
En
diciembre de 1945 — el mes exacto no está documentado con certeza,
aunque la tradición oral de la familia Al-Samman sitúa el hallazgo en
diciembre — un hombre llamado Muhammad Ali al-Samman salió de madrugada
con su hermano Khalifa Ali y varios vecinos del pueblo de Al-Qasr, cerca
de la ciudad de Nag Hammadi en el Alto Egipto, para cavar sabakh — el
abono orgánico que se extrae de las ruinas antiguas y que los campesinos
egipcios usaban para fertilizar sus campos.
Fue
al pie del acantilado de Jabal al-Tarif, una formación de piedra caliza
horadada de tumbas de la época faraónica que los aldeanos conocían como
lugar de trabajo habitual. El azadón de Muhammad Ali golpeó algo sólido
bajo la tierra. Era una jarra de arcilla de aproximadamente sesenta
centímetros de altura, sellada con brea, del tipo que la tradición
funeraria egipcia usó durante milenios para conservar objetos de valor.
Muhammad Ali dudó antes de abrirla — la tradición popular del Alto
Egipto asociaba las jarras selladas con djinn, con espíritus que podían
escapar si el sello era roto. Luego pensó que podía contener oro. La
rompió con el azadón.
Lo que
salió de la jarra no era oro en ningún sentido que Muhammad Ali
al-Samman pudiera reconocer en ese momento: doce libros encuadernados en
cuero, más las páginas sueltas de un decimotercero, todos hechos de
papiro comprimido y cosido entre cubiertas de cuero de gacela. Muhammad
Ali los llevó a casa, los apoyó contra la pared del corral, y su madre
usó parte de ellos para encender el fuego aquella noche. Cuántas páginas
se quemaron en ese fogón del Alto Egipto en diciembre de 1945 es algo
que ningún especialista ha podido calcular. Lo que sobrevivió — lo que
Muhammad Ali llevó al mercado de antigüedades de El Cairo, lo que pasó
por varias manos y eventualmente llegó a los especialistas que entendían
lo que tenían — fue suficiente para cambiar la historia del estudio del
cristianismo primitivo con la misma permanencia con que el
descubrimiento de los Manuscritos del Mar Muerto, casi simultáneo,
cambió la historia del estudio del judaísmo del Segundo Templo.
Los
trece códices de Nag Hammadi contienen cincuenta y dos textos escritos
en copto — la forma tardía del egipcio antiguo escrita con caracteres
griegos — que los especialistas identificaron como traducciones del
siglo IV de originales griegos considerablemente más antiguos,
probablemente del siglo II de la era común. Entre ellos: el Evangelio de
Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Evangelio
de los Egipcios, el Apócrifo de Juan, la Pistis Sophia en fragmentos, el
Trueno: Mente Perfecta, el Evangelio de María — que técnicamente no
forma parte de la biblioteca de Nag Hammadi sino de un códice diferente
encontrado en Egipto décadas antes, pero que los especialistas estudian
en el mismo conjunto. Textos que la tradición cristiana había declarado
heréticos, que los obispos del siglo IV habían ordenado destruir, que
durante dieciséis siglos habían existido solo como citas indirectas en
los escritos de los teólogos que los refutaban. Ahora estaban completos,
en el desierto donde alguien los había escondido cuando la destrucción
comenzó, esperando en su jarra de arcilla a que alguien buscara abono en
el lugar equivocado.
La pregunta
sobre quién enterró esa jarra y cuándo tiene una respuesta que los
especialistas en historia del cristianismo primitivo consideran
razonablemente bien establecida. El monasterio de Pachomio — el padre
del monasticismo cristiano cenobítico, el primero en organizar
comunidades de monjes bajo una regla escrita — estaba situado a pocos
kilómetros del lugar del hallazgo, en Chenoboskion. En el año 367, el
obispo Atanasio de Alejandría envió su Carta Festal anual a los
monasterios bajo su jurisdicción, en la que por primera vez en la
historia del cristianismo listó los veintisiete libros del Nuevo
Testamento que consideraba canónicos y ordenó que todos los textos que
no aparecieran en esa lista fueran destruidos. El Evangelio de Tomás no
estaba en la lista. El Evangelio de Felipe no estaba en la lista.
Ninguno de los cincuenta y dos textos de Nag Hammadi estaba en la lista.
La hipótesis que los especialistas — incluyendo a Elaine Pagels en Los
Evangelios Gnósticos (Random House, 1979) y a James Robinson, editor
general de The Nag Hammadi Library in English (Harper & Row, 1977) —
consideran más probable es que algún monje del monasterio de Pachomio,
en lugar de destruir los libros que había en la biblioteca conventual,
los metió en una jarra, selló la jarra con brea, y la enterró al pie del
acantilado de Jabal al-Tarif. No se sabe el nombre del monje. No se
sabe si lo hizo por desobediencia, por piedad hacia los textos, o
simplemente por incapacidad de destruir libros que había leído y que no
podía creer que fueran lo que Atanasio decía que eran. Lo que hizo fue
preservar durante dieciséis siglos el registro de cómo el cristianismo
pensó sobre sí mismo antes de que el proceso de canonización decidiera
qué versión del cristianismo era la correcta.
