
Despotismo hidráulico digital, secesión de élites y el error epistemológico que ningún código puede corregir
Hay
un momento en la historia de las civilizaciones en que el lenguaje del
orden vigente ya no alcanza para describir lo que está ocurriendo. No
porque la realidad haya dejado de existir, sino porque las categorías
que el orden construyó para interpretarla fueron diseñadas para
sostenerlo, no para ver más allá de él. Ese momento produce una
parálisis característica: los análisis se vuelven más sofisticados, los
datos más abundantes, los modelos más refinados, y la capacidad de
actuar sobre la situación se reduce en proporción directa a la cantidad
de información disponible. Este ensayo
argumenta que
ese momento es el presente, y que la parálisis no es un defecto del
análisis sino su síntoma. La salida no está en más análisis del mismo
tipo. Está en comprender por qué el tipo de análisis disponible no puede
ver lo que más importa, y en nombrar desde otro lugar lo que está
emergiendo.
I. El tablero material: lo que China ha construido mientras Occidente debatía
La
narrativa dominante sobre la competencia tecnológica entre China y el
eje anglosajón se organiza en torno a la pregunta de los chips: quién
fabrica los semiconductores más avanzados, quién controla las impresoras
de litografía de extremo ultravioleta, quién domina los algoritmos de
inteligencia artificial más potentes. Esa narrativa no es falsa.
Es incompleta de una manera que importa, porque las preguntas que omite son más decisivas que las que formula.
China
controla aproximadamente el 91% de la capacidad global de separación y
refinamiento de tierras raras, según datos de la Agencia Internacional
de Energía, estableciendo una dominancia sobre la porción técnicamente
más compleja y más intensiva en capital de toda la cadena de suministro.
Con cerca del 90% de la capacidad mundial de refinamiento y
procesamiento de tierras raras, China controla efectivamente el flujo de
materiales utilizados en productos que van desde los vehículos
eléctricos y las turbinas eólicas hasta los semiconductores avanzados y
las municiones de precisión. China figura como refinador dominante en 19
de los 20 minerales analizados por la IEA en su Perspectiva Global de
Minerales Críticos para 2025, representando aproximadamente el 70% de la
capacidad de procesamiento global.
Las
impresoras ASML y los espejos de Carl Zeiss —el monopolio tecnológico
que el eje anglosajón mantiene sobre la litografía de extremo
ultravioleta— fabrican los mejores chips del mundo. Pero los chips sin
los materiales para fabricarlos son ingeniería sin materia.
China
mantiene el monopolio de separación de dos elementos de tierras raras
—disprosio y terbio— críticos para la fabricación de imanes permanentes
capaces de resistir altas temperaturas. Esos imanes son componentes
clave en los actuadores del F-35, los robots humanoides de Tesla y los
submarinos de la clase Virginia. El monopolio no está en la punta de la
cadena sino en su mitad: en el proceso de refinamiento que nadie en
Occidente ha podido replicar a escala porque requiere décadas de
inversión estatal sostenida, tolerancia de costos ambientales que las
democracias liberales no pueden sostener políticamente, y conocimiento
acumulado que no se transfiere mediante licencias.
En
energía, la asimetría es igualmente estructural. El eje anglosajón
depende del gas natural de esquisto —que necesita el barril por encima
de ochenta dólares para ser rentable— y del gas del Golfo Pérsico, cuyo
tránsito Irán puede interrumpir. China está construyendo el CiADS: el
primer sistema accionado por acelerador de partículas del mundo,
proyectado operativo en escala megavatio para 2027, con la capacidad de
quemar residuos radioactivos como combustible y de proveer energía
nuclear modular
independiente de cualquier ruta marítima.
Si
ese sistema funciona según lo proyectado, China tendrá para 2035 una
infraestructura energética para sus centros de datos de IA que no
depende de ningún estrecho que la talasocracia controle ni de ningún
precio del petróleo que los fondos de cobertura manipulen.
En logística, China ha construido la doble redundancia que el análisis anglosajón
subestima consistentemente. Por tierra: la Iniciativa de la Franja y la Ruta, con sus
ferrocarriles
transcontinentales que conectan Shanghái con Rotterdam sin pasar por
ningún estrecho marino. Por el mar ártico: en septiembre de 2025, China
inauguró la primera ruta comercial regular que recorre el norte ártico
en lugar del canal de Suez, reduciendo el tiempo de navegación entre
Asia y Europa a la mitad y eludiendo Malaca, Suez y Ormuz
simultáneamente. Por finanzas: el e-CNY cubre el 38% del comercio
mundial con comisiones un 98% inferiores a las del sistema SWIFT, y el
yuan es ya la segunda moneda de financiación del comercio global.
La
pregunta que ese cuadro impone no es si China ganará la competencia
tecnológica en el dominio de los algoritmos —que es la pregunta que
Palantir, OpenAI y los analistas de defensa anglosajones formulan—. Es
si el dominio de los algoritmos puede sostenerse sin el dominio de la
materia que los algoritmos necesitan para existir
como
objetos físicos. Un centro de datos es silicio, cobre, tierras raras,
energía y agua. China controla o está construyendo alternativas para
todos esos insumos. El eje anglosajón controla el software que los
organiza y el sistema financiero que los paga. Cuando el sistema
financiero se erosiona —y el índice Buffett en 229,9% y el oro en cinco
mil dólares por onza son señales de que esa erosión está en curso— la
pregunta sobre qué es más valioso tiene una respuesta más material de lo
que el discurso sobre la supremacía tecnológica sugiere.
II. Las network states como proyecto de secesión: Praxis, Rand y Kurzweil
Frente
a ese tablero, una fracción del capital de Silicon Valley ha tomado una
decisión que el análisis político convencional no puede procesar porque
no encaja en ninguna de sus categorías: está abandonando el proyecto de
controlar los Estados nacionales desde adentro y está construyendo la
infraestructura jurídica, territorial y cultural para existir sin ellos.
Praxis
declara al enero de 2026 tener 151.068 ciudadanos de 80 países
distintos, con empresas fundadas por sus miembros que alcanzan una
valoración agregada de 1,117 billones de dólares. Sus fundadores
exploraron Groenlandia como posible ubicación en noviembre de 2024,
hablando con políticos groenlandeses sobre el proyecto. El fundador de
Praxis, Dryden Brown, fue homeschooled para dedicarse al surf
competitivo, estudió a Ayn Rand y a los economistas austríacos en la
secundaria, y ha declarado abiertamente que su inspiración es el Galt's
Gulch de Rand, la utopía capitalista donde los creadores se retiran de
la sociedad parasitaria. Esa filiación ideológica no es decorativa. El
Manantial (1943) y La rebelión de Atlas
(1957) de Ayn
Rand son los textos fundacionales de lo que el ensayo sobre la
inversión teológica de este corpus denominó la recaída metafísica del
siglo XXI: la creencia de que existe una élite de creadores cuya
superioridad no es contingente sino esencial, y cuyo destino es
liberarse de la mediocridad de las masas que se benefician de su
trabajo
sin comprender ni merecer su genio. En Rand, esa creencia produce la
fantasía de la secesión: Galt's Gulch, el valle donde los creadores se
retiran y dejan que la sociedad parasitaria colapse sin ellos. Praxis es
Galt's Gulch con dominio .com y lista de espera de 50.000 personas.
La
escatología tecnológica que Ray Kurzweil provee al proyecto completa la
arquitectura. Kurzweil cree que la inteligencia artificial alcanzará la
Singularidad aproximadamente en el 2045: el punto a partir del cual la
inteligencia artificial supera a la humana en todos los dominios y el
progreso tecnológico se vuelve tan rápido que ningún análisis previo
puede anticiparlo. Kurzweil cree que nos encontramos en vísperas de
transformaciones tecnológicas que llevarán a la completa
reestructuración del tejido de la realidad, transmutando el universo en
un ser vasto y pensante. Lo que esa escatología provee al proyecto de
las network states es la justificación temporal de la secesión: si la
Singularidad está próxima, lo que importa no es mejorar las
instituciones existentes sino posicionarse antes de que llegue. Las
naciones, los parlamentos, los sistemas de seguridad social: son
instituciones del pasado que la Singularidad hará obsoletas. Lo urgente
es construir las plataformas donde los creadores estarán cuando ese
momento llegue. Harari completa el triángulo desde el polo opuesto: si
Rand justifica la secesión de las élites y Kurzweil le provee su
escatología, Harari provee el manual de gestión de lo que queda. Su
tesis —que la mayoría de los seres humanos serán «inútiles
económicamente» en el horizonte de las próximas décadas, y que el
desafío es encontrar maneras de mantenerlos ocupados y relativamente
felices— no es un análisis crítico del absolutismo de plataforma. Es su
política de recursos humanos formulada con sintaxis humanista. La
diferencia entre Harari y sus antecesores en el género
es
que él ha sido incorporado al sistema como intelectual oficial: sus
conferencias en el Foro Económico de Davos, sus entrevistas con los
directivos de las grandes plataformas, su presencia en los programas
educativos de las élites globales, todo indica que el sistema lo recibe
no como crítico sino como planificador. Lo que llama «desafío» —qué
hacer con los inútiles económicos— es lo que la tradición política
llamaba dominación. Pero formulado como preocupación humanista, produce
una
audiencia que lo escucha con alivio en lugar de con alarma.
