anuales. Antes de su partida, se declararon nulos el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, abriendo el camino para instaurar una república federal.
 
Así, el 30 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide partió rumbo al exilio. Lo hacía, según sus propias palabras, por amor a la patria:
 
“El amor a la Patria me condujo a Iguala, él me llevó al trono, él me hizo descender de tan peligrosa altura, y todavía no me he arrepentido ni de dejar el cetro ni de haber obrado como obré”.
Se embarcó en la antigua fragata Rowlins junto con su esposa, sus ocho hijos, un sobrino, dos eclesiásticos, su secretario personal y parte de su servidumbre. Su destino inicial fue Liorna, Italia, a donde llegó el 2 de agosto de 1823. Allí, como era costumbre, él y su familia fueron obligados a cumplir una estricta cuarentena que se prolongó hasta septiembre.
 
Europa no fue un refugio amable. La Revolución Hispanoamericana no era bien vista por las potencias conservadoras, y la protección que se le concedió fue breve. De Liorna pasó a Florencia y luego a Londres, siempre evitando caer en manos de agentes españoles que buscaban su captura. Durante su errancia europea, Iturbide recibió noticias alarmantes: la república mexicana atravesaba una profunda inestabilidad y España preparaba planes de reconquista.
 
Convencido de que podía servir de nuevo a su patria —y alentado por sectores monárquicos— decidió regresar. El 4 de mayo de 1824 zarpó desde Londres rumbo a América y arribó el 27 de junio a la bahía de San Bernardo, en Texas. Desde ahí planeó su entrada a México, creyendo que aún podía ofrecer su experiencia para salvar a la nación del caos y evitar una invasión extranjera.
 
Pero el país al que regresaba ya no era el mismo. El Congreso había decretado que, si Iturbide volvía, sería tratado como traidor. El 16 de julio de 1824 fue arrestado en Tamaulipas. Tres días después, el 19 de julio, fue fusilado en Padilla por órdenes del Congreso local, que ejecutó sin titubeos el decreto contra quien, apenas tres años antes, había sido coronado emperador.
 
Así terminó la vida del primer emperador de México. Su historia refleja las contradicciones de una nación naciente: la tensión entre monarquía y república, entre orden y libertad, entre gratitud y rechazo. A 203 años de su exilio, Agustín de Iturbide sigue siendo una figura polémica, atrapada entre el héroe que consumó la Independencia y el gobernante que no supo sostener el poder. Su caída marcó el fin del Primer Imperio y el nacimiento de la Primera República Federal en 1824, un nuevo capítulo en la larga y compleja historia de México.

De la red.