El
Evangelio de Tomás es el texto que más radicalmente reorienta la
conversación sobre el Jesús histórico, y es también el que más
directamente ilustra la diferencia entre lo que los textos de Nag
Hammadi dicen y lo que los cuatro Evangelios canónicos dicen. No tiene
narrativa: no hay infancia, no hay ministerio en Galilea narrado
secuencialmente, no hay entrada en Jerusalén, no hay Pasión, no hay
Resurrección. Es una colección de ciento catorce logia — dichos,
sentencias, parábolas — introducidos cada uno con la misma fórmula:
"Jesús dijo." Su primer verso es una promesa y una amenaza simultáneas:
"Quien encuentre la interpretación de estas palabras no probará la
muerte." No la fe, no el bautismo, no la adhesión a una comunidad. La
interpretación. El acto intelectual y espiritual de encontrar el sentido
de lo que se dice. El Evangelio de Tomás pone en el centro de la
salvación no la obediencia sino la comprensión.
Los
especialistas llevan más de setenta años debatiendo la fecha de
composición del Evangelio de Tomás y su relación con los cuatro
Evangelios canónicos. El consenso mayoritario — representado por
académicos como John Dominic Crossan en The Historical Jesus (Harper San
Francisco, 1991) y Helmut Koester en su introducción a The Nag Hammadi
Library in English — sitúa el núcleo del texto entre el año 50 y el año
100 de la era común, lo que lo haría aproximadamente contemporáneo del
Evangelio de Marcos (ca. 70) y del Evangelio de Juan (ca. 90-100), y
posiblemente anterior a algunos de ellos. Una minoría significativa de
especialistas, incluyendo a April DeConick en Recovering the Original
Gospel of Thomas (T&T Clark, 2005), argumenta que el Evangelio de
Tomás preserva una colección de dichos de Jesús que es independiente de
la tradición sinóptica — es decir, que no deriva de Marcos, Mateo ni
Lucas sino que accede a una fuente oral diferente. Si eso es correcto,
el Evangelio de Tomás no es una herejía tardía que distorsionó el
mensaje original. Es un testigo paralelo e independiente de lo que Jesús
dijo, tan antiguo o más antiguo que los Evangelios que el canon
preservó.
Lo que el Evangelio de
Tomás dice que Jesús dijo sobre el Reino de Dios es lo que más
directamente contrasta con la imagen que los Evangelios canónicos
construyeron. En Marcos, el Reino de Dios es una realidad futura e
inminente: "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos y creed en el evangelio." En Mateo, es un estado al que se
entra mediante la justicia: "Bienaventurados los pobres en espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos." En el Evangelio de Tomás, el
logion 3 dice algo completamente distinto: "Si los que os guían os
dicen: 'He aquí que el reino está en el cielo', entonces las aves del
cielo os precederán. Si os dicen que está en el mar, entonces los peces
os precederán. Pero el reino está dentro de vosotros y fuera de
vosotros." Dentro y fuera simultáneamente. No en un futuro escatológico.
No en el cumplimiento de condiciones morales. Presente, ahora, interior
y exterior a la vez. El logion 113 dice explícitamente: "Sus discípulos
le dijeron: '¿Cuándo llegará el reino?' Jesús dijo: 'No viene con una
expectativa. No se dirá: 'He aquí, aquí está' o 'He aquí, allá está'.
Más bien, el reino del Padre está extendido sobre la tierra, pero los
hombres no lo ven.'" La extendido sobre la tierra. No arriba. No
después. Aquí, ahora, invisible no porque esté ausente sino porque los
ojos que lo buscarían en el cielo no saben mirar a sus pies.
El
logion 77 del Evangelio de Tomás es el que los comentaristas citan con
más frecuencia fuera del contexto académico porque tiene la estructura
de un aforismo que la traducción no destruye: "Jesús dijo: Yo soy la luz
que está sobre todas las cosas. Yo soy el todo. Del mí procedió el
todo, y hasta mí el todo ha llegado. Hended un leño: yo estoy allí.
Levantad una piedra, y me encontraréis allí." Hended un leño, yo estoy
allí. Levantad una piedra, y me encontraréis allí. La presencia divina
no en el templo, no en los sacramentos, no en la mediación de ninguna
institución. En la madera que el carpintero corta. En la piedra que el
albañil mueve. Una teología de la inmanencia radical que los padres de
la Iglesia del siglo II clasificaron como panteísmo herético y que el
misticismo cristiano medieval — Maestro Eckhart, Hildegarda de Bingen,
Juliana de Norwich — encontró caminos de expresar dentro del canon sin
haber leído nunca ese logion, lo que sugiere que la experiencia que
describe es más antigua que cualquier texto que intente describirla.
