No puedes construir lo nuevo sin enfrentarte con lo antiguo.
Pero tampoco puedes vivir eternamente dentro de lo antiguo.

Durante mucho tiempo pensé que cambiar significaba desprenderse. Que para comenzar algo nuevo había que cerrar las puertas de aquello que nos precedía, como si el pasado fuese una habitación de la que necesariamente debíamos salir para poder respirar.
Con los años he aprendido algo diferente.
El pasado no siempre es una casa que debemos abandonar. A veces es un espejo. Otras veces es una herida. Algunas veces es una raíz. Y en ocasiones es simplemente una sombra que camina detrás de nosotros, recordándonos que todavía hay algo que comprender.
Por eso estas tres lecturas bíblicas me hablan de una manera particular.
Las siento como tres movimientos de una misma reflexión: el tiempo que nos enseña, la renovación que nos exige y la lucha que finalmente nos transforma.
Y quizá por eso las percibo también como una reflexión trina, porque así entiendo mi propia existencia: como un ser que intenta conciliar aquello que piensa, aquello que siente y aquello que vive; alma, mente y cuerpo buscando una misma dirección.
I. Eclesiastés 3:1-15 — El alma frente al tiempo
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”
Hay palabras que uno lee muchas veces antes de comprenderlas.
Durante años, para mí, el tiempo fue simplemente aquello que pasaba. Días, meses, años. Cumpleaños, pérdidas, encuentros, despedidas. Cosas que sucedían mientras uno intentaba mantenerse en pie.
Pero llega un momento en que uno comprende que el tiempo no solamente pasa.
El tiempo nos transforma.
Nos quita algunas cosas y nos entrega otras. Nos obliga a despedirnos de personas, de lugares, de versiones de nosotros mismos que alguna vez creímos permanentes.
Hay tiempo para nacer y tiempo para morir. Para plantar y arrancar. Para llorar y reír. Para callar y hablar. Para guardar y perder.
Y quizá la dificultad de vivir consiste precisamente en que queremos decidir nosotros mismos cuál de esos tiempos nos corresponde.
Queremos reír cuando todavía estamos aprendiendo a llorar.
Queremos construir cuando todavía no hemos terminado de recoger los escombros.
Queremos comenzar cuando todavía seguimos aferrados a aquello que terminó.
Pero el tiempo tiene su propia sabiduría.
He aprendido que no todo puede hacerse al mismo tiempo. Hay cosas que solamente pueden comprenderse después de haberlas vivido. Hay preguntas que necesitan años para encontrar una respuesta. Hay heridas que no desaparecen porque las ignoremos, sino porque finalmente nos atrevemos a mirarlas.
Y hay recuerdos que, lejos de ser cadenas, terminan convirtiéndose en maestros.
Por eso hoy miro mi pasado con menos necesidad de juzgarlo.
No todo fue perfecto.
No todo fue justo.
No todo salió como esperaba.
Pero todo pertenece a la historia de quien soy.
Y negar una parte de esa historia sería también negar una parte de mí.
Tal vez por eso Eclesiastés me lleva hacia el alma.
Porque el alma es ese lugar donde el tiempo deja sus huellas más profundas. Allí permanecen las alegrías que no queremos olvidar, las pérdidas que todavía nos acompañan, las preguntas que nunca terminamos de responder y aquellas personas que, aunque ya no estén, continúan habitando silenciosamente nuestra memoria.
El tiempo no me ha enseñado que todo pasa.
Me ha enseñado algo más difícil:
que algunas cosas pasan para que podamos comprender por qué tuvieron que pasar.
Y quizá allí comienza la sabiduría.
No en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con las preguntas sin permitir que ellas destruyan nuestra esperanza.
II. Isaías 43:18-19 — La memoria frente a lo nuevo
Hay algo particularmente difícil en comenzar de nuevo:
recordamos demasiado.
Nuestra memoria puede ser una bendición, pero también puede convertirse en una prisión.
