
El
6 de mayo de 1952, en un laboratorio del King's College de Londres, una
mujer de treinta y un años apuntó un haz de rayos X hacia una fibra de
ácido desoxirribonucleico y esperó cien horas.
Cien horas de exposición para obtener una imagen.
La imagen que obtuvo se llamó Fotografía 51.
Era
una cruz negra sobre fondo claro, con manchas simétricas distribuidas
alrededor del centro con una precisión geométrica que cualquier
cristalógrafo entrenado reconocería de inmediato. La cruz significaba
una cosa y solo una cosa: la molécula que había dentro de la fibra tenía
forma de hélice.
La mujer que tomó la fotografía lo sabía.
Lo
que no sabía era que esa imagen estaba a punto de salir de su
laboratorio sin que ella lo autorizara, sin que nadie se lo dijera, y
sin que nadie se molestara en preguntarle.
Su nombre era Rosalind Franklin.
Y
lo que ocurrió con esa fotografía es la historia de cómo la ciencia
puede funcionar con exactitud y con injusticia al mismo tiempo. Cómo un
descubrimiento puede ser genuino y estar construido sobre una
apropiación. Cómo cuatro personas pueden saber que algo pasó y seguir
callando durante décadas porque el silencio era más cómodo que la
verdad.
Rosalind Franklin nació
en Londres en 1920, en el seno de una familia de banqueros anglosajona y
judía con suficiente dinero para que su educación no fuera una pregunta
y suficiente conservadurismo para que su padre creyera que era, de
todas formas, una inversión equivocada.
Su padre quería que estudiara trabajo social. Rosalind quería ser científica.
A
los quince años ya lo sabía con la claridad que pocas personas tienen a
cualquier edad. Una de sus tías la describió en aquellos años como
alguien que poseía una inteligencia alarmante y hacía cálculos
matemáticos para entretenerse. El padre no la detuvo pero tampoco la
impulsó. Fue su madre quien tomó partido.
Ingresó en
Cambridge a estudiar química en 1938. En 1941 se licenció. En 1945
obtuvo el doctorado en química física. En 1947 se trasladó a París como
investigadora postdoctoral en el Laboratoire Central des Services
Chimiques, donde pasó cuatro años perfeccionando la técnica que
definiría su carrera: la cristalografía de rayos X.
La
cristalografía de rayos X es, en esencia, una manera de ver lo
invisible. Cuando un haz de rayos X atraviesa una muestra cristalina,
las moléculas difractan la radiación y producen un patrón de manchas en
una placa fotográfica. Ese patrón es una firma: si sabes leerlo, puedes
reconstruir la estructura tridimensional de la molécula que lo produjo.
Es como deducir la forma de un objeto mirando su sombra.
Franklin se convirtió en una de las mejores del mundo leyendo esas sombras.
En
París fue feliz. Sus colegas la respetaban. Sus resultados eran
reconocidos. Trabajaba en el carbón y el grafito, construyendo una
metodología que sus pares consideraban ejemplar. Cuando el King's
College de Londres le ofreció un puesto en 1951 para aplicar sus
técnicas al estudio del ADN, aceptó porque era una oportunidad
científica extraordinaria.
No sabía que estaba entrando en una institución que ya había decidido, sin decírselo, cuál sería su papel.
El
King's College de Londres tenía ya en 1951 a alguien trabajando en la
estructura del ADN: Maurice Wilkins, físico de origen neozelandés que
había obtenido las primeras imágenes de difracción de ADN y que creía,
razonablemente, que ese problema le pertenecía.
La
dirección del laboratorio contrató a Franklin para reforzar el trabajo
de rayos X. Lo que nadie aclaró con suficiente precisión — un error de
administración que tuvo consecuencias extraordinarias — fue la relación
exacta entre Wilkins y Franklin. Wilkins asumió que Franklin sería su
asistente. Franklin asumió que era una investigadora independiente con
su propio proyecto.
Los dos asumieron cosas distintas. Nadie los corrigió.
El
resultado fue una hostilidad que se instaló desde el primer mes y que
nunca se resolvió. Wilkins describía a Franklin con condescendencia en
sus cartas, llamándola "la dama oscura" — en referencia a su
personalidad reservada y a su pelo oscuro, aunque el apodo contenía una
carga que ninguna de las palabras por separado habría tenido. Franklin
encontraba a Wilkins impreciso, desorganizado, y emocionalmente incapaz
de separar su ego de su trabajo.
Tenían razón el uno
sobre el otro. Y esa tensión le costó a la ciencia lo que podría haber
sido una colaboración que habría cambiado la historia más rápidamente y
con más justicia.
