Es 1618. En Praga, unos nobles protestantes arrojan por la ventana del castillo a tres representantes del emperador católico. Los tres sobreviven —caen sobre un montón de estiércol— pero el gesto desencadena la guerra más larga y devastadora que Europa había conocido hasta entonces. Una guerra que durará exactamente treinta años y cambiará para siempre el equilibrio del continente.
Europa, 1618-1648. Un conflicto que empezó como disputa religiosa entre católicos y protestantes en el Sacro Imperio Romano Germánico y se convirtió en una guerra total en la que todas las grandes potencias europeas tomaron partido.
Lo que comenzó como un conflicto religioso en tierras alemanas se transformó rápidamente en algo mucho más complejo: una guerra de religión, una guerra dinástica, una guerra de hegemonía política. Y en el centro de todo, España —la Casa de Austria— financiando, dirigiendo y sangrando durante tres décadas.
España: el principal financiador de la guerra
España entró en el conflicto en apoyo del Sacro Imperio entre 1620 y 1625. El rey Felipe IV y su valido el Conde-Duque de Olivares movilizaron los recursos de un imperio enorme: el oro y la plata de América, los tercios de Flandes, la infantería española —la mejor del mundo en ese momento. Según los historiadores, España llegó a gastar más de la mitad de sus recursos financieros durante décadas sosteniendo este esfuerzo bélico.
Los actores y sus intereses reales
El Sacro Imperio defendía el catolicismo y el poder imperial. Francia —católica— apoyó a los protestantes para debilitar a España, su gran rival. Suecia intervino desde 1630 para expandir su influencia en el Báltico. Dinamarca buscaba tierras alemanas. La religión era el pretexto; el poder real era el objetivo.
1648 — La Paz de Westfalia
Tras treinta años de devastación, ocho millones de muertos, 1.200 ciudades destruidas y regiones enteras despobladas, Europa firmó la paz en Westfalia. Este tratado es considerado el acta fundacional del sistema de estados soberanos modernos: por primera vez, se reconoció que cada estado tiene derecho a organizar su religión interior sin interferencia exterior.
Lo que pocos saben...
La guerra de los Treinta Años fue también una catástrofe demográfica sin precedentes para Alemania. Algunas regiones perdieron entre el 25% y el 40% de su población por la guerra, el hambre y las epidemias. La ciudad de Magdeburgo fue incendiada y masacrada en 1631 —más de 20.000 civiles muertos en un solo día. Fue uno de los mayores crímenes de guerra de la historia europea antes del siglo XX. Y España, que entró al conflicto como potencia dominante, salió de él exhausta, endeudada y en el inicio de un declive que tardaría generaciones en reconocer.
De la red.
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