El
Evangelio de Felipe — otro de los textos de Nag Hammadi, probablemente
del siglo III aunque con material más antiguo — es el que contiene la
referencia más citada y más debatida de todos los textos gnósticos: la
que describe a María Magdalena como koinonos de Jesús, palabra griega
que puede traducirse como compañera, consorte, pareja. El texto está
parcialmente dañado en el pasaje relevante, lo que ha generado un debate
que oscila entre la sobriedad académica y la especulación popular que
el libro de Dan Brown llevó a millones de lectores en 2003. Lo que los
especialistas — incluyendo a Marvin Meyer en The Gospels of Mary (Harper
San Francisco, 2004) — señalan con consistencia es que el Evangelio de
Felipe no describe una relación sexual entre Jesús y María Magdalena: lo
que describe es una relación de discipulado privilegiado, de
comprensión espiritual que excede la de los otros discípulos, de
cercanía que los otros discípulos encuentran perturbadora. Que el texto
describa esa cercanía con una palabra que en el griego del período
también puede tener connotaciones conyugales es significativo, pero la
interpretación directamente sexual es una lectura que el texto no
sostiene sin violencia filológica.
El
Trueno: Mente Perfecta — catalogado como VI,2 en la biblioteca de Nag
Hammadi — es el texto que más directamente desafía cualquier
categorización religiosa convencional y que la especialista en budismo
comparado Anne McGuire, en su contribución a The Nag Hammadi Library in
English, describe como uno de los textos más extraños del corpus
completo del pensamiento religioso antiguo. Es el monólogo de una figura
femenina divina que se presenta en series de paradojas: "Yo soy la
primera y la última. Yo soy la honrada y la despreciada. Yo soy la
ramera y la santa. Yo soy la esposa y la virgen. Yo soy la madre y la
hija." Sin narrativa, sin argumento, sin sistema teológico visible: solo
la voz de algo que contiene los contrarios, que no puede ser capturado
por ninguna categoría porque es la fuente de todas las categorías. Los
especialistas en literatura religiosa comparada lo han relacionado con
la tradición de la diosa Isis en el Egipto helenístico, con la figura de
la Sabiduría (Sophia) en la tradición bíblica del libro de los
Proverbios y del Eclesiástico, y con las formulaciones de lo femenino
divino en el tantrismo hindú. No porque el texto sea sincrético en el
sentido moderno del término, sino porque la experiencia que intenta
describir precede a cualquiera de esas tradiciones e iguala a todas.
La
teóloga y profesora de la Universidad de Harvard Elaine Pagels, cuyo
Los Evangelios Gnósticos fue publicado en 1979 y ganó el National Book
Award, es la académica que más hizo por llevar el contenido de Nag
Hammadi al lector no especialista sin traicionar su complejidad. Lo que
Pagels argumenta en ese libro — y lo que la evidencia de los textos
sostiene con independencia de cualquier posición teológica — es que el
cristianismo del siglo II no era la tradición unificada con una doctrina
clara que la historia institucional posterior presentó. Era un conjunto
de comunidades con concepciones radicalmente distintas de quién era
Jesús, qué significaba su muerte y resurrección, qué era la salvación y
cómo se alcanzaba, cuál era el rol de las mujeres en la comunidad, si la
jerarquía episcopal era una estructura necesaria o un obstáculo para la
experiencia espiritual directa. Los textos de Nag Hammadi representan
algunas de esas concepciones — las que el proceso de canonización del
siglo IV declaró incompatibles con la tradición que eligió como
ortodoxa. La pregunta que Pagels formula y deja abierta es:
¿incompatibles con qué? ¿Con la experiencia de Jesús tal como la
tuvieron sus contemporáneos, o con la estructura institucional que la
Iglesia necesitaba construir para sobrevivir en el Imperio Romano?
La
respuesta del Concilio de Nicea del año 325 a esa pregunta fue
institucional antes que espiritual. Constantino I convocó el Concilio no
primariamente para resolver disputas teológicas abstractas sino para
unificar la religión del Imperio, que acababa de legalizar después de
tres siglos de persecución. Un Imperio con cientos de versiones del
cristianismo competitivas era un Imperio con cientos de fuentes
potenciales de conflicto civil. Una versión única, autorizada, con una
jerarquía clara y un canon cerrado, era un instrumento de cohesión
política. El Concilio de Nicea no decidió qué textos eran verdaderos.