Franklin dividió el trabajo con
claridad metódica. Identificó que el ADN existía en dos formas
diferentes según su nivel de hidratación: la forma A, seca, más compacta
y compleja de analizar, y la forma B, hidratada, que producía imágenes
más claras pero que sus colegas habían descartado por considerarla un
artefacto. Franklin vio que la forma B era la biológicamente relevante.
Wilkins trabajaba con la forma A. Acordaron, brevemente, dividirse los
tipos: Franklin se quedaría con la A, Wilkins con la B.
Fue
dentro de ese acuerdo, trabajando en la forma A, que Franklin descubrió
algo que sus colegas en Cambridge no podían ver desde su distancia: que
el grupo fosfato — la parte ácida del ADN — estaba en el exterior de la
molécula, no en el interior. Este dato, aparentemente técnico, era en
realidad fundamental: cualquier modelo de la estructura del ADN que
pusiera el fosfato en el interior estaba equivocado. Watson y Crick
construyeron exactamente ese modelo equivocado en 1951, después de
escuchar a Franklin en un seminario sin tomar notas y malinterpretar lo
que había dicho.
Franklin los corrigió en persona.
Les dijo, sin rodeos, que su modelo estaba todo mal.
Watson
volvió a Cambridge irritado. No porque la corrección fuera incorrecta —
era completamente correcta — sino porque venía de una mujer que no le
tenía ningún respeto deferencial y que no pretendía tenerlo.
En
mayo de 1952, Franklin y su estudiante de doctorado Raymond Gosling
apuntaron el haz de rayos X hacia una fibra de ADN en su forma B y
esperaron cien horas.
La imagen que salió de esa
placa fotográfica era diferente a cualquier cosa que se hubiera obtenido
antes. La cruz de manchas era perfecta, simétrica, inequívoca. Franklin
escribió en su cuaderno de laboratorio, con la contención de quien está
acostumbrada a no sacar conclusiones antes de que los datos las
soporten, que la imagen era consistente con una estructura helicoidal.
Archivó la fotografía.
Siguió
trabajando en la forma A, que era más difícil de analizar pero que
podría proporcionar datos más precisos sobre las dimensiones exactas de
la hélice. Era la aproximación correcta metodológicamente. Era también
la que más tiempo requería.
El tiempo era lo que no le iban a dar.
En
enero de 1953, Watson visitó el King's College con la intención de
sondear el estado del trabajo de Franklin. La visita no terminó bien:
Franklin le dijo que no tenía ninguna evidencia de estructura helicoidal
en los datos de la forma A, y lo despachó con la misma falta de
paciencia que reservaba para las conversaciones que consideraba
improductivas.
Watson fue a ver a Wilkins.
Wilkins abrió un cajón.
Dentro estaba la Fotografía 51.
Watson
la vio durante un instante, sin permiso de Franklin, sin que Franklin
lo supiera, y sin que Wilkins le hubiera pedido autorización a nadie
para mostrarla. Años después, Watson escribió en sus memorias lo que
sintió en ese momento: que se quedó boquiabierto y que el corazón se le
aceleró. Que la simplicidad de la cruz negra en el centro de la imagen
era la prueba que necesitaba. Que la estructura era una hélice. Que
ahora lo sabía.
Volvió a Cambridge y se lo contó a Crick.
Crick
era cristalógrafo y matemático. Watson le describió lo que había visto —
según algunas fuentes, dibujó de memoria el patrón de manchas — y Crick
calculó inmediatamente lo que la imagen implicaba sobre las dimensiones
y el paso de la hélice. Con esos números podían construir el modelo
correcto.
Pero había un segundo canal de información, y este es el que la historia tiende a mencionar menos.
En
diciembre de 1952, el Medical Research Council había encargado una
inspección rutinaria de los laboratorios del King's College. Como parte
de esa inspección, Franklin y Gosling habían preparado un informe
técnico detallado con todos sus datos de rayos X: las dimensiones de la
celda unitaria del ADN, el contenido de agua, la posición de los grupos
fosfato. No era un artículo publicado. Era un documento interno,
preparado para evaluadores y no para competidores.
Max Perutz, cristalógrafo en Cambridge y miembro del comité de inspección, recibió una copia.
Perutz se la mostró a Crick.
