
Cuenta una antigua fábula que una pequeña abeja decidió acercarse hasta el poderoso Zeus, llevando consigo un regalo: un poco de la dulce miel que había producido.
El dios quedó complacido con aquella ofrenda y, como recompensa, le prometió concederle cualquier deseo.
La abeja entonces hizo su petición:
—Zeus, dame un aguijón para poder defender mi miel de quienes intenten arrebatármela.
El dios escuchó su deseo y decidió concedérselo. Pero también quiso enseñarle una lección.
—Tendrás tu aguijón —le dijo—, pero cada vez que lo utilices contra alguien, pagarás un precio por hacerlo.
Desde entonces, la abeja tendría una poderosa defensa, capaz de hacer retroceder a quien intentara atacarla. Pero aquella defensa tendría una consecuencia terrible: cuando utilizara su aguijón, también perdería su propia vida.
Así, aquello que la abeja había pedido para protegerse terminó convirtiéndose también en su propia condena.
A veces deseamos tener el poder para herir a quienes nos hacen daño, sin pensar que ese mismo poder puede terminar perjudicándonos a nosotros.
La abeja consiguió su arma… pero descubrió demasiado tarde que toda arma puede tener un precio.
De la red.
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