Lo
que une a pensadores tan distintos y alejados en el tiempo, a Rand, a
Kurzweil y a Harari no es una conspiración sino una coherencia
ideológica profunda: La élite que posee los algoritmos, comprende
la Singularidad y planifica la gestión de los inútiles no está usurpando ningún lugar:
está
ocupando el lugar que le corresponde por su superioridad cognitiva. El
código es el nuevo criterio de elegibilidad para el orden que viene, y
quien no lo comprende no tiene derecho a opinar sobre él.
III. El pivote hacia Israel y el vaciamiento de las poblaciones
El proyecto de las network states no flota en el vacío. Necesita una plataforma
operativa
que ofrezca lo que ningún Estado democrático occidental puede ofrecer
simultáneamente: alta capacidad tecnológica propia, integración total
entre el sector privado y el aparato de seguridad, baja presión
regulatoria sobre los experimentos que las democracias liberales ya no
toleran políticamente, y posición geográfica en el nodo del corredor
logístico que desafía la Ruta de la Seda china.
Esa plataforma es Israel. No el Israel de la narrativa sionista clásica —Estado refugio
del pueblo judío disperso— sino el Israel del proyecto que los informes de 2026
denominan
Sionismo 2.0: el hub estratégico y tecnológico donde el capital
financiero transnacional que ha perdido la paciencia con las democracias
lentas y electoralmente dependientes está trasladando su centro
operativo. El corredor IMEC —India, Medio
Oriente, Europa—, el Project Sunrise de Kushner, la participación de los Emiratos
en el Project Stargate de Altman: todos apuntan en la misma dirección. El capital
post-nacional está eligiendo su jurisdicción preferente, y esa elección no es sentimental. Es estratégica.
El mecanismo doméstico que financia ese posicionamiento es el OBBBA: la
«One Big Beautiful Bill Act» firmada en julio de 2025. Su arquitectura es la del
despotismo hidráulico aplicado a la distribución fiscal: recorta el impuesto de
sucesiones
hasta quince millones de dólares; elimina la cobertura médica de 10,9
millones de norteamericanos; y reduce en 187.000 millones la ayuda
alimentaria de cuarenta y dos millones de personas. El agua fluye hacia
arriba. Los que construyen las plataformas donde vivirá la élite
post-nacional las construyen con dinero público que ya no llega a los
ciudadanos que lo produjeron. Las poblaciones norteamericana y europea
no son el sujeto de ese proyecto. Son su fuente de financiamiento.
Lo que los fondos de inversión entienden —y que la opinión pública de esas
poblaciones no ha procesado— es que el proyecto es coherente en sus propios
términos. No necesita la lealtad de esas poblaciones para funcionar. Necesita que
estén suficientemente atomizadas para no poder resistirlo colectivamente, y
suficientemente
conectadas a las plataformas de entretenimiento y consumo para no
percibir la resistencia como urgente. El algoritmo provee lo primero;
Harari planifica lo segundo.
IV. El error epistemológico de fondo: Maturana, Varela y la información que no existe afuera
Hay
un error de fondo en toda esa arquitectura —en la doctrina de Palantir,
en el proyecto de vigilancia de las network states, en el sistema de
crédito social chino también, porque el error no es anglosajón sino
epistemológico— que ningún poder puede ver porque es el error que
constituye la premisa de la que ese poder parte.
La
premisa es que la información es un recurso externo que los organismos
reciben y procesan. Más datos equivalen a más conocimiento. Más
conocimiento equivale a mayor capacidad de predicción. Suficiente
capacidad de predicción equivale a control total del comportamiento del
sujeto vigilado. Esa es la arquitectura conceptual que sostiene a
Palantir, al sistema Maven, al ImmigrationOS y al proyecto de vigilancia
total que los veinticinco mil millones anuales del presupuesto de inteligencia
norteamericana intentan construir.
Humberto Maturana y Francisco Varela demostraron en Autopoiesis and Cognition
(1980) y en The Tree of Knowledge (1987) que esa premisa es falsa en su raíz
biológica. Un organismo vivo no es un sistema de procesamiento de información
externa.