Crick
leyó los datos de Franklin. Años después admitiría que la idea de que
las dos cadenas de la hélice corrían en direcciones opuestas —
antiparalelas — se le ocurrió después de leer ese informe. Perutz,
confrontado con lo ocurrido décadas más tarde, dijo que no había visto
ningún daño en compartirlo porque el documento no estaba marcado como
confidencial. Aunque también admitió que "no se esperaba que el informe
llegara a esos ojos". Recibió tantas cartas cuestionando su juicio que
acabó publicando una declaración pública de disculpa en la revista
Science.
Con la fotografía, el informe, y sus propias
capacidades, Watson y Crick construyeron el modelo de doble hélice del
ADN en febrero de 1953.
El 25 de abril de 1953,
Nature publicó el artículo de Watson y Crick proponiendo la estructura.
En el mismo número, pocas páginas más adelante, aparecía el artículo de
Franklin y Gosling con sus fotografías — incluyendo la 51 — y sus datos
de difracción. El artículo de Franklin era técnicamente más sólido, más
preciso, más fundamentado. Decía, con la honestidad de quien llega a una
conclusión de manera independiente, que sus resultados eran
consistentes con el modelo propuesto por Watson y Crick.
En
el artículo de Watson y Crick, una frase reconocía la existencia del
trabajo de Franklin con una vaguedad que alcanzó el rango de obra
maestra de la ambigüedad científica: "hemos sido estimulados por el
conocimiento general de los resultados e ideas experimentales no
publicados de Wilkins, Franklin y sus colaboradores". Nada más. Sin
precisar qué resultados. Sin mencionar la fotografía. Sin agradecer el
informe.
Franklin nunca supo que Watson había visto la Fotografía 51.
En
1953, Franklin dejó el King's College — donde su situación se había
vuelto insostenible — y se trasladó al Birkbeck College, donde retomó
una carrera investigadora que sus compañeros describirían como
extraordinaria. Trabajó en la estructura del virus del mosaico del
tabaco y del virus de la polio, produciendo resultados que sus pares
consideraban ejemplares y que seguían siendo citados décadas después de
su muerte.
Era más feliz. Tenía mejores colegas. Se
hizo amiga de Francis Crick y de su esposa — una ironía que la historia
registra sin saber qué hacer con ella.
En 1956, durante un viaje de trabajo por Estados Unidos, empezó a encontrarse mal.
El diagnóstico fue cáncer de ovario. Tenía treinta y seis años.
La
conexión entre su enfermedad y sus años de trabajo con rayos X nunca
pudo establecerse con certeza médica absoluta — los estudios de la época
no permitían esa clase de trazabilidad — pero los historiadores de la
ciencia señalan que Franklin trabajó durante años sin las precauciones
de seguridad radiológica que se considerarían obligatorias hoy. No usaba
blindaje protector de manera sistemática. Preparaba sus propias
muestras sin escudo. La cantidad de radiación acumulada durante una
carrera de cristalografía intensa, en los años cincuenta, era
significativa.
Siguió trabajando después del
diagnóstico. Después de la primera operación. Después de la segunda.
Después de la tercera. Murió en Londres el 16 de abril de 1958, a los
treinta y siete años, la víspera de presentar sus últimos resultados
sobre la estructura del virus del mosaico del tabaco en una feria
científica internacional en Bruselas.
Cuatro años
después, el 23 de octubre de 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el
Premio Nobel de Fisiología o Medicina por el descubrimiento de la
estructura del ADN.
En sus discursos de aceptación, Watson y Crick no mencionaron a Rosalind Franklin.
Fue
Wilkins — el mismo que había mostrado la Fotografía 51 sin permiso —
quien la mencionó brevemente, porque Crick lo convenció de hacerlo.
Una mención. En el discurso de Wilkins. No en el de Watson. No en el de Crick.
El Nobel no se otorga a personas muertas. La regla existía. Era, en este caso, también conveniente.
En
1968, Watson publicó La doble hélice, sus memorias sobre el
descubrimiento. El libro es brillante, entretenido, y contiene una
descripción de Rosalind Franklin que la historia de la ciencia
difícilmente olvidará porque ilustra con nitidez algo que los datos
solos no pueden mostrar: qué pensaban sus colegas de ella mientras la
usaban.
Watson la llama "Rosy" a lo largo del libro —
un apodo que Franklin nunca usó y que nadie que la conociera usaba. La
describe como incapaz de reconocer su propia feminidad, de vestir mal,
de no usar pintalabios. Escribe que si hubiera aprendido a sonreír de
vez en cuando habría sido más agradable trabajar con ella. Describe su
propio miedo durante una discusión con Franklin en el laboratorio — un
pasaje en que el lector entiende que Watson interpretó la autoafirmación
científica de una mujer como una amenaza física.
