Llega un momento en la madurez en que es preciso contemplar a las personas queridas —pareja, hermanos, amigos— y trazar una frontera ética fundada en la honestidad y el afecto: comprender el dolor ajeno sin sucumbir a él.
Aceptar la tempestad del otro no exige naufragar a su lado. Es imprescindible declarar con firmeza y ternura: "Honro y respeto tu proceso, pero la tormenta que atraviesas es tuya. No puedo vivirla como si fuera propia porque debo sostener mi propio equilibrio". Amar verdaderamente no consiste en cargar la existencia ajena sobre las espaldas, sino en caminar con soltura, permitiendo que cada individuo sea dueño y arquitecto de sus propias crisis.
Ser solidario no significa convertirse en el salvavidas permanente de quien elige permanecer en el caos. Desde el centro y la calma se puede ofrecer refugio y luz, actuando como un faro firme en la orilla, pero jamás como una embarcación que se hunde por solidaridad mal entendida. Cuidar de la propia paz mental no es un acto de egoísmo; es la condición previa para que el amor sea un espacio de construcción y no de destrucción mutua.
— CP
No hay comentarios:
Publicar un comentario