Decidió qué textos servían a la estructura que el Imperio Romano
Cristiano necesitaba construir. Los textos que describían el Reino de
Dios como una experiencia interior disponible sin mediación
institucional, los textos que ponían a una mujer como el discípulo de
mayor comprensión espiritual, los textos que describían la divinidad
como algo presente en cada piedra y en cada trozo de madera — esos
textos no eran compatibles con una Iglesia que necesitaba obispos,
sacramentos, jerarquía y la distinción clara entre clérigos que mediaban
lo sagrado y laicos que lo recibían.
Cuando
el monje del monasterio de Pachomio enterró su jarra en el desierto del
Alto Egipto en algún momento después del año 367, estaba haciendo algo
que probablemente entendía como un acto de preservación en sentido
doble: preservar los textos de la destrucción física, y preservar la
posibilidad de que alguien en algún futuro que no podía imaginar los
leyera sin el filtro de la condena. Lo que no podía saber es que ese
futuro llegaría en la forma de un campesino que buscaba abono y que cuya
madre quemaría parte de los textos antes de que nadie entendiera lo que
eran. La historia de la transmisión de los textos más importantes del
mundo tiene esa calidad repetidamente: el peligro no viene solo de los
que quieren destruirlos deliberadamente. Viene también de los que no
saben lo que tienen en las manos.
Muhammad
Ali al-Samman murió en 2014 sin haber recibido compensación económica
significativa por el hallazgo que cambió la historia del estudio del
cristianismo primitivo. En la última entrevista que dio, al periodista y
académico Jean-Yves Leloup, describió el momento en que rompió la jarra
con el azadón con la misma indiferencia con que podría haber descrito
cualquier mañana de trabajo en los campos del Alto Egipto. No sabía lo
que había encontrado. Lo que encontró llevaba dieciséis siglos esperando
a que alguien que no supiera lo que buscaba llegara al lugar correcto
buscando otra cosa.
El monje sin
nombre que enterró la jarra y Muhammad Ali al-Samman que la rompió son
los dos guardianes de esos textos — el que los escondió para que
sobrevivieran y el que los encontró sin saber que estaban escondidos.
Entre los dos, dieciséis siglos. Entre los dos, cincuenta y dos textos
que dicen cosas que la tradición oficial del cristianismo lleva dos mil
años sin haber dicho — o que dijo en sus márgenes, en sus místicos, en
los que siempre volvían al logion que ningún concilio pudo borrar
completamente porque ningún concilio llegó al fondo de esa jarra:
Levantad una piedra, y me encontraréis allí.
De la red.
Fuentes documentadas:
¹
Robinson, James M. (editor general) — The Nag Hammadi Library in
English. Harper & Row, San Francisco, 1977. Edición académica de
referencia de todos los textos de la biblioteca de Nag Hammadi, con
introducciones especializadas por texto.
² Pagels,
Elaine — The Gnostic Gospels. Random House, Nueva York, 1979. Traducción
castellana: Los Evangelios Gnósticos. Crítica, Barcelona, 1982.
National Book Award 1980.
³ Layton, Bentley — The
Gnostic Scriptures: A New Translation with Annotations and
Introductions. Doubleday, Nueva York, 1987. Análisis filológico y
contextual de los textos gnósticos principales.
⁴
DeConick, April D. — Recovering the Original Gospel of Thomas: A History
of the Gospel and Its Growth. T&T Clark, Londres, 2005. Argumento
académico sobre la anterioridad e independencia del Evangelio de Tomás
respecto a la tradición sinóptica.
⁵ Crossan, John
Dominic — The Historical Jesus: The Life of a Mediterranean Jewish
Peasant. Harper San Francisco, 1991. Uso del Evangelio de Tomás como
fuente para la reconstrucción del Jesús histórico.
⁶
Koester, Helmut — Introduction to the New Testament, Vol. 2: History and
Literature of Early Christianity. Walter de Gruyter, Berlín, 1982.
Contextualización del Evangelio de Tomás en el panorama del cristianismo
del siglo II.
⁷ Meyer, Marvin — The Gospels of Mary:
The Secret Tradition of Mary Magdalene, the Companion of Jesus. Harper
San Francisco, 2004. Análisis del Evangelio de Felipe y el término
koinonos referido a María Magdalena.
⁸ McGuire, Anne —
"Thunder, Perfect Mind", introducción y comentario en The Nag Hammadi
Library in English. Harper & Row, 1977. Análisis comparativo del
texto con tradiciones de la diosa Isis y la Sophia bíblica.
⁹
Atanasio de Alejandría — Carta Festal 39, año 367 d.C. Primera lista
completa del canon del Nuevo Testamento con orden de destrucción de los
textos no incluidos. Texto griego en Patrologia Graeca, Vol. 26.
¹⁰
Eusebio de Cesarea — Historia Ecclesiastica, ca. 313 d.C. Contexto
histórico del proceso de canonización del Nuevo Testamento y el Concilio
de Nicea del año 325.
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