El
libro fue un éxito de ventas. Anne Sayre, amiga íntima de Franklin,
publicó en 1975 Rosalind Franklin and DNA para corregir el registro.
Brenda Maddox publicó en 2002 la biografía definitiva, Rosalind
Franklin: The Dark Lady of DNA, basada en cartas, cuadernos y
testimonios de quienes la conocieron. En 2023, investigadores que
reexaminaron los cuadernos de Franklin concluyeron que ella estaba
llegando de manera independiente a las mismas conclusiones que Watson y
Crick, y que la velocidad de la publicación de ellos le impidió proponer
su propio modelo.
En el año 2000, durante la
inauguración del edificio Franklin-Wilkins en el King's College de
Londres, Watson reconoció públicamente haber utilizado los datos de
Franklin sin su conocimiento. Dijo que si hubiera vivido más tiempo,
habría recibido el Nobel de Química.
Dijo esto cuarenta y dos años después de su muerte.
Hoy
la Fotografía 51 es una de las imágenes científicas más reproducidas
del siglo XX. Aparece en libros de texto, en documentales, en
exposiciones de museos. En 2015, Nicole Kidman interpretó a Franklin en
una obra de teatro en el West End de Londres titulada, precisamente,
Foto 51. En 2020, la Agencia Espacial Europea bautizó como Rosalind
Franklin al róver que envió a Marte para buscar signos de vida.
Su nombre está ahora en todas partes.
Lo
que permanece sin respuesta satisfactoria es una pregunta más pequeña y
más incómoda que cualquier homenaje póstumo puede resolver.
Franklin
tenía treinta y dos años cuando tomó la fotografía. Cuando murió, a los
treinta y siete, estaba produciendo trabajo de primera línea en
virología. Si no hubiera enfermado — si los rayos X que usó para
iluminar la estructura de la vida no la hubieran consumido por dentro —
habría seguido trabajando durante décadas más. Habría visto la
publicación de sus resultados correctamente atribuidos. Habría estado
viva en 1962 cuando entregaron el Nobel. Habría tenido la oportunidad de
decir, en público y con su nombre, lo que ella sabía y cuándo lo había
sabido.
O habría seguido callando, porque Franklin no
era una mujer que se complaciera en el conflicto público, y habría
publicado resultados sobre virus que sus colegas citarían durante
cincuenta años más, y habría construido una carrera que la historia
recordaría por lo que hizo, no solo por lo que le hicieron.
No lo sabemos.
Sabemos que la herramienta que usó para ver la forma de la vida fue la misma que le quitó la suya.
Sabemos
que la foto que tomó en cien horas de exposición, en un laboratorio del
que quería salir lo antes posible, cambió la biología del siglo XX.
Y
sabemos que el hombre que la vio sin permiso, en enero de 1953, en el
despacho de un colega que tampoco tenía derecho a mostrarla, se quedó
boquiabierto y sintió el corazón acelerarse.
Y no dijo nada durante quince años.
De la red.
Fuentes documentadas:
Franklin,
Rosalind y Gosling, Raymond — "Molecular Configuration in Sodium
Thymonucleate", Nature, vol. 171, 25 de abril de 1953 — el artículo
original de Franklin sobre la Fotografía 51, publicado en el mismo
número que Watson y Crick
Watson, James D. y Crick, Francis H.C. — "A Structure for Deoxyribose Nucleic Acid", Nature, vol. 171, 25 de abril de 1953
Watson,
James D. — La doble hélice, Alianza Editorial, 1968 (edición en
español) — memorias del descubrimiento, fuente primaria de la
descripción de Franklin y la mención a la Fotografía 51
Sayre, Anne — Rosalind Franklin and DNA, W.W. Norton, 1975 — primera refutación documentada de la versión de Watson
Maddox,
Brenda — Rosalind Franklin: The Dark Lady of DNA, HarperCollins, 2002 —
biografía definitiva basada en cartas y cuadernos de Franklin
Perutz,
Max — declaración pública en Science sobre la filtración del informe
MRC, referenciada en Maddox (2002) y en la correspondencia del Archivo
Franklin, Churchill College, Cambridge
Klug, Aaron —
"Rosalind Franklin and the Discovery of the Structure of DNA", Nature,
vol. 219, 1968 — escrito por el colaborador más cercano de Franklin en
Birkbeck, primera evaluación académica de su contribución real
Archivo
Rosalind Franklin — Churchill College, Universidad de Cambridge —
cuadernos de laboratorio, correspondencia y fotografías originales.
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