Es un sistema autopoiético: una red de procesos que se produce y
reproduce a sí misma, que mantiene su organización frente a las
perturbaciones del entorno y que no «recibe» información del exterior en
ningún sentido que el término información pueda sostener con rigor. Lo
que llamamos información no preexiste al organismo como dato objetivo
disponible en el exterior: emerge en el proceso de ajuste homeostático,
cuando el organismo construye internamente la distinción que le permite
responder
a la perturbación. La información no está en el exterior esperando ser recabada.
Es una construcción del sistema que se perturba.
Eso
no es un argumento filosófico abstracto: es la descripción de lo que
ocurre a nivel celular. Una bacteria que detecta un gradiente de glucosa
no está «recibiendo información» sobre la glucosa: está perturbando su
homeostasis en respuesta a un cambio en su entorno químico y ajustando
su comportamiento de manera que restaure el equilibrio interno. La
distinción entre la glucosa que alimenta y la toxina que daña no está
inscrita en el exterior como dato objetivo: emerge del acoplamiento
entre la
organización del sistema y el entorno que
ese sistema puede distinguir. El Umwelt de Uexküll —el mundo-propio de
cada organismo, constituido por los signos que su aparato perceptivo
puede procesar— es la misma intuición expresada desde la biología
comparada: cada organismo habita el mundo que su organización le permite
construir, no el mundo que existe independientemente de esa
organización.
Las consecuencias para el absolutismo de plataforma son de una radicalidad que sus
arquitectos
no han procesado. Si la información no preexiste al organismo como dato
externo sino que emerge en el acoplamiento entre el sistema y su
entorno, entonces ningún sistema de vigilancia puede producir
conocimiento completo del sujeto que vigila, porque el conocimiento del
sujeto es inseparable del acoplamiento entre ese sujeto y su entorno —y
ese entorno incluye el sistema de vigilancia mismo. Cambiar
el
entorno mediante la vigilancia cambia al sujeto que se vigila. El
sujeto que sabe que está siendo modelado construye información diferente
de la que construiría sin ese conocimiento. No hay convergencia: hay el
bucle autorreferencial que Gödel formalizó
en
términos lógicos, ahora fundado en biología además de en lógica. El
panóptico que lo ve todo produce exactamente el sujeto que no puede
predecir, porque la visibilidad total altera el comportamiento de manera
que ningún modelo puede anticipar.
El
error de Kurzweil es el mismo error en escala escatológica. Su tesis de
la Singularidad descansa sobre la extrapolación de la Ley de Moore —el
número de transistores por
chip se dobla cada
dieciocho meses— hacia todos los dominios del conocimiento y de la
capacidad cognitiva. Esa extrapolación trata la inteligencia como si
fuera un dato cuantificable que puede aumentarse indefinidamente
mediante la acumulación de procesamiento, de la misma manera en que la
información se acumula en un disco duro. Pero si la inteligencia —como
la información— no es un recurso externo acumulable sino una propiedad
emergente del acoplamiento entre un sistema y su
entorno,
entonces la extrapolación cuantitativa de Moore no aplica. No hay una
«cantidad de inteligencia» que pueda aumentarse indefinidamente mediante
más transistores, de la misma manera en que no hay una «cantidad de
vida» que pueda aumentarse indefinidamente mediante más células. La vida
emerge de la organización,no de la cantidad. Y la organización no es
escalable de la manera en que lo es el hardware.
V. Los lenguajes inconmensurables y los límites que el poder no puede ver
El
corpus de ensayos ha establecido que el conocimiento opera siempre a
través de velos, inspirados en el velo de Maya, de la tradición de la
India—campos de acoplamiento asimétricos que producen alta resolución
sobre algunos dominios y opacidad constitutiva sobre otros—, y que esos
velos son inconmensurables entre sí desde ningún punto de vista neutro.
La física cierra sobre la masa y la energía. La biología cierra sobre
el metabolismo y la reproducción. La neurobiología cierra sobre
correlatos neurales. La vivencia intuitiva cierra sobre la duración
vivida y la intersubjetividad. El código binario cierra sobre las
operaciones que pueden reducirse a secuencias de ceros y unos. Ninguno
de esos campos contiene
a los demás. Todos son velos con opacidades específicas sobre un continuo material que ninguno agota.
