
En
el siglo XVI, un fraile dominico se plantó ante el rey de España para
defender a los indígenas americanos. Y cambió el derecho internacional
para siempre.
En
1542, cuando las Indias eran tierra de conquista y los pueblos nativos
eran tratados sistemáticamente como mano de obra sometida, un hombre
decidió que aquello no podía continuar. No era un soldado, ni un noble,
ni un político. Era Bartolomé de las Casas — fraile dominico, antiguo
encomendero convertido en defensor, voz incómoda de la conciencia
española.
Había visto con sus
propios ojos los abusos cometidos contra los pueblos indígenas en Cuba y
en La Española. Renunció a sus encomiendas, se hizo sacerdote y dedicó
el resto de su vida a una causa que muchos consideraban imposible:
convencer a la Corona española de que los indígenas eran personas
libres, con alma y razón, y que no podían ser esclavizados.
Viajó
en múltiples ocasiones a España para hablar directamente con el rey
Carlos I. Escribió más de sesenta obras y denuncias, entre ellas la
célebre «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», que
circuló por toda Europa y conmocionó a sus contemporáneos.
Lo que muchos ignoran: sus argumentos influyeron directamente en las
Leyes Nuevas de 1542, que introdujeron protecciones legales para los
indígenas — las primeras de su tipo en la historia colonial.
Sus
ideas sobre la dignidad humana y la ilegalidad de la esclavitud
sentaron bases fundamentales del derecho internacional moderno y de lo
que hoy llamamos derechos humanos.
Un fraile contra un imperio. Y el fraile dejó huella.
De la red.
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