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viernes, 3 de abril de 2026

Una de territorios: El Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848.

 
 ¿Qué significa que un territorio pertenezca a un país que ya no existe en los mapas? ¿Acaso las fronteras que los hombres dibujan con tinta pueden borrar los siglos de historia que una tierra lleva en sus huesos? ¿Y qué ocurre cuando la memoria de un pueblo es más fuerte que los tratados que intentan silenciarla?

Este territorio pertenece a los Estados Unidos… Mexicanos. No es un error. No es un anacronismo. Es un recordatorio. Una piedra en el zapato de la historia oficial. Un susurro que se niega a callar a pesar de los siglos. Desde California hasta Texas, desde Nuevo México hasta Arizona, desde Colorado hasta Nevada, Utah y parte de Wyoming, hubo un tiempo en que esas tierras no eran "americanas". Eran mexicanas. Eran el norte de una nación que se extendía hasta donde la vista alcanzaba, que tenía fronteras que hoy parecen de otro mundo.

La historia la escriben los vencedores, dice el adagio. Y es verdad. Pero la historia también la recuerdan los vencidos, aunque los libros de texto intenten hacerles olvidar. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos. México perdió. Perdió mucho. Perdió más de la mitad de su territorio. Casi dos millones de kilómetros cuadrados que habían sido suyos durante siglos pasaron a manos del vecino del norte a cambio de quince millones de dólares, una suma que entonces parecía considerable y que hoy resulta una burla. Pero los tratados no borran la memoria. Las líneas en un mapa no borran los cementerios donde descansan los antepasados. Los cambios de bandera no borran la lengua, la comida, la música, las tradiciones que siguen vivas en esas tierras, aunque muchos prefieran ignorarlo.

Hay quienes llaman a esa región el "Suroeste" de Estados Unidos. Pero hay otros, los que recuerdan, los que no han dejado que el tiempo les lave la memoria, que la llaman por su nombre verdadero: el norte perdido. Allí todavía se escucha el español en las calles, aunque a veces con acentos distintos. Allí todavía se celebran las fiestas patrias mexicanas con el mismo fervor que al sur del Río Bravo. Allí todavía hay familias que pueden rastrear su linaje hasta los tiempos en que la frontera no existía, en que se podía viajar desde Chihuahua hasta Colorado sin mostrar ningún documento, en que la tierra era una sola, aunque la política la hubiera partido en dos.

El Tratado de Guadalupe Hidalgo no solo transfirió territorio. Transfirió personas. Los mexicanos que vivían en esas tierras se convirtieron en extranjeros en su propia casa. Se les prometió respeto a sus derechos, a su propiedad, a su cultura. Las promesas, como suele ocurrir en la historia de los vencidos, se cumplieron solo a medias. Muchos perdieron sus tierras, sus negocios, su estatus. Muchos fueron tratados como ciudadanos de segunda en la misma tierra donde sus abuelos habían nacido. Algunos resistieron. Algunos se levantaron en armas. Algunos, los más, simplemente sobrevivieron, aferrándose a su lengua, a su fe, a su comida, a todo aquello que el nuevo gobierno no podía arrebatarles porque estaba en el alma, no en los papeles.

Hoy, más de ciento setenta años después, la herida sigue abierta. No sangra, pero tampoco cicatriza del todo. Cada vez que un político estadounidense habla de construir muros, de deportaciones, de "extranjeros" que vienen a "invadir" su país, hay un eco incómodo que resuena en el sur. Porque aquellos "extranjeros" eran los dueños originales. Porque aquellos "invasores" son los que cruzaron fronteras que no deberían existir. Porque la historia, que los vencedores escriben a su favor, tiene la molesta costumbre de recordar, generación tras generación, que las cosas no siempre fueron como son ahora.

Este territorio pertenece a los Estados Unidos… Mexicanos. No es una reivindicación política. No es un llamado a la revancha. Es un recordatorio de que los límites cambian, sí, pero la memoria y el orgullo de las raíces permanecen intactos. Es un guiño a aquellos que saben que la identidad no se define por los pasaportes, sino por la tierra que se lleva en la sangre. Es una forma de decir que, aunque los mapas digan una cosa, la historia dice otra, y que ambas pueden coexistir en la conciencia de un pueblo que ha aprendido a vivir con la pérdida sin renunciar a su herencia.

En Nuevo México, por ejemplo, hay una corriente cultural que se llama "hispano" o "manito", que reivindica esa doble identidad: ser estadounidenses por ciudadanía, pero mexicanos por raíces. En Texas, los tejanos llevan siglos navegando esa dualidad, siendo a la vez parte de Estados Unidos y parte de algo más antiguo, más profundo, que no cabe en las categorías simples de los censos. En California, el nombre mismo del estado es un recuerdo constante de aquella California mexicana que existió antes de la fiebre del oro y la anexión.

La frase "Estados Unidos Mexicanos" es el nombre oficial de México. Es el nombre que llevaba el país cuando perdió la guerra. Es el nombre que sigue llevando hoy. Por eso, decir que este territorio pertenece a los Estados Unidos Mexicanos no es una declaración de guerra ni una demanda territorial. Es una afirmación poética, histórica, cultural. Es decir: estas tierras fueron nuestras, y aunque ya no lo sean en los papeles, lo siguen siendo en la memoria. Y la memoria, a diferencia de los tratados, no se puede firmar ni cancelar.

La pregunta que queda flotando es simple y enorme a la vez: ¿qué significa realmente pertenecer a un lugar? ¿Es la ley la que determina la pertenencia, o es la historia? ¿Es la bandera que ondea en el mástil, o es la tierra que los muertos han regado con su sudor y su sangre? Los Estados Unidos Mexicanos perdieron ese territorio hace más de un siglo y medio. Pero en la memoria de quienes aún recuerdan, en la lengua de quienes aún hablan español, en la comida de quienes aún hacen tortillas, en la música de quienes aún tocan canciones de amor y desamor, ese territorio sigue siendo, de algún modo, mexicano. Y no hay tratado que pueda cambiar eso.

© Edición protegida por Asombroso | Basado en material de: Fuente original: Archivos del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), documentos históricos de la guerra entre México y Estados Unidos (1846-1848), testimonios de la época, crónicas del suroeste estadounidense, estudios de la identidad chicana y mexicano-americana.

De la red.
 

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