
Hay
momentos en los que la Historia demuestra que el ser humano está
dispuesto a cualquier cosa con tal de parecer elegante. Incluso a
vestirse como una lámpara de techo rellena de yesca y pasearse
tranquilamente junto a una chimenea encendida. Y no, no exagero
demasiado. Durante buena parte del siglo XIX, miles de mujeres llevaron
la famosa crinolina, aquella estructura metálica que ensanchaba las
faldas hasta extremos delirantes, daba a los vestidos un volumen
descomunal y que convirtió los salones victorianos en auténticos
circuitos de obstáculos. El invento, en teoría, nació para hacer más
cómodo el vestir femenino, ya que evitaba llevar varias capas de pesadas
enaguas. La teoría sonaba estupenda, pero en la práctica ocupabas medio
salón y te movías con la agilidad de un galeón embarrancado.
Aquellas
faldas gigantescas acabaron alterando incluso la arquitectura y la vida
cotidiana. Las puertas parecían demasiado estrechas, los salones
pequeños y los carruajes insuficientes. En algunos teatros hubo que
reorganizar asientos porque una sola mujer con crinolina podía invadir
media fila. Subir a un coche de caballos requería una estrategia militar
y entrar en determinadas habitaciones era un ejercicio de geometría.
Más de un marido victoriano debió de preguntarse en qué momento su
esposa había pasado de ser una señora elegante a convertirse en una
jaula.
Pero el verdadero problema
no era el tamaño. Era el fuego. La sociedad victoriana vivía rodeada de
llamas: velas, lámparas de gas, cocinas de carbón, chimeneas abiertas… y
aquellas telas eran extraordinariamente inflamables. Bastaba un
descuido mínimo para que el vestido prendiera en segundos. Los
periódicos de la época están llenos de accidentes espantosos: mujeres
que se acercaban demasiado al hogar, faldas que rozaban una estufa. En
cuestión de segundos, la elegancia se convertía en una antorcha humana.
Este tipo de accidentes eran lo bastante frecuentes como para generar
auténtica preocupación pública. De hecho, el New York Times publicó en
1858 en anuncio que advertía del peligro de estas prendas: provocaban
una media de tres muertes a la semana. El caso más terrible ocurrió el
8 de diciembre de 1863 cuando murieron más de 2.000 personas en la
iglesia de la Compañía de Jesús de Santiago de Chile. Una vela provocó
un incendio en el altar que se propagó rápidamente, pero la tragedia
llegó cuando la gente presa del pánico intentó huir pero fui imposible
con las crinolinas.
Lo fascinante
es que, pese al peligro evidente, la moda continuó adelante durante
décadas. Porque la crinolina no era simplemente ropa. Era estatus. Era
respetabilidad. Era la manera de demostrar que una mujer pertenecía a
cierto mundo social. La aristocracia la utilizaba para exhibir
refinamiento; la burguesía la imitaba desesperadamente; y muchas mujeres
trabajadoras hacían lo imposible por seguir aquella tendencia porque
quedarse fuera de la moda también tenía un precio social. El siglo XIX
no inventó la tiranía estética, solo la convirtió en una jaula metálica
con tendencia a la combustión espontánea.
Algunas
mujeres supieron darle un «buen» uso al enorme hueco que quedaba bajo
la falda. Durante la Guerra de Secesión de los EEUU las mujeres sureñas
escondían armas y mercancía de contrabando burlando la prohibición de la
Unión de llevar bienes a los estados confederados.
De la red.
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