Eran enemigos de toda la vida el águila y el buho, pero un día, cansados, sin duda, de su eterna pelea, decidieron hacer las paces.
Se dice que hasta se dieron un beso para terminar la guerra. Y como fin del trato, los dos juraron que se respetarían entre ellos y que ninguno de los dos comería a los hijos del otro. Pero había una dificultad: el águila no conocía a los hijos del buho.
-Tengo miedo - dijo entonces el buho-, porque como tú eres poderosa y no respetas nada, puedes atacarlos.
-Dime cómo son y los reconoceré - repuso el águila con su sonrisa más amistosa.
Entonces el buho hizo mil elogios de sus hijos, diciendo cuán bellos y encantadores eran, fáciles de distinguir por su belleza.
Pasados unos días, vió el águila en el hueco de una roca, unos desdichados pajarracos, flacos y feos, y los devoró, sin dejar otra cosa que los huesos, segura de que no tenían nada que ver con los hermosos hijos de su amigo.
Se equivocaba terriblemente: acababa de comerse a los pequeños buhos. Cuando el padre clamó venganza, los dioses declararon que él era el único culpable.
Moraleja:
Así pierde muchas veces a la gente su propia vanidad.
De la red.
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