Una fotografía que muchos le aconsejaron ocultar terminó cambiando la vida de la niña que aparecía en ella.
En
1958, durante la celebración del Corpus en Sant Boi de Llobregat, el
fotógrafo Ricard Terré observó a un grupo de niñas vestidas para recibir
la primera comunión.
Entre ellas estaba Isabel Clemente.
Llevaba
un vestido blanco y sostenía unas flores cuyos tallos estaban envueltos
en papel de aluminio. Mientras las demás niñas aparecían de espaldas,
ella miraba directamente hacia la cámara.
Isabel tenía un estrabismo muy visible.
Terré
tomó la fotografía y decidió incluirla al año siguiente en una
exposición realizada junto a Xavier Miserachs y Ramón Masats en la Sala
Aixelà de Barcelona.
Sus compañeros intentaron disuadirlo.
Temían
que el público creyera que estaba aprovechándose de la condición de una
niña para provocar una reacción. Pero Terré veía algo completamente
distinto.
Para él, Isabel no era “la niña bizca”.
Era un ángel vestido de primera comunión.
Durante
la inauguración, un hombre se acercó al fotógrafo. Se presentó como el
doctor Pascual y le explicó que la imagen lo había conmovido. También le
pidió que fotografiara la primera comunión de su ahijada.
Cuando preguntó cuánto costaría el trabajo, Terré respondió de inmediato:
La operación de Isabel.
El médico aceptó. Conocía a un reconocido cirujano oftalmólogo de Barcelona dispuesto a realizar la intervención.
Solo existía un problema.
Terré no sabía quién era la niña ni dónde vivía.
Imprimió
varias copias de la fotografía y las distribuyó por los colegios de
Sant Boi hasta que alguien logró reconocerla. Isabel era hija de una
familia de origen extremeño que había emigrado a Cataluña.
Sus padres fueron localizados y conocieron a los médicos.
Terré cumplió su parte del acuerdo fotografiando la comunión de la ahijada del doctor, e Isabel pudo ser operada.
Meses después, mientras el fotógrafo visitaba la casa de sus padres en Barcelona, llamaron a la puerta.
Allí estaba Isabel.
Había
vuelto a ponerse el vestido de primera comunión y sus ojos ya estaban
alineados. Sus padres la acompañaban y la niña llevaba un pollo vivo
como regalo de agradecimiento.
Terré
comprendió que tenía delante otra fotografía extraordinaria, pero
decidió no tomarla. Años después explicó que no lo hizo por pudor.
Solo realizó un pequeño retrato de su rostro para conservar el recuerdo de cómo había quedado.
Nunca volvió a verla.
La
primera imagen de Isabel se convirtió en una de las obras más
reconocidas de Ricard Terré. Pero su verdadero valor no quedó limitado a
una exposición o a la historia de la fotografía española.
Una cámara encontró a una niña entre la multitud.
Una exposición permitió que un médico la viera.
Y
una fotografía que algunos consideraban demasiado incómoda terminó
abriendo el camino para que Isabel recibiera la atención que necesitaba.
De la red.
No hay comentarios:
Publicar un comentario