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sábado, 3 de octubre de 2026

Finlay y la fiebre amarilla.

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Hizo que sus mosquitos picaran a más de cien voluntarios y nunca logró una prueba que convenciera a los médicos. Tenía razón desde el principio. Le faltaban diez días.

Se llamaba Carlos Juan Finlay, cubano de Camagüey, hijo de padre escocés y madre francesa. Estudió medicina en Filadelfia y trabajaba con el mismo microscopio viejo que tenía desde estudiante. La Academia de Ciencias de La Habana se tardó siete años en aceptarlo como miembro.

En esa Habana la fiebre amarilla volvía año tras año, y los enfermos se ponían amarillos y vomitaban sangre negra. Los médicos juraban que venía del aire podrido o de la ropa de los enfermos, y todos andaban buscando el microbio.

Finlay se preguntó otra cosa: cómo pasaba de un enfermo a uno sano. Si estaba en la sangre, algo tenía que sacarla de un cuerpo y meterla en otro. Y ese algo volaba.

El 14 de agosto de 1881, ante la Academia, señaló al culpable: la hembra de un mosquito, el que hoy conocemos como Aedes aegypti. Le pusieron el médico de los mosquitos y lo dejaron hablando solo.

Siguió veinte años. Hizo 104 inoculaciones y hasta se puso él de voluntario. Algunos se enfermaron leve, pero nadie lo aceptó como prueba. Él mismo lo había advertido en 1881:

"Comprendo demasiado, que se necesita nada menos que una demostración irrefutable para que sea generalmente aceptada una teoría que discrepa tan esencialmente de las ideas hasta ahora propagadas acerca de la fiebre amarilla".

En 1900 la fiebre les estaba matando soldados a los estadounidenses que ocupaban Cuba. La comisión del mayor Walter Reed fue a tocarle la puerta al médico de los mosquitos, y él les dio sus apuntes y huevos para criar. Jesse Lazear, el que crió esos mosquitos, se contagió y murió a los 34 años. Reed montó un campamento aislado con controles de verdad, veintidós voluntarios se enfermaron y ninguno murió. En menos de un año, La Habana quedó prácticamente libre de fiebre amarilla, y Finlay terminó de jefe de Sanidad de la Cuba independiente.

Y aquí está la parte que casi nadie cuenta. Finlay no pudo probarlo solo porque el virus necesita unos diez días dentro del mosquito antes de contagiar, y él los ponía a picar antes de tiempo. Ese retraso lo había medido en 1898 Henry Rose Carter, un médico estadounidense, y fue la pista que usó Reed. Reed tampoco le robó la idea, porque lo citaba en sus artículos y en sus cartas le daba el crédito. Al cubano lo dejó en segundo plano la prensa de Estados Unidos, que hizo de Reed el héroe, y el hospital militar donde se chequean los presidentes lleva su nombre. A Finlay lo nominaron siete veces al Nobel y nunca se lo dieron. Su cumpleaños, el 3 de diciembre, es el Día del Médico en varios países de América Latina.

Ver algo antes que todos te pone adelante, pero el nombre se lo queda el que lo demuestra. Finlay tuvo lo primero de sobra y para lo segundo tuvo que esperar a que llegara otro.

De la red. 

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