El error epistemológico que el absolutismo de plataforma comete —en su versión
anglosajona y en su versión china— es creer que el velo del código binario puede
contener
a todos los demás. Que la realidad social, política, económica,
cultural y biológica de los sujetos humanos puede reducirse sin residuo a
patrones de datos procesables por algoritmos. Ese error no es nuevo: es
el error leibniziano que Gödel demostró imposible en 1931, ahora
resucitado con un poder de cómputo que el propio Leibniz no hubiera
podido imaginar. La escala no cambia la estructura del argumento. El
sistema más grande sigue siendo incompleto en el mismo sentido en que lo
era el sistema más pequeño. Y el bucle autorreferencial —el sistema que
intenta verse
a sí mismo sin punto ciego— sigue siendo el límite que ninguna cantidad de parámetros puede suprimir.
Lo
que eso significa para el análisis geopolítico es una consecuencia que
el poder no puede ver desde adentro: los sistemas de control más
sofisticados que la historia ha producido son también los más
vulnerables a perturbaciones que sus propios modelos no pueden
anticipar, precisamente porque su sofisticación los hace dependientes de
las premisas que los construyeron. El sistema Maven que selecciona
objetivos militares mediante IA es más potente que un analista humano en
los dominios para los que fue entrenado y completamente ciego en los
dominios para los que no
fue entrenado —incluyendo
exactamente los dominios en que los adversarios que han comprendido sus
límites elegirán operar. El sistema de crédito social chino que predice
el comportamiento de los ciudadanos produce ciudadanos que aprenden a
comportarse de maneras que el sistema no puede predecir. El panóptico
perfecto produce la resistencia perfecta, porque la visibilidad total es
también el mapa completo de los puntos ciegos del sistema para quienes
lo conocen desde afuera.
VI. El orden sin nombre: lo que emerge cuando el lenguaje del orden anterior no alcanza
En mayo de 2026, el sistema internacional está en un punto de reconfiguración
que no tiene precedente inmediato y que las categorías del viejo orden liberal no
alcanzan a describir con precisión. El 17 de abril, el Estrecho de Ormuz estaba
técnicamente abierto y estratégicamente en disputa. Los EAU salieron de la OPEP
el 1 de mayo. El índice Buffett está en 229,9%. Los contenedores de helio están
vacíos. Los agricultores del hemisferio norte deciden cuánta urea pueden pagar a
616 dólares la tonelada. Palantir cotiza por encima de ciento cincuenta dólares y
no
paga impuestos federales. China controla el 91% del refinamiento de las
tierras raras que los chips de Palantir necesitan para existir. Y los
fundadores de Praxis tienen 151.068 «ciudadanos» en lista de espera que
han leído a Rand y a Kurzweil y creen que el futuro se construye sin los
que no comprenden el código.
El orden que sucederá al actual no tiene nombre todavía porque los actores que
lo
están construyendo tampoco lo tienen claro. China está construyendo
infraestructura —canales de agua, en el sentido hidráulico que este
corpus ha desarrollado— sin haber formulado la doctrina que justificará
ese sistema una vez que esté operativo.
Silicon
Valley está construyendo la secesión —las plataformas jurídicas,
territoriales y cognitivas de un orden post-nacional— sin haber
comprendido que la materia que necesita para construirlas está en manos
del adversario que desprecia. El eje anglosajón está defendiendo un
orden cuya legitimidad ha destruido con sus propias manos al usarlo
sistemáticamente como instrumento de poder particular en lugar de usarlo
como principio de organización.
Lo que sí puede decirse con la precisión que el análisis materialista permite es qué
tipo de actor sobrevivirá la transición con capacidad de determinar sus propias
condiciones de existencia. No el que tiene el mejor análisis del momento —que es
siempre
abundante en los períodos de transición y siempre insuficiente para
actuar—. El que ha construido, antes de que el nuevo orden se consolide,
las bases materiales que lo hacen irreductible a los flujos que el
orden determine: energía propia, materiales propios, rutas propias,
sistemas financieros con cierre categorial propio, instituciones
de conocimiento que produzcan verdades verificables sobre sus propios recursos
estratégicos, y cuerpos intermedios que organicen la resistencia colectiva frente al
individualismo que el mercado y el algoritmo imponen.
La soberanía no se declara en discursos. No se negocia en acuerdos que el aliado
viola
en tiempo real. No se protege con comunicados de cancillería. Se
construye. Con silicio, con acero, con agua, con rutas, con finanzas,
con voluntad
política de largo aliento y con la claridad de que el velo no puede retirarse, pero puede corregirse.
Y que en ese proceso de corrección —infinito, imperfecto, siempre
incompleto— es la única tarea que el momento histórico no admite postergar.
Lo demás es escatología con buena financiación y ningún teorema de incompletitud que la detenga.
De la red.
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