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jueves, 2 de abril de 2026

El hombre que encontró un tesoro de 3,000 años y terminó vendiendo leña para no mirir de hambre.

 

Muhammed edh-Dhib era un joven beduino que no sabía leer ni escribir. Su mundo eran las cabras y el silencio del desierto de Qumrán, cerca del Mar Muerto. Aquel día de 1947, una de sus cabras se desvió. Al ver una pequeña abertura en un acantilado, Muhammed arrojó una piedra, esperando que el ruido asustara al animal. En lugar de un balido, escuchó el crujir de algo antiguo.
 
Con cautela, entró en la cueva. Allí, alineadas contra la pared, había grandes tinajas de arcilla. Al abrirlas, el olor a cuero viejo y polvo inundó el aire. Dentro había rollos de pergamino envueltos en lino. Muhammed no lo sabía, pero acababa de encontrar los Manuscritos del Mar Muerto, los textos bíblicos más antiguos jamás descubiertos.
 
Para el joven pastor, aquellos rollos eran solo cuero viejo que quizá podría servir para hacer correas para sus sandalias. Los llevó a su campamento y los colgó de un poste de la tienda. Durante semanas, los manuscritos que hoy valen cientos de millones de dólares estuvieron expuestos al sol y al viento.
 
Finalmente, los llevó a un anticuario en Belén llamado "Kando". El comerciante, sospechando que tenían algún valor, le pagó a Muhammed una suma miserable: apenas unos pocos dólares. El pastor regresó a su rebaño, contento por haber ganado algo de dinero con "basura vieja".
 
Kando vendió cuatro de los rollos al obispo de la Iglesia Ortodoxa Siria, Atanasio Samuel, por unos 100 dólares. El obispo, al ver la caligrafía hebrea antigua, supo que tenía algo explosivo entre manos. Sin embargo, cuando intentó mostrar los rollos a expertos de universidades prestigiosas, muchos se rieron de él. "Son falsificaciones", decían. "Es imposible que el cuero sobreviva 2.000 años en una cueva".
 
La comunidad científica, en su arrogancia, no podía creer que un pastor beduino analfabeto hubiera realizado el hallazgo arqueológico del siglo XX. Mientras tanto, la guerra árabe-israelí estalló, y los rollos terminaron en una caja de seguridad en Nueva York, siendo anunciados en la sección de "Ventas Diversas" del Wall Street Journal.
 
Finalmente, en 1954, el arqueólogo israelí Yigael Yadin logró comprar los rollos para el Estado de Israel. Al desenrollarlos con cuidado extremo, el mundo se estremeció. Eran copias del Antiguo Testamento 1.000 años más antiguas que cualquier otra conocida. Eran la prueba de que los textos sagrados se habían mantenido casi intactos a través de los milenios.
 
Los arqueólogos corrieron a las cuevas de Qumrán, pero Muhammed edh-Dhib ya no estaba allí. El hombre que abrió la puerta al pasado había sido olvidado. La ciencia se llevó la gloria, los museos se llevaron los pergaminos y los coleccionistas se llevaron los millones.
 
Muhammed vivió el resto de su vida en la pobreza, viendo desde lejos cómo su "descubrimiento de la cabra perdida" se convertía en el centro de debates teológicos y científicos mundiales. Nunca recibió un reconocimiento oficial ni una pensión por haber salvado la memoria de la humanidad.

 
Hoy, esos manuscritos se guardan en el Santuario del Libro en Jerusalén, en un edificio diseñado para sobrevivir a un ataque nuclear. Pero cada vez que un erudito estudia esas letras, está allí gracias a una piedra lanzada por un niño que solo quería encontrar a su cabra.
 
De la red. 

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