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lunes, 2 de febrero de 2026

La Verdad que NO Quieren que Sepas sobre Libia.

La ironía es devastadora, cruel, perfecta, pero aquí está la verdad que nadie quiere que sepas. La historia que te contaron sobre Gaddafi y Libia es solo una fracción de la realidad, una narrativa cuidadosamente construida para ocultar algo mucho más perturbador.

Si quieres descubrir cómo el país africano con el mayor índice de desarrollo humano fue convertido en un estado fallido con mercados de esclavos en menos de 8 meses, ¿y por qué las potencias mundiales necesitaban que esto sucediera? Quédate, porque vamos a revelar verdades incómodas.

El desierto de Libia. Nace un niño en una tienda beduina. Su nombre: Muamar el Gaddafi. No hay hospitales, no hay escuelas, no hay futuro. Su padre es un pastor analfabeto en una de las regiones más pobres del planeta.

Libia, en ese momento, es una colonia italiana devastada por la guerra. La esperanza de vida no supera los 44 años. El 90% de la población no sabe leer ni escribir. Este niño descalzo en el desierto, sin embargo, tendría acceso a algo que cambiaría su destino: educación. Las primeras escuelas construidas después de la independencia de 1951 abrieron una ventana microscópica de oportunidad.

Cada fila que atravesó fue un logro, pero la Libia independiente era una farsa. El rey Idris, instalado por los británicos, era un títere. El petróleo, descubierto en 1959, fluía hacia Occidente mientras los libios morían de hambre. Las compañías extranjeras se llevaban el 70% de los ingresos. El país nadaba en oro negro, pero su pueblo vivía en la Edad Media.

Gaddafi tiene 27 años, es capitán del ejército y está furioso. En septiembre, mientras el rey Idris vacacionaba en Turquía, Gaddafi lidera un golpe de estado incruento. Sin disparar una sola bala, toma el control de Libia. Su mensaje es simple, pero poderoso:

—Libia será libre. El petróleo será nuestro. Construiremos un país que haga temblar al mundo.

Los primeros años son revolucionarios. Literalmente. Gaddafi nacionaliza el petróleo, expulsa a las bases militares británicas y estadounidenses. Exige que las compañías petroleras paguen el 50% de las ganancias, luego el 70%, después el 100%. Las corporaciones occidentales están furiosas, pero Gaddafi tiene el poder y tiene el petróleo.

Y entonces comienza la transformación. Entre 1970 y 2010, Libia experimenta el mayor aumento en calidad de vida de toda África. Los números son innegables. La tasa de analfabetismo cae del 90% al 10%. La esperanza de vida salta de 44 a 74 años. El PIB per cápita se dispara hasta convertirse en el más alto del continente africano.

La educación se vuelve gratuita, la salud se vuelve gratuita. Las parejas recién casadas reciben 50,000 dólares del gobierno para comprar su primera vivienda. La electricidad es prácticamente gratis. El combustible cuesta menos que el agua embotellada.

¿Un paraíso socialista? No exactamente, porque Gaddafi no era solo un líder económico; era un megalómano con una visión mesiánica de sí mismo.

Desde el principio dejó claro que la disidencia no sería tolerada. En 1977 publica su “Libro Verde”, una mezcla extraña de socialismo, nacionalismo árabe y filosofía personal que se vuelve lectura obligatoria en todo el país. Quien lo critique, desaparece. Literalmente. Las ejecuciones públicas comienzan en los años 70.

Opositores políticos son colgados en estadios deportivos mientras las cámaras transmiten en vivo. El mensaje es simple: desafiar a Gaddafi es morir, y morir de forma humillante. Pero aquí está el contexto que nadie menciona. Gaddafi no estaba construyendo una dictadura común; estaba construyendo una fortaleza contra el colonialismo.

Expulsa a la comunidad italiana que aún controlaba negocios clave. Miles son deportados en 24 horas, sus propiedades confiscadas. Occidente grita “violación de derechos humanos”. Gaddafi responde:

—¿Dónde estaban ustedes cuando Italia masacró a 100,000 libios durante la colonización?

