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¡Bienvenidos, amigos del blog! Es un placer abrirles las puertas de este espacio que he cultivado desde 2009, un rincón donde convergen mis pasiones por diversas disciplinas humanísticas: las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Con el fin de atesorar, conservar y compartir, recopilo trabajos, obras, escritos y cantos de otros que valoro, y los combino con aportaciones originales que nacen de mi contemplación, estudio, reflexión, arte y creatividad. Para accesar las publicaciones originales debes escribir mi nombre (Chadys) o iniciales (CP) en la barra de búsqueda del blog. Espero puedan disfrutar de este espacio, al igual que disfruto yo al compartirlo con ustedes. También pueden explorar mi música en Spotify y YouTube. Quienes deseen adquirir mis obras literarias y musicales pueden hacerlo a través de su librería preferida, en Amazon, eBay, o contactándome directamente. Gracias por acompañarme en esta saga, un abrazo solidario.

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sábado, 19 de septiembre de 2026

La prisa del deseo: sobre cómo el exceso destruye la abundancia. - CP

Existe una paradoja trágica en la condición humana: la incapacidad de habitar la suficiencia. La codicia y la impaciencia rara vez se presentan con el rostro de la ruina; suelen disfrazarse de ambición, de eficiencia o de búsqueda de excelencia. Sin embargo, cuando la voracidad intenta acelerar los tiempos naturales de la vida, termina por cortar la fuente misma de lo que pretendía multiplicar. Quien exige al tiempo, a las personas o a las cosas un rendimiento que desborda su propia naturaleza, no obtiene riqueza inmediata: precipita el agotamiento y el colapso. La destrucción de lo valioso suele ser el precio de no haber sabido honrar el ritmo sutil de la constancia.

Esta verdad encuentra su expresión clásica en la célebre fábula de la gallina de los huevos de oro de Esopo. En el relato, un campesino afortunado posee un ave que le entrega cada mañana, de forma constante y sin falta, un huevo de oro puro. Sin embargo, impaciente por el goteo diario y seducido por la fantasía de encontrar un tesoro oculto en sus entrañas, decide abrirla de golpe. Al hacerlo, descubre con horror que por dentro el ave es exactamente igual a cualquier otra. Al forzar el ritmo del beneficio, destruye en un solo acto de arrebato tanto la fuente como la abundancia futura.

La lección de esta fábula resuena a lo largo de los siglos en la obra de diversos pensadores, textos sagrados y creadores que han reflexionado sobre este impulso devorador:

Proverbios 28:20: «El hombre fiel recibirá muchas bendiciones, pero el que tiene prisa por enriquecerse no quedará impune».

Esopo: «Quien todo lo quiere en un solo instante, se queda sin nada por no saber guardar el ritmo del día a día».

Lao Tsé: «Si intentas moldear el barro antes de tiempo, solo obtendrás ruina. Aquel que sabe cuándo detenerse no corre peligro».

Séneca: «La impaciencia es el gran obstáculo de la sabiduría; pretende cosechar antes de haber sembrado».

Erich Fromm: «Si el tener se convierte en la única fuente de sentido, el deseo inagotable termina por destruir el objeto amado».

Eugenio María de Hostos: «La prisa en las obras del espíritu y de la sociedad no es energía: es ignorancia de las leyes del desarrollo».

Al poner estas voces en diálogo, la lección cobra una dimensión profunda. El pasaje de Proverbios advierte sobre la trampa moral de la prisa: la aceleración del deseo rompe la fidelidad a los procesos. La fábula de Esopo materializa esa advertencia al mostrar cómo la avidez interrumpe trágicamente lo que era una continuidad próspera.

Por su parte, Lao Tsé y Séneca coinciden desde tradiciones distintas en que forzar la materia, los proyectos o las relaciones antes de tiempo equivale a profanarlos. La impaciencia es una forma de ceguera ante las leyes del crecimiento. En el plano de la psicología y la cultura moderna, Erich Fromm aclara que cuando nos vinculamos con los demás desde la posesión y el consumo inmediato, terminamos asfixiando lo que pretendíamos cuidar. Finalmente, Hostos nos recuerda que pretender saltarse las etapas naturales no demuestra fuerza ni visión, sino un desconocimiento de la delicada arquitectura sobre la que se sostiene la vida.

Cuidar la abundancia cotidiana exige la disciplina de la pausa. Mantener intacto lo que nos nutre implica aceptar sus límites, respetar su descanso y comprender que el valor real de lo que tenemos radica en su capacidad de permanecer, no en nuestra prisa por agotarlo.

Referencias

  • Anónimo. Biblia de Jerusalén (Proverbios 28:20).

  • Esopo. (c. siglo VI a. C.). Fábulas ("La gallina de los huevos de oro").

  • Fromm, E. (1976). ¿Tener o ser?.

  • Hostos, E. M. de. (1888). Moral social.

  • Lao Tsé. (c. siglo IV a. C.). Tao Te Ching.

  • Séneca, L. A. (c. 65 d. C.). Cartas a Lucilio.

Del peso de la lucidez: el aislamiento del que observa. - CP

Aprender a mirar sin velos modifica irremediablemente la forma en que habitamos el espacio social. La observación profunda es una puerta de un solo sentido: una vez que se traspasa la superficie, la inocencia no se puede rearmar. El distanciamiento que experimenta quien observa con detenimiento no nace del orgullo ni de un sentimiento de superioridad, sino de una imposibilidad casi física y espiritual de volver a encajar en esquemas que ha descubierto huecos. Quien adquiere visión paga la entrada a la autenticidad con la moneda del aislamiento, al descubrir que la cercanía construida sobre ficciones compartidas es solo una forma disimulada de soledad.

Este viaje hacia una mirada aguda condensa una intuición antigua y recurrente en la filosofía, la literatura y el arte:

Fernando Pessoa: «Ver demasiado es la causa de no poder actuar, de no poder estar en ninguna parte».

Arthur Schopenhauer: «La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes».

Søren Kierkegaard: «Existen dos formas de ser engañado. Una es creer lo que no es cierto; la otra es negarse a creer lo que es cierto».

Simone Weil: «La atención absoluta es oración».

Friedrich Nietzsche: «Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Andréi Tarkovski: «Un artista nunca trabaja para sí mismo o para el futuro; lo hace porque se encuentra atrapado en su propia verdad».

Al poner estos pensamientos a conversar, el fenómeno cobra una claridad distinta. El punto de partida de este desencaje lo describe Platón en el Mito de la Caverna: el hombre que logra liberarse de las cadenas y contempla la luz del sol al salir de la cueva ya no logra adaptarse de nuevo a las sombras ni a las discusiones del fondo. Al ver más allá, pierde la capacidad de fingir que las proyecciones son la realidad.

A este estado se llega por el ejercicio que Simone Weil define como atención pura: una forma de disciplina reflexiva que exige desmantelar nuestras acomodadas ilusiones. Es aquí donde responde Kierkegaard, señalando que la mayoría de las personas opta por la seