
Hasta aquí hemos seguido dos historias relativamente diferentes.
En
el cristianismo oriental, las cuerdas de oración se desarrollaron
dentro del mundo monástico de la Antigüedad tardía, en relación con la
repetición de oraciones breves y el ideal de la oración continua.
En
el Occidente latino, el rosario se formó mucho más lentamente, durante
la Edad Media, mediante la convergencia entre el salterio monástico, la
repetición de Padrenuestros y Avemarías, los cordones de conteo y la
posterior organización de meditaciones y misterios.
El caso islámico presenta un problema histórico distinto.
La
repetición de fórmulas de glorificación y recuerdo de Dios pertenece a
las capas más antiguas de la práctica islámica. La utilización de los
dedos y de objetos sencillos para contar esas repeticiones también
aparece tempranamente en la tradición.
Lo
que resulta mucho más difícil de determinar es cuándo surgió la sarta
de cuentas que hoy conocemos como misbaha o subḥa, dónde apareció por
primera vez y qué relación pudo tener con otros dispositivos de oración
utilizados en las regiones vecinas.
En este punto comienza uno de los debates más complejos de toda nuestra investigación.
La misbaha es hoy uno de los objetos más reconocibles del mundo islámico.
Pero su origen histórico permanece oscuro.
EL DHIKR: RECORDAR A DIOS
Para comprender la misbaha hay que comenzar por una práctica y no por un objeto.
La
palabra árabe dhikr significa, en términos generales, “recuerdo”,
“mención” o “rememoración”. En el contexto religioso islámico designa el
recuerdo de Dios mediante distintas prácticas, entre ellas la
recitación repetida de nombres divinos, fórmulas coránicas y expresiones
de alabanza.
Entre las fórmulas más conocidas se encuentran:
Subḥān Allāh
“Gloria a Dios.”
Al-ḥamdu li-llāh
“Alabado sea Dios.”
Allāhu akbar
“Dios es el más grande.”
También pueden repetirse la profesión de la unidad divina, otros pasajes coránicos o los llamados nombres de Dios.
El
Corán exhorta repetidamente a recordar a Dios, pero no prescribe una
sarta de cuentas como instrumento obligatorio para hacerlo.
Esta distinción es fundamental.
El dhikr es anterior, conceptual y ritualmente, a la misbaha.
La práctica no nació porque existiera el objeto.
El objeto apareció, en algún momento, como una tecnología para organizar una práctica repetitiva que ya existía.
LOS DEDOS ANTES QUE LAS CUENTAS
Las tradiciones islámicas más antiguas conceden una importancia particular al conteo con los dedos.
Diversos
hadices atribuyen a Mahoma instrucciones para contar determinadas
glorificaciones con los dedos, especialmente con las falanges.
Dentro
de la tradición islámica, esta práctica adquirió incluso una
justificación escatológica: los dedos podrían “dar testimonio” en el Día
del Juicio.
La historicidad
exacta de cada hadiz debe evaluarse con los métodos críticos propios del
estudio de las tradiciones islámicas tempranas. Sin embargo, el
conjunto de las fuentes muestra algo importante: el conteo manual era
considerado una forma antigua, legítima y prestigiosa de acompañar la
recitación.
También aparecen relatos sobre el uso de objetos sueltos.
Algunas tradiciones mencionan:
piedrecillas;
semillas o huesos de dátil;
pequeños objetos colocados en grupos;
y otros recursos materiales para llevar la cuenta de las repeticiones.
Estos testimonios no demuestran todavía la existencia de una misbaha.
Una
colección de piedras o semillas utilizada para contar no es lo mismo
que una sarta portátil de cuentas atravesadas por un hilo.
Pero sí muestran que el problema práctico del conteo religioso existía desde las primeras generaciones musulmanas.
MISBAHA, SUBḤA Y TASBIH: NO SON EXACTAMENTE LO MISMO
La terminología vuelve a ser importante.