Guerra árabe-israelí. Gaddafi financia a Egipto y Siria con millones de dólares. Envía tropas, corta suministros de petróleo a Occidente. Los precios se disparan. Las potencias occidentales lo añaden a su lista de enemigos. Pero Gaddafi había descubierto algo poderoso: el petróleo era un arma y él sabía cómo usarla.

Entre 1975 y 1985, los ingresos petroleros de Libia se invierten de forma que ningún otro país africano se atreve. El “Gran Río Artificial” comienza su construcción en 1983. Es el proyecto de irrigación más grande del mundo: 4,000 kilómetros de tuberías que extraen agua fósil del Sahara y la llevan a las ciudades costeras. Costo: 25,000 millones de dólares. Financiado completamente con fondos propios, sin deuda externa. Gaddafi lo llama “la octava maravilla del mundo”.

Occidente lo ignora, porque una África que resuelve sus propios problemas sin préstamos del FMI es una África peligrosa.

Mientras tanto, Gaddafi cruza líneas que no debería cruzar. Financia al IRA en Irlanda, a ETA en España, a las Panteras Negras en Estados Unidos. Proporciona entrenamiento militar a grupos revolucionarios en América Latina. Su argumento es que son luchadores por la libertad contra el imperialismo. Para Occidente, son terroristas y Gaddafi es su patrocinador.

Estados Unidos tiene suficiente. Ronald Reagan ordena la operación “Cañón El Dorado”. Cazabombarderos F-111 despegan desde Inglaterra y bombardean Trípoli y Bengasi. Objetivo: matar a Gaddafi.

Resultado: 60 civiles muertos, incluida Hana, la hija adoptiva de Gaddafi de 15 meses. Gaddafi sobrevive. El mundo espera que se rinda. No lo hace.

El vuelo Pan Am 103 explota sobre Lockerbie, Escocia. 270 muertos. Dos agentes libios son acusados. Gaddafi niega responsabilidad, pero el daño está hecho. Libia se convierte oficialmente en estado patrocinador del terrorismo. Las sanciones económicas llegan, el aislamiento es total.

Pero esto era apenas el aperitivo, porque mientras Gaddafi construía enemigos en Occidente, construía algo más peligroso en casa: un culto a la personalidad absoluto. Su rostro está en cada edificio, su nombre en cada escuela. Sus “amazonas”, un batallón de 40 guardias femeninas, lo protegen las 24 horas, los 7 días de la semana. Nadie puede acercársele, nadie puede cuestionarlo.

La prisión de Abu Salim se llena de disidentes, miles de prisioneros políticos. Las condiciones son infrahumanas y en 1996 sucede lo impensable. Los prisioneros protestan, exigen derechos básicos, mejor comida, llamadas telefónicas.

La respuesta de Gaddafi es escalofriante. Las tropas entran a la prisión y abren fuego durante 3 horas continuas. 1,270 prisioneros son asesinados en un solo día. Las familias no son informadas durante años. Los cuerpos nunca son devueltos.

Este es el Gaddafi que el mundo conoce: brutal, despiadado, paranoico. Pero lo que el mundo no sabe es que, mientras cometía estas atrocidades, también estaba planeando algo que cambiaría a África para siempre.

Gaddafi ve esto y toma una decisión que cree que lo salvará: cooperar. En diciembre de 2003, Gaddafi anuncia públicamente que desmantelará su programa de armas de destrucción masiva. Entrega todo: armas químicas, tecnología nuclear, centrifugadoras, planos; todo a cambio de una sola cosa: protección. Reconocimiento internacional. La promesa de que si juega según las reglas occidentales, podrá gobernar en paz.

Tony Blair visita Libia en 2004. Se dan la mano, sonríen para las cámaras. “Un nuevo capítulo”, dicen los medios. Condoleezza Rice llega en 2008. Gaddafi es rehabilitado. Las sanciones se levantan. Las compañías petroleras regresan. Libia es bienvenida de nuevo en la comunidad internacional.

Gaddafi cree que ha ganado. Cree que la cooperación lo protegerá. Cree que entregando su única arma de disuasión ha asegurado su supervivencia. Nunca hubo un cálculo más equivocado en la historia moderna, porque mientras Gaddafi jugaba el juego de Occidente, estaba planeando algo que las potencias mundiales no podían tolerar.

