A menudo, la vigilia nocturna no surge de la nada; es el eco de las tensiones acumuladas en el ágora de nuestras propias inquietudes. Como bien señalaba el historiador y filósofo Thomas Carlyle, el pensamiento es el fruto de la acción, pero en el silencio de la medianoche, las cargas no resueltas suelen transformarse en un peso desproporcionado. Damos vueltas a lo que dijimos, a lo que omitimos o a los cabos sueltos de una jornada compleja, mientras observamos con asombro que otros logran conciliar el sueño. No se trata de indiferencia ante la realidad, sino de la capacidad —a menudo esquiva— de discernir qué cargas pertenecen al día que fenece y cuáles deben ser depuestas antes de cruzar el umbral del descanso.
Para un investigador, un historiador o un médico acostumbrado a analizar los síntomas de un caso complejo, resulta evidente que la rumiación mental agota los recursos físicos y espirituales. En este oficio de vivir, a menudo olvidamos una máxima fundamental de la sabiduría práctica: no te desgastes en batallas que Dios nunca te pidió pelear. Pretender controlar el desenlace de cada micro-conflicto diario es un error de diagnóstico existencial. Como bien reflexionaba el filósofo Séneca en sus cartas sobre la tranquilidad del alma, nos duele más lo que imaginamos que lo que realmente sucede, desgastando nuestras fuerzas en frentes imaginarios que la Providencia jamás nos asignó.
La historia y la literatura abundan en ejemplos de hombres y mujeres que, enfrentando crisis profundas, comprendieron la necesidad de la tregua interior. Pensemos en el rey David, quien redactó el Salmo 4 en medio de una persecución real y tangible, no frente a fantasmas abstractos, sino rodeado de adversarios políticos y militares que amenazaban su corona y su vida. Sin embargo, su proclama no fue de desesperación, sino de absoluta lucidez estratégica: "En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado". David no durmió porque el conflicto geopolítico o dinástico estuviera resuelto, sino porque había transferido la custodia del problema a una instancia superior. Como reflexionaba siglos más tarde el pensador León Tolstói en sus diarios sobre la inutilidad de la angustia anticipada, el presente es el único espacio donde podemos actuar, y la noche exige la abdicación temporal del control.
Cuando prolongamos el insomnio dándole vueltas a aquello que ya hemos encomendado a la providencia o al curso del tiempo, tendemos a juzgarnos con severidad, atribuyéndolo a una carencia de fe. No obstante, más que una falta de convicción, se trata de un problema de método: nos negamos a soltar el expediente por pura desconfianza. Como advertía el teólogo Agustín de Hipona en sus Confesiones al reflexionar sobre la agitación del alma humana, el corazón permanece inquieto hasta que acepta los límites de su propia soberanía. Entregar el peso del día no es un acto de debilidad, sino un reconocimiento lúcido de que la historia sigue su marcha sin necesidad de nuestra vigilia perpetua.
En este mismo sentido, como apuntaba el doctor y pensador Albert Schweitzer al reflexionar sobre el sufrimiento y la paz interior, el ser humano debe aprender a deponer las armas de la vanidad y el control absoluto al final de la jornada.
Por tanto, es imperativo aprender el arte de la pausa historiográfica y personal. Cierra los ojos y descansa; al fin y al cabo, como reza la sabiduría bíblica en el Salmo 121:4, aquel que cuida de los procesos humanos y colectivos "no se adormecerá ni dormirá".
Referencias bibliográficas (Estilo Turabian):
Agustín de Hipona. Confesiones. Edición crítica y traducción de Ángel Custodio Vega. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001.
Biblia Reina-Valera 1960. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 1960. (Especialmente Salmo 4:8 y Salmo 121:4).
Carlyle, Thomas. On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History. Boston: Houghton Mifflin, 1907.
Schweitzer, Albert. Out of My Life and Thought: An Autobiography. New York: Henry Holt and Company, 1933.
Séneca, Lucio Anneo. Diálogos: Sobre la tranquilidad del alma. Madrid: Gredos, 1996.
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