Sócrates no escribía libros. Su oficina era la calle y su herramienta era la pregunta. Se comparaba a sí mismo con un "tábano" que picaba al caballo perezoso que era la ciudad de Atenas para mantenerla despierta. Mientras otros cobraban por enseñar retórica para ganar juicios, Sócrates caminaba por el ágora preguntando a los poderosos: "¿Qué es la justicia?", "¿Qué es la virtud?".
Al exponer la ignorancia de los políticos y sabios de la época, se ganó enemigos poderosos. La ciudad, golpeada por la derrota en la guerra y la inestabilidad, buscaba un chivo expiatorio. Tres ciudadanos lo acusaron formalmente de "corromper a la juventud" y de "no creer en los dioses de la ciudad".
Frente a un jurado de 501 atenienses, Sócrates no usó la lástima. No llevó a su esposa e hijos para que lloraran y ablandaran los corazones de los jueces, como era costumbre. En lugar de eso, se defendió con una lógica implacable. Dijo que, si lo mataban, la ciudad perdería a su mejor crítico.
Cuando fue declarado culpable por un estrecho margen, se le pidió que propusiera su propia pena (una alternativa a la muerte). En un acto de ironía suprema, sugirió que, por sus servicios a la ciudad, el Estado debería pagarle una pensión vitalicia y comida gratuita. Esto enfureció al jurado, que votó por la pena de muerte con una mayoría aún mayor.
Sócrates fue llevado a prisión. Sus amigos, hombres ricos y poderosos como Critón, sobornaron a los guardias y prepararon un plan de escape perfecto. Todo estaba listo: un barco lo esperaba para llevarlo al exilio, donde podría vivir tranquilo y seguir enseñando.
Pero Sócrates se negó. Argumentó que había vivido bajo las leyes de Atenas toda su vida, disfrutando de sus beneficios, y que ahora no podía violarlas solo porque el resultado no le favorecía. "¿Es mejor cometer una injusticia para evitar otra?", preguntó a sus amigos. Decidió que su muerte sería su última y más grande lección de coherencia.
El día de la ejecución, Sócrates se bañó para ahorrarle el trabajo a las mujeres que prepararían su cadáver. Sus discípulos, incluido un joven llamado Platón, estaban devastados. El verdugo, llorando, le trajo la copa de cicuta molida.
Sócrates tomó el veneno con una calma sobrenatural. Empezó a caminar por la celda mientras sentía cómo sus piernas se enfriaban y se volvían pesadas. Incluso en sus últimos minutos, siguió debatiendo sobre la inmortalidad del alma. Sus últimas palabras fueron para un amigo: "Critón, le debemos un gallo a Asclepio; no te olvides de pagar la deuda". Era un símbolo de que la muerte era, para él, la curación definitiva.
Sócrates murió, pero su ejecución fue el error más grande de Atenas. La ciudad entró en un periodo de remordimiento y, poco después, se levantaron estatuas en su honor mientras sus acusadores eran desterrados o linchados.
Gracias a que sus discípulos escribieron lo que él se negó a escribir, Sócrates se convirtió en la base de toda la filosofía occidental. Hoy, 2,400 años después, cada vez que alguien cuestiona la autoridad o busca la verdad por encima de la conveniencia, el espíritu de Sócrates vuelve a la vida. Él demostró que un hombre puede ser destruido, pero una idea justa es invencible.
De la red.
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