Gaddafi es elegido presidente de la Unión Africana y desde esa posición propone tres iniciativas que sellarían su sentencia de muerte:

Primera: crear una moneda panafricana respaldada en oro. El dinar de oro africano. Cada país africano comerciaría petróleo, minerales y recursos usando esta moneda en lugar del dólar o el euro. África se liberaría del sistema monetario occidental.

Segunda: establecer tres instituciones financieras africanas independientes. Un Banco Central Africano en Nigeria, un Fondo Monetario Africano en Camerún y un Banco Africano de Inversiones en Libia. Todo financiado con los 150,000 millones de dólares del fondo soberano libio que Gaddafi había acumulado en bancos occidentales.

Tercera: crear una red de telecomunicaciones satelitales africana independiente. Los países africanos pagaban 500 millones de dólares anuales a Europa por uso de satélites. Gaddafi ofreció financiar un satélite africano que eliminaría esa dependencia.

¿Entiendes lo que esto significaba? África independiente económicamente, África comerciando sin dólares, África sin deuda con el FMI, África sin control occidental. Para las potencias mundiales, esto era una amenaza existencial.

Pero Gaddafi no lo ve venir. Está demasiado confiado, demasiado seguro. Ha entregado sus armas, ha cooperado. ¿Qué podría salir mal?

La Primavera Árabe comienza en Túnez, se expande a Egipto. Hosni Mubarak, aliado de Occidente durante 30 años, cae en 18 días. Las protestas llegan a Libia en febrero.

15 de febrero. Bengasi. Manifestantes salen a las calles, demandan reformas. Algunos están armados, atacan estaciones de policía. Gaddafi responde con fuerza, con declaraciones incendiarias:

—Limpiaré Libia casa por casa. Saldrán como ratas de sus escondites.

Los medios occidentales tienen su titular: “Dictador genocida ataca a manifestantes pacíficos”. Se habla de 10,000 muertos, de bombardeos masivos, de crímenes contra la humanidad. Años después, investigaciones independientes confirmarían que las cifras fueron masivamente exageradas, que muchos manifestantes pacíficos eran combatientes armados y que Gaddafi, aunque brutal, no estaba cometiendo genocidio.

Pero en marzo de 2011 la narrativa ya está establecida. 17 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprueba la resolución 1973: zona de exclusión aérea sobre Libia. El objetivo declarado: proteger civiles. Rusia y China se abstienen confiando en que será una misión limitada.

19 de marzo. Francia lanza los primeros ataques aéreos. Estados Unidos se une. Luego el Reino Unido, Italia, Canadá, la OTAN completa. La zona de exclusión aérea se convierte en una campaña de bombardeo masivo. 26,000 ataques aéreos en 7 meses. No están protegiendo civiles, están destruyendo un país. Bombardean palacios presidenciales, estaciones de televisión, infraestructura eléctrica. El propio convoy de Gaddafi es atacado repetidamente. Esto no es protección de civiles, es un cambio de régimen.

Y entonces sucedió lo que nadie esperaba. Gaddafi resistió durante meses contra la mayor alianza militar del planeta. Pequeñas unidades leales luchando casa por casa. Pero era inevitable. No puedes resistir bombarderos B-2 con rifles Kalashnikov.

Agosto de 2011. Trípoli cae. Gaddafi huye hacia Sirte, su ciudad natal, su última fortaleza. El cazador se había convertido en la presa.

Gaddafi intenta escapar de Sirte con un convoy de 50 vehículos. Es todo lo que queda de su ejército: soldados leales, algunos familiares y el hombre que una vez controló miles de millones.

Un dron estadounidense Predator detecta el convoy. Coordenadas transmitidas. Cazas franceses Rafale reciben la orden. Misiles aire-tierra destrozan los vehículos en segundos. El convoy explota. Cuerpos por todas partes. Humo negro cubriendo el desierto.

Gaddafi sobrevive al ataque inicial. Herido, sangrando, gatea hacia una alcantarilla de drenaje cerca de la carretera. El líder que vivió en palacios dorados se esconde en una tubería de concreto llena de basura.

Los rebeldes lo encuentran minutos después. Lo arrastran afuera. Las cámaras de los teléfonos móviles capturan todo, un video que se volverá viral en horas. Gaddafi está cubierto de sangre, confundido, golpeado. Alguien grita:

—¡Allahu Akbar!

Puños, patadas, culatas de rifle golpean su cabeza. Le arrancan la camisa. Alguien lo sodomiza con una bayoneta. Gaddafi grita:

—¿Qué hice? ¿Qué les hice?

Palabras que resonarán en la historia. Una bala en la cabeza. Termina todo. El hombre que gobernó durante 42 años muere en menos de una hora después de ser capturado. Sin juicio, sin proceso, ejecutado sumariamente mientras las cámaras graban cada segundo.

Su cuerpo es exhibido en un mercado de carnes en Misrata durante 4 días. Miles hacen fila para ver al dictador caído. Toman selfies con el cadáver. Es humillación absoluta, degradación completa.

Hillary Clinton, Secretaria de Estado estadounidense, recibe la noticia durante una entrevista en vivo. Su respuesta, capturada en cámara:

—Vinimos, vimos, él murió. —Y se ríe.

La ironía final es devastadora. Gaddafi entregó sus armas nucleares creyendo que la cooperación lo protegería. 8 años después, fue bombardeado por las mismas naciones que prometieron paz. Corea del Norte e Irán observaron esta lección: nunca entregaron sus programas nucleares.

Pero la verdadera tragedia no fue solo la muerte de Gaddafi, fue lo que pasó después.

Libia antes de 2011: cero deuda externa. PIB per cápita más alto de África. Educación universitaria gratuita, incluso para estudiar en el extranjero. Atención médica gratuita. Electricidad subsidiada. 50,000 dólares para parejas recién casadas. Reservas de oro y divisas por 150,000 millones de dólares.

Libia después de 2011: estado fallido. Tres gobiernos compitiendo por el poder. Milicias terroristas controlando ciudades enteras. ISIS establece su centro de operaciones en Sirte. En 2017, investigaciones de la CNN documentan mercados de esclavos abiertos donde africanos subsaharianos se venden por 400 dólares. 400 dólares por un ser humano en el país que fue el más próspero de África.

Más de 400,000 muertos. Millones de refugiados cruzando el Mediterráneo en botes improvisados, miles ahogándose. La crisis migratoria europea tiene un epicentro: Libia destruida.

El petróleo, por supuesto, fluye sin interrupciones hacia Occidente, ahora sin las demandas de Gaddafi de compartir ganancias, sin nacionalizaciones, sin fondos soberanos africanos. Las corporaciones recuperaron lo que era suyo. El dinar de oro africano nunca existió. El Banco Central Africano nunca se construyó. Los millones de dólares desaparecieron en la niebla de la guerra.

África sigue dependiendo del dólar, sigue endeudada con el FMI, sigue siendo el continente más rico en recursos y más pobre en desarrollo.

Bashar Al-Ásad de Siria observó todo esto. Cuando la guerra civil llegó a Damasco, se negó a rendirse, se aferró a sus armas químicas, llamó a Rusia, porque entendió la lección que Occidente enseñó: si entregas tus armas, terminas en una alcantarilla rogando por tu vida.

Entonces, ¿cuál es la verdad que no quieren que sepas? Gaddafi era un dictador brutal. Eso es innegable. Cometió crímenes, torturó opositores, ejecutó disidentes. Pero esa no fue la razón de su destrucción, porque el mundo está lleno de dictadores brutales que mueren de viejos en sus camas. Arabia Saudita, Egipto bajo Al-Sisi, múltiples regímenes africanos.

La diferencia es que Gaddafi intentó independencia económica real. Intentó crear un sistema africano fuera del control occidental y por eso fue destruido.

Esta no es una defensa de la tiranía, es una llamada a cuestionar las narrativas. Cuando te digan que una intervención militar es humanitaria, pregunta quién gana económicamente. Cuando bombardeen un país para salvar civiles, pregunta: ¿por qué ese país específico y no otros con peores violaciones de derechos humanos? La respuesta siempre está en los recursos, en el control, en el poder.

De la red... 


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