Es muy fácil rodearse de gente cuando hay fiesta, comida y todo va bien. Pero la verdadera amistad no se prueba en los días de sol, sino en medio de la tormenta.
Ahí, cuando cae una enfermedad, cuando los números no cuadran al final del mes o cuando la ansiedad no te deja pegar ojo, es donde la lista de "amigos" se reduce a los contados con los dedos de una mano. Y no pasa nada, porque la calidad siempre supera a la cantidad.
Un amigo real no necesita tener un manual con todas las respuestas ni resolverte la vida mágicamente. A veces su mayor acto de amor es simplemente estar: quedarse en silencio a tu lado, traerte un café sin que se lo pidas o escucharte desahogarte por tercera vez de lo mismo. Como bien dice Proverbios 17:17, "en todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia". Pero también me recuerda a lo que dice Eclesiastés 4:9-10: "Mejor son dos que uno... porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante".
Tener a alguien que te levante del suelo cuando no tienes fuerzas es un regalo inestimable. Pero la pregunta que me hace ruido por dentro hoy es: ¿estoy siendo yo ese tipo de refugio para alguien más? Porque la verdadera amistad no solo se busca... también se ofrece. - CP
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