El tiempo que fue no será
Contamos los años como si fueran monedas… y olvidamos que lo que vale no es cuántas tienes, sino en qué las gastaste. Pasamos la existencia asegurando nuestra longevidad mientras descuidamos nuestra vitalidad. Pretendemos acumular tiempo en una caja de seguridad, ignorando que la acumulación estéril de horas es una ilusión. Como bien nos recuerda el Nobel portugués en una de sus líneas más profundas: “La edad es solo un número de años que has vivido. La vida es la cantidad de veces que has sentido realmente estar vivo.”[^1]
Esta distinción entre durar y existir es el verdadero núcleo de nuestra lucha. La tradición mística ya advertía sobre la trampa de medir la vida en términos puramente cronológicos, pues el mero transcurso de las horas carece de espíritu si no se habita el presente.[^2] Por eso resulta tan lapidario reconocer que “puedes vivir muchos años sin haber vivido de verdad. Y puedes sentirlo todo en un instante.” La edad no es más que una estadística, la marca que deja el tiempo sobre la materia. En cambio, “la vida es lo que el tiempo no puede borrar: la emoción, el amor, el asombro, la valentía de sentirte presente.”
Esta imposibilidad de congelar o recuperar las horas perdidas se proyecta vívidamente en la música popular. Cuando el compositor mexicano José María Napoleón concibió la célebre composición inmortalizada por José José, dejó al descubierto la amarga verdad de los instantes no habitados y el carácter irreversible del tiempo:
Lo que un día fue, no será,
ya no vuelvas a buscarme,
no tengo nada que darte...
vete a volar a otro cielo.[^3]
El estribillo funciona como una alegoría perfecta de la existencia: aquello que dejamos marchar sin la debida plenitud, el amor no sentido a tiempo o el instante dejado a la deriva, jamás regresa con la misma sustancia. El tiempo, al igual que los afectos marchitos, es un río que no retrocede; lo que no se habitó con presencia plena cuando existió, pasa a formar parte de una sombra irrecuperable. Intentar aferrarse al pasado es pretender habitar una casa fantasma: la vida exige ser abrazada en su irrepetible inmediatez antes de que se convierta en un eco melancólico de lo que no pudo ser.
Desde la filosofía existencial, se nos increpa que la existencia precede a la esencia: no somos una cifra acumulada, sino la suma de nuestras elecciones conscientes.[^4] Vivir sin estar presente es dejar que el tiempo nos consuma sin habernos descubierto. Un pintor que entregó su razón al arte buscaba desesperadamente esa intensidad, prefiriendo la incandescencia de un instante de creación pura antes que la fría comodidad de una vida prolongada pero vacía.[^5]
Incluso en los asuntos del poder y la historia, las decisiones que transforman el destino no se miden por la duración de un mandato, sino por la firmeza con la que se responde a una hora decisiva.[^6] De igual modo, en la música, la grandeza de una obra no reside en el número de compases que la componen, sino en la capacidad de un solo silencio o de un acorde sublime para detener el aliento y conmover el alma hasta sus cimientos.[^7]
Llegados a este punto, la única contabilidad que resiste al olvido es la que se mide con el palpitar del pecho. Por ello, la regla suprema de la existencia sigue siendo clara: “No cuentes los años. Cuenta las veces que el corazón te dio un vuelco y dijiste: 'estoy aquí, de verdad'. Esa es la única medida que cuenta.”
Referencias
[^1]: José Saramago, Las intermitencias de la muerte, trad. Pilar del Río (Madrid: Alfaguara, 2005), 45.
[^2]: Maestro Eckhart, El fruto de la nada y otros escritos académicos, ed. y trad. Amador Vega (Barcelona: Siruela, 2008), 112-115.
[^3]: José María Napoleón, "Lo que no fue, no será", interpretada por José José, en Lo pasado, pasado, Ariola Records MK-2088, 1978, disco de vinilo.
[^4]: Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo, trad. Victoria Praci de Fernández (Buenos Aires: Ediciones del 80, 1981), 33-35.
[^5]: Vincent van Gogh, Cartas a Theo, ed. Jan Hulsker (Madrid: Alianza Editorial, 2014), 210-212.
[^6]: Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial: La hora más oscura, vol. 2 (Barcelona: Plaza & Janés, 1965), 88.
[^7]: Ludwig van Beethoven, Cartas y cuadernos de conversación, ed. Manuel López (Madrid: Editorial Gredos, 2003), 142.
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