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viernes, 27 de febrero de 2026

Billy Joel - Supervivencia en Arte.

 

 
La mayoría imagina a las leyendas como imparables desde el primer día.
Como si el éxito fuera inevitable.
A comienzos de los años 70, Billy Joel no era una estrella.
Era un joven músico con un álbum que no había funcionado y un contrato que lo tenía atado.
En 1971 lanzó Cold Spring Harbor. No lo catapultó. No abrió puertas.
Pero el verdadero problema no fueron las listas de éxitos.
Fue el papeleo.
Había confiado en un mánager para encargarse de los negocios mientras él componía. Firmó documentos sin imaginar las consecuencias. El acuerdo otorgaba control sobre publicaciones, ingresos y decisiones clave.
Cuando la relación se rompió, entendió la magnitud del error.
No podía grabar libremente.
No podía empezar de cero sin infringir cláusulas.
Su nombre era suyo. Su carrera, no del todo.
Y entonces hizo algo inesperado.
Desapareció.
En 1972 se mudó a Los Ángeles y consiguió trabajo en un bar llamado The Executive Room. No era un teatro prestigioso. No era una gira. Era un salón donde la gente hablaba más de lo que escuchaba.
Allí no era Billy Joel.
Era Bill Martin.
Seis noches a la semana tocando canciones por encargo. Melodías que acompañaban conversaciones ajenas. Música de fondo para vidas que no se detenían.
No era el sueño.
Era supervivencia.
Pero esas noches comenzaron a transformarlo.
Observaba la sala como quien estudia un experimento. Notaba qué acordes hacían que alguien levantara la cabeza. Qué letra interrumpía una charla. Qué tono lograba silencio en medio del ruido.
Aprendió a captar atención en un lugar que no quería impresionarse.
Estudió a la gente.
Al camarero que escucha más de lo que habla.
A los clientes habituales que llegan puntuales.
A la soledad que puede existir en una sala llena.
Aquellos meses no fueron un desvío.
Fueron entrenamiento.
En 1973 logró salir del enredo contractual y firmó con Columbia Records. Cuando volvió al estudio, no regresó solo con ambición.
Regresó con una historia.
Un pianista.
Un bar.
Un puñado de almas cansadas buscando algo que no sabían nombrar.
La canción se llamó “Piano Man”.
No sonaba fabricada.
Sonaba vivida.
Conectó porque estaba construida sobre noches reales. Sobre la experiencia de tocar mientras nadie te mira… hasta que alguien finalmente escucha.
Después llegaron los grandes escenarios. Álbumes como The Stranger. Conciertos multitudinarios. El Madison Square Garden convertido en casa.
Pero el punto de quiebre no fue un estadio lleno.
Fue el momento en que, sin libertad y casi sin nombre, decidió aprender en silencio.
Billy Joel no triunfó porque todo saliera bien.
Estuvo cerca de quedar atrapado bajo el control de otro.
Triunfó porque cuando parecía que retrocedía, estaba observando. Escuchando. Aprendiendo.
Convirtió la supervivencia en arte.
Y demostró que a veces el verdadero impulso no nace bajo los reflectores.
Nace cuando nadie está mirando.
 
De la red.
 

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