Misbaha
es uno de los nombres más extendidos para designar el objeto: la sarta
de cuentas utilizada para acompañar las repeticiones devocionales.
Subḥa es otro nombre ampliamente empleado, con importantes variaciones regionales.
Tasbīḥ,
en cambio, designa originalmente el acto de glorificar a Dios,
especialmente mediante fórmulas relacionadas con la raíz árabe s-b-ḥ, de
la que procede también Subḥān Allāh.
Por extensión, en distintas regiones y lenguas, tasbīḥ terminó utilizándose también para nombrar el propio objeto.
Por eso puede encontrarse una misma sarta llamada:
misbaha;
subḥa;
tasbīḥ;
o mediante otros nombres regionales.
Para
esta monografía utilizaremos preferentemente misbaha para el
dispositivo material y dhikr o tasbīḥ para las prácticas de recuerdo y
glorificación, sin ignorar que el vocabulario real del mundo islámico es
mucho más variable.
EL PROBLEMA HISTÓRICO: ¿CUÁNDO APARECE LA SARTA?
Aquí comienza la dificultad.
No
existe una narración histórica continua que permita observar con
claridad el paso desde los dedos y las piedrecillas hasta la misbaha.
Tampoco conocemos un inventor.
No existe un lugar de origen demostrado.
Y las primeras fuentes islámicas no ofrecen una descripción inequívoca de la sarta en la forma que posteriormente se hizo común.
Este silencio documental ha dado lugar a varias teorías.
La dificultad aumenta porque una sarta de cuentas es un objeto arqueológicamente ambiguo.
Las cuentas perforadas pueden pertenecer a:
collares;
amuletos;
adornos;
objetos funerarios;
instrumentos de conteo;
o dispositivos religiosos.
Encontrar cuentas antiguas no basta para demostrar la existencia de una misbaha.
Para
identificar un dispositivo de oración necesitamos contexto: una
descripción textual, una asociación iconográfica, un uso ritual
reconocible o una estructura material suficientemente característica.
Por eso el origen de la misbaha continúa siendo más difícil de reconstruir que su presencia en épocas posteriores.
LA HIPÓTESIS DE UN DESARROLLO INTERNO ISLÁMICO
La explicación más sencilla sostiene que la misbaha pudo desarrollarse gradualmente dentro del propio islam.
La secuencia sería:
dhikr y fórmulas repetitivas;
conteo con los dedos;
uso de piedras, semillas u objetos sueltos;
finalmente, reunión de esos elementos en una sarta portátil.
Esta hipótesis tiene una ventaja importante.
No necesita postular un préstamo externo para explicar una solución material bastante simple.
Si
una comunidad repite cien veces una fórmula, unir los objetos de conteo
mediante un hilo es una innovación perfectamente posible.
Sin embargo, esta explicación tampoco está demostrada.
El hecho de que una evolución sea plausible no significa que haya ocurrido de forma autónoma.
Las sociedades musulmanas tempranas no vivían aisladas.
Desde
el siglo VII se expandieron precisamente por algunas de las regiones
del mundo con mayor densidad de tradiciones monásticas, ascéticas y
devocionales.
LA HIPÓTESIS CRISTIANA ORIENTAL
Una segunda posibilidad sitúa el origen de la misbaha en el contacto con cristianos orientales.
El islam surgió y se expandió en un espacio donde vivían:
cristianos siríacos;
cristianos de lengua griega;
coptos de Egipto;
monjes palestinos;
comunidades mesopotámicas;
armenios;
y otras poblaciones cristianas.
Desde
Egipto y Siria hasta Mesopotamia e Irán, los primeros musulmanes
encontraron monasterios, comunidades ascéticas y prácticas de oración
repetitiva desarrolladas durante siglos.
Por
eso algunos investigadores han considerado posible que los musulmanes
conocieran dispositivos cristianos de conteo y los adaptaran al dhikr.
La hipótesis es históricamente plausible.
Pero aquí debemos mantener la misma disciplina metodológica aplicada a los capítulos anteriores.
No poseemos una cadena documental que permita afirmar:
komboskini → misbaha.
No conocemos un texto temprano que describa a un musulmán copiando una cuerda cristiana de oración.
Tampoco la similitud funcional demuestra por sí sola una genealogía.
Además, los dispositivos no son idénticos.
La komboskini clásica está formada principalmente por nudos de lana y se asocia con la Oración de Jesús.
La misbaha suele utilizar cuentas rígidas y acompaña fórmulas de dhikr.
Puede haber existido observación, contacto, adaptación o influencia.
Pero la evidencia disponible no permite convertir esa posibilidad en una filiación demostrada.
LA COINCIDENCIA DEL NÚMERO 33
Uno
de los elementos más llamativos de la comparación es la existencia de
dispositivos de 33 unidades tanto en el cristianismo oriental como en el
islam.
En la tradición
cristiana, las komboskini de 33 nudos suelen interpretarse como
referencia a los años de la vida terrenal de Jesús.
En el islam, una de las estructuras más conocidas del dhikr consiste en:
33 veces Subḥān Allāh;
33 veces Al-ḥamdu li-llāh;
33 veces Allāhu akbar;
con variantes que completan o reorganizan el total.
De ahí la popularidad de misbahas de 33 cuentas y de otras de 99, relacionadas también con la tradición de los nombres divinos.
La coincidencia es sugestiva.
Pero no constituye una prueba.
El
número 33 puede adquirir significados distintos dentro de sistemas
religiosos diferentes. Además, las prácticas numéricas pueden cambiar
históricamente y adaptarse a dispositivos ya existentes.
Hasta
donde permite afirmar la evidencia, no existe una demostración
académica aceptada de que la misbaha de 33 cuentas derive de la
komboskini de 33 nudos.
La coincidencia merece ser observada.
No debe convertirse en una genealogía imaginaria.
LA HIPÓTESIS INDOIRANIA
Una tercera línea de investigación dirige la atención hacia Asia Meridional e Irán.
Como
vimos en el Capítulo II, las tradiciones religiosas de Asia Meridional
utilizaban mālās mucho antes de la aparición del islam.
Con
la expansión de imperios, redes comerciales, peregrinaciones y
movimientos religiosos, estos dispositivos circularon por regiones
conectadas con:
India;
Asia Central;
Irán;
Afganistán;
y los territorios orientales del mundo islámico.
Esto ha llevado a algunos autores a proponer que la misbaha pudo haber entrado en el islam a través de un corredor indoiranio.
Según
esta hipótesis, el contacto con tradiciones hindúes o budistas de
cuentas de oración habría proporcionado el modelo material que
posteriormente fue adaptado al dhikr islámico.
Irán ocupa una posición especialmente interesante en esta teoría.
Geográficamente se encuentra entre Asia Occidental, Asia Central y el subcontinente indio.
Después
de la conquista islámica del antiguo territorio sasánida, el mundo
iranio se convirtió en uno de los grandes espacios de intercambio
cultural del islam medieval.
La hipótesis indoirania tiene, por tanto, una lógica geocultural considerable.
Pero vuelve a aparecer el mismo problema.
No poseemos una cadena documental continua:
mālā india → Irán → misbaha islámica.
La ruta es plausible.
La transmisión directa no está demostrada.
EL SUFISMO Y LA DIFUSIÓN DE LA MISBAHA
La asociación entre la misbaha y el sufismo es particularmente importante.
Las
comunidades sufíes desarrollaron formas sistemáticas de dhikr, algunas
individuales y otras colectivas, que podían implicar grandes cantidades
de repeticiones.
En ese contexto, una sarta de cuentas resultaba extraordinariamente útil.
Diversos
autores han propuesto que los círculos sufíes desempeñaron un papel
decisivo en la adopción o difusión de la misbaha durante los primeros
siglos del islam.
Esta posibilidad es razonable.