Recordamos lo que fuimos. Lo que perdimos. Lo que hicimos bien y aquello que hubiéramos querido hacer de otra manera. Recordamos las personas que estuvieron, las que se fueron, las oportunidades que llegaron tarde y aquellas que quizá dejamos pasar.
Y entonces aparece aquella exhortación:
“No os acordéis de las cosas pasadas... he aquí que yo hago cosa nueva.”
No creo que esto signifique borrar la memoria.
Sería imposible.
Tampoco creo que Dios nos pida olvidar aquello que nos ha formado.
Creo que existe una diferencia entre recordar el pasado y vivir dentro de él.
Puedo recordar sin regresar.
Puedo agradecer sin quedarme.
Puedo reconocer lo que fui sin sentirme obligado a continuar siendo aquella persona.
Y eso, para mí, representa una de las formas más difíciles de libertad.
Porque lo conocido tiene una comodidad extraña, incluso cuando nos hace daño.
Lo antiguo nos resulta familiar.
Lo nuevo, en cambio, exige fe.
Construir algo nuevo significa aceptar que no sabemos exactamente cómo terminará.
Y ahí aparece nuevamente la tensión entre memoria y renovación.
No puedo construir lo nuevo si niego lo antiguo.
Pero tampoco puedo construir lo nuevo si sigo adorando lo antiguo.
Hay recuerdos que merecen conservarse.
Hay otros que solamente necesitan ser comprendidos.
Y hay algunos que deben ser dejados en el lugar que les corresponde: el pasado.
Creo que muchas veces confundimos fidelidad con permanencia.
Pensamos que ser fieles a quienes fuimos significa permanecer iguales.
Pero quizá la verdadera fidelidad consiste en conservar aquello esencial mientras permitimos que nuestra existencia cambie de forma.
Una semilla no traiciona su naturaleza cuando se convierte en árbol.
La continúa.
Algo parecido sucede con nosotros.
La persona que fui no tiene que desaparecer para que aparezca la persona que soy.
Debe ser integrada.
Debe ser comprendida.
Debe ser trascendida.
Por eso Isaías me habla de la mente.
Porque la mente es el lugar donde construimos las interpretaciones de nuestra propia historia.
Y algunas veces necesitamos cambiar no lo que ocurrió, sino la manera en que entendemos lo que ocurrió.
Hay acontecimientos que no podemos modificar.
Pero podemos modificar el significado que les damos.
Y quizás una de las mayores formas de madurez sea precisamente esa:
dejar de preguntarnos solamente por qué ocurrió algo y comenzar a preguntarnos qué podemos hacer con aquello que ocurrió.
Entonces lo nuevo deja de ser una amenaza.
Se convierte en posibilidad.
III. Génesis 32:22-32 — La lucha frente a la transformación
Y finalmente está Jacob.
La noche.
La soledad.
La lucha.
No hay aquí una enseñanza cómoda.
Hay un hombre enfrentándose a algo que no comprende completamente.
Y lucha.
Eso me conmueve porque hay momentos en la vida en que uno también lucha con aquello que no puede explicar.
Lucha con el miedo.
Con las dudas.
Con los recuerdos.
Con sus propias decisiones.
Con aquello que quisiera cambiar y no puede.
Con aquello que sabe que debe cambiar y todavía no se atreve.
Hay luchas que ocurren dentro de la mente, pero terminan manifestándose en el cuerpo.
El cansancio.
El silencio.
Las noches sin respuestas.
Las marcas que la vida va dejando.
Y Jacob sale de aquella lucha diferente.
No sale intacto.
Sale herido.
Y quizá esa sea una de las imágenes más honestas de la transformación humana.
Cambiar no siempre significa salir ileso.
Hay transformaciones que dejan cicatrices.
Pero una cicatriz no es necesariamente una derrota.
Es también evidencia de que algo ocurrió y de que, a pesar de ello, seguimos aquí.
Jacob no termina aquella noche siendo exactamente el mismo hombre que entró en ella.
Y eso me hace pensar que quizá nosotros tampoco estamos llamados a salir de nuestras luchas siendo los mismos.
A veces queremos que Dios nos quite todas las dificultades.
Pero quizá algunas experiencias no vienen solamente para ser eliminadas.
Quizá vienen para transformarnos.
No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo.
Sino porque incluso aquello que nos hiere puede convertirse, con el tiempo, en una fuente de conciencia.
Jacob recibe un nuevo nombre.
Y ese detalle me parece extraordinario.
Porque después de la lucha no solamente cambia su condición.
Cambia su identidad.
Como si aquella noche hubiese obligado al hombre que era a encontrarse con el hombre que podía llegar a ser.
Y ahí encuentro el cuerpo.
Porque el cuerpo es nuestra experiencia concreta de la existencia.
Es donde sentimos el paso del tiempo.
Donde cargamos nuestras heridas.
Donde experimentamos el cansancio y el deseo.
Donde la vida deja sus marcas.
El alma recuerda.
La mente interpreta.
Pero el cuerpo vive.
Y quizá solamente cuando esas tres dimensiones consiguen encontrarse comenzamos realmente a comprender quiénes somos.
Una sola reflexión
Eclesiastés me enseña a aceptar el tiempo.
Isaías me enseña a no quedar atrapado en él.
Génesis me enseña que atravesarlo puede transformarme.
Por eso las tres lecturas, juntas, me parecen mucho más poderosas que cualquiera de ellas por separado.
Primero debo aceptar.
Después debo renovar.
Finalmente debo transformarme.
Y quizá ese sea también el movimiento de toda vida humana.
Nacemos dentro de una historia que no escogimos.
Recibimos nombres, familias, lugares, recuerdos, heridas, afectos, creencias y circunstancias.
Durante un tiempo creemos que somos simplemente la suma de todo aquello.
Hasta que llega el momento de preguntarnos:
¿Qué hago yo con todo lo que recibí?
Ahí comienza la verdadera responsabilidad sobre nuestra existencia.
Porque no escogimos el pasado.
Pero sí podemos decidir qué hacemos con él.
No podemos regresar al principio.
No podemos cambiar todas nuestras decisiones.
No podemos recuperar cada oportunidad.
No podemos traer nuevamente a todas las personas que alguna vez estuvieron a nuestro lado.
Pero podemos mirar hacia atrás sin quedarnos mirando eternamente.
Podemos honrar lo vivido sin convertirlo en una prisión.
Podemos recoger de las ruinas aquello que todavía tiene sentido y dejar caer aquello que ya cumplió su propósito.
Porque no puedes construir lo nuevo sin enfrentarte con lo antiguo.
Pero tampoco puedes vivir eternamente dentro de lo antiguo.
Hay un momento en que debemos abrir la puerta.
Salir.
Respirar otro aire.
Aceptar que la vida continúa.
Y quizá Dios no nos pide que olvidemos de dónde venimos.
Quizá nos pide algo mucho más difícil:
que tengamos el valor de continuar.
El alma guarda.
La mente comprende.
El cuerpo atraviesa.
Y entre las tres cosas se va formando aquello que llamamos identidad.
No somos solamente lo que nos ocurrió.
Somos también lo que hicimos con aquello que nos ocurrió.
Por eso miro hacia atrás sin despreciar mi historia y miro hacia adelante sin pretender conocerla.
Sé que habrá tiempo para construir y tiempo para destruir.
Tiempo para recordar y tiempo para soltar.
Tiempo para permanecer y tiempo para partir.
Habrá noches de lucha.
Habrá mañanas de renovación.
Y habrá momentos en que solamente podremos confiar.
Pero después de todo lo vivido, creo que comienzo a comprender algo que antes no podía comprender:
el pasado no tiene que desaparecer para que exista un futuro.
Tiene que encontrar su lugar.
Y cuando finalmente lo encuentra, entonces podemos caminar.
No porque hayamos dejado de ser quienes fuimos,
sino porque hemos aprendido a convertirnos en quienes todavía podemos ser.
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