
¿Quién diría que ser un "fifí" en el siglo XVIII era una sentencia de muerte por ensalada?
Mientras los aristócratas con pelucas de tres pisos se desplomaban
dramáticamente, le echaban la culpa al pobre tomate, apodándolo la
"manzana del diablo". Pero la ciencia tiene otros datos: el verdadero
villano no era el fruto, sino su vajilla de peltre.
Resulta
que la acidez del tomate lixiviaba el plomo de los platos de lujo,
sirviendo un cóctel de saturnismo digno de una tragedia barroca.
Mientras tanto, el campesino —"muy humilde" él— se tragaba sus tomates
en platos de madera o barro, viviendo feliz y sin plomo en la sangre.
¡La ironía de morir por puro estatus social!
Datos para el chisme histórico:
El tomate es de la familia de las solanáceas (pariente de la belladona), lo que alimentó la paranoia botánica.
Los ricos morían por usar "tecnología de punta"; los pobres sobrevivían por falta de presupuesto.
De la red.
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