El
sufismo histórico se desarrolló dentro de redes que atravesaban
precisamente algunas de las regiones más relevantes para nuestro
problema:
Irak;
Irán;
Jorasán;
Asia Central;
Siria;
Egipto;
y posteriormente Asia Meridional.
Estas
redes conectaban mundos culturales donde podían encontrarse prácticas
ascéticas islámicas, tradiciones cristianas orientales y dispositivos
religiosos procedentes de Asia.
Sin embargo, también aquí conviene evitar una afirmación excesiva.
Decir que los sufíes contribuyeron a popularizar la misbaha no equivale a demostrar que ellos la inventaron.
La difusión de un objeto y su origen son problemas históricos diferentes.
LA PROPUESTA DE MALEK CHEBEL
El antropólogo Malek Chebel llamó la atención precisamente sobre la oscuridad del origen de la misbaha.
Señaló
que el objeto, pese a su enorme visibilidad posterior en el mundo
musulmán, no aparece con claridad en las capas más antiguas de la
documentación islámica.
Entre las
posibilidades discutidas se encuentran una introducción relacionada con
ambientes sufíes, contactos indoiranios y, de manera más especulativa,
una incorporación durante la época de las Cruzadas.
Esta
última posibilidad resulta particularmente atractiva para la
imaginación popular porque permitiría construir una historia de
préstamos entre cristianos y musulmanes.
Pero debe tratarse con mucha cautela.
La existencia de contactos durante las Cruzadas es indiscutible.
La demostración de que la misbaha fue introducida entonces, no.
La
propuesta muestra hasta qué punto el origen del objeto continúa
abierto, pero no proporciona por sí misma una solución documental.
LA LEYENDA DE FRANCISCO DE ASÍS
Entre las historias modernas sobre el cruce entre cuentas cristianas e islámicas aparece ocasionalmente Francisco de Asís.
Francisco viajó a Egipto durante la quinta Cruzada y se encontró con el sultán al-Malik al-Kāmil en 1219.
El encuentro es histórico.
A partir de ese hecho real se han construido numerosas narraciones posteriores sobre influencias religiosas mutuas.
Entre
ellas aparecen versiones según las cuales Francisco habría conocido
cuentas de oración musulmanas y las habría llevado al cristianismo
occidental, o, en otras formulaciones, habría participado de algún modo
en la transmisión del dispositivo.
No existe evidencia histórica sólida que permita sostener esa genealogía.
El viaje de Francisco a Egipto pertenece a la historia.
La transmisión del rosario o de la misbaha a través de Francisco pertenece al ámbito de la especulación o la leyenda.
Además, la historia occidental de los dispositivos de conteo religioso es anterior a 1219.
La
leyenda es antropológicamente interesante porque expresa el deseo de
localizar un gran intercambio cultural en un encuentro memorable entre
un santo cristiano y un gobernante musulmán.
Pero no debe confundirse con una reconstrucción histórica.
¿Y LAS CRUZADAS?
Las Cruzadas crearon espacios intensos de contacto entre poblaciones latinas, cristianos orientales y musulmanes.
Durante los siglos XI al XIII circularon:
personas;
objetos;
palabras;
técnicas;
relatos;
prácticas devocionales;
y formas materiales de religiosidad.
Por
tanto, sería metodológicamente incorrecto afirmar que las Cruzadas no
pudieron influir en la historia de las cuentas de oración.
Pero también sería incorrecto convertir el contacto general en prueba de una transmisión específica.
Hasta ahora no existe una evidencia suficientemente clara para afirmar que:
los cristianos latinos copiaron el rosario de la misbaha;
los musulmanes copiaron la misbaha del rosario;
o uno de los dos dispositivos fue introducido durante las Cruzadas.
Las Cruzadas forman parte del contexto de contacto.
No constituyen, por sí mismas, la explicación del origen.
¿MISBAHA DESDE LA KOMBOSKINI O DESDE EL MĀLĀ?
Llegados a este punto, la tentación es elegir una sola genealogía.
Pero la evidencia no lo permite.
