Tenemos el poder de destruir el planeta en minutos, pero seguimos reaccionando como si viviéramos en una cueva. Esa es la advertencia central de la frase de E. O. Wilson: la humanidad posee armas nucleares capaces de matar a millones, inteligencia artificial que procesa miles de millones de datos por segundo y biotecnología que puede editar genes… pero nuestro cerebro emocional sigue siendo básicamente el mismo que hace 40.000 años.
Las “emociones paleolíticas” significan que nuestro sistema nervioso fue moldeado en grupos de apenas 50 a 150 personas. Miedo al extraño, tribalismo, búsqueda de estatus y respuestas impulsivas eran útiles para sobrevivir. Hoy esos mismos impulsos operan en sociedades de más de 8.000 millones de personas interconectadas digitalmente, donde una decisión errónea puede tener impacto global.
Las “instituciones medievales” apuntan a estructuras políticas y religiosas diseñadas en épocas de reinos, imperios y jerarquías rígidas. Muchos sistemas actuales conservan dinámicas de poder lentas y burocráticas que no evolucionan al ritmo de los mercados financieros, la tecnología o las crisis climáticas. La gobernanza del siglo XXI aún arrastra lógicas de siglos pasados.
La “tecnología divina” es el desequilibrio final: en apenas 200 años pasamos de la revolución industrial a satélites, internet global y bombas capaces de liberar energía equivalente a millones de toneladas de TNT. Nunca una especie tuvo tanto poder concentrado.
El problema no es la tecnología en sí, sino el desfase: emociones prehistóricas + instituciones lentas + poder casi ilimitado. Si no evolucionamos moralmente al mismo ritmo que nuestra capacidad técnica, el riesgo no es teórico: es existencial.
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