Existen al menos cuatro posibilidades generales:
un desarrollo interno islámico a partir del conteo con dedos, piedras y semillas;
una influencia de cuerdas cristianas orientales;
una transmisión desde tradiciones de mālā a través del corredor indoiranio;
o una historia de convergencias y contactos múltiples.
La cuarta posibilidad es probablemente la más adecuada como modelo de trabajo.
No
porque resuelva el problema, sino porque evita imponer una genealogía
lineal allí donde la documentación muestra un espacio de circulación
mucho más complejo.
Entre los
siglos VII y XIII, el mundo islámico conectó regiones que anteriormente
habían pertenecido a diferentes sistemas imperiales y religiosos.
Dentro de sus territorios convivieron y circularon:
monjes cristianos;
ascetas musulmanes;
mercaderes iranios;
peregrinos;
comunidades budistas de Asia Central;
poblaciones de Asia Meridional;
artesanos;
esclavos;
soldados;
y viajeros.
En
ese mundo, una tecnología religiosa tan sencilla como una sarta de
cuentas pudo ser observada, adaptada, reinventada y resignificada más de
una vez.
EL PROBLEMA DE LAS GENEALOGÍAS DEMASIADO PERFECTAS
La historia popular suele preferir relatos simples.
Los budistas inventaron las cuentas.
Los musulmanes las copiaron.
Los cristianos las llevaron a Europa.
O, en la dirección contraria:
los monjes cristianos inventaron la cuerda.
Los musulmanes la imitaron.
Y después apareció la misbaha.
Estas historias son atractivas porque tienen principio, dirección y protagonista.
Pero la historia real de los objetos culturales suele ser menos ordenada.
Una misma solución tecnológica puede:
aparecer independientemente;
circular entre comunidades;
ser modificada durante el contacto;
desaparecer en una región;
reaparecer en otra;
y recibir nuevos significados religiosos.
Por eso la semejanza entre mālā, komboskini, rosario y misbaha no debe reducirse automáticamente a una única cadena de copias.
La pregunta correcta no es solamente:
“¿Quién copió a quién?”
También debemos preguntar:
¿qué prácticas existían antes del objeto?;
¿qué rutas conectaban las regiones?;
¿qué comunidades estaban en contacto?;
¿qué transformaciones sufrió el dispositivo?;
¿y qué nivel de evidencia permite sostener cada hipótesis?
BALANCE DEL CAPÍTULO
La
investigación histórica permite afirmar con bastante seguridad que el
dhikr y el conteo de fórmulas religiosas son anteriores a la difusión
documentable de la misbaha.
Los dedos ocupan un lugar importante en las tradiciones islámicas tempranas.
También aparecen formas de conteo mediante piedras, semillas y otros objetos.
En cambio, el origen exacto de la sarta permanece incierto.
La hipótesis de un desarrollo interno islámico es posible.
La influencia cristiana oriental es posible.
La vía indoirania es posible.
El papel de los sufíes en su difusión es muy probable, aunque ello no demuestra que fueran sus inventores.
Las Cruzadas proporcionaron contextos de contacto, pero no una genealogía demostrada.
Y
la historia de Francisco de Asís como transmisor de las cuentas
pertenece al terreno de la leyenda y la especulación, no al de la
evidencia histórica firme.
La conclusión más rigurosa no es que nada pueda saberse.
Es más precisa.
Sabemos mucho sobre las prácticas que hicieron útil la misbaha.
Sabemos bastante sobre los mundos culturales entre los que pudo circular.
Sabemos que el objeto terminó convirtiéndose en una tecnología fundamental del dhikr.
Lo
que todavía no podemos reconstruir con certeza es la cadena exacta que
condujo desde los primeros sistemas de conteo hasta la sarta islámica
plenamente reconocible.
Ese vacío
documental es precisamente lo que convierte a la misbaha en el punto
más abierto —y quizá más fascinante— de toda esta historia comparada.
Tomado de:
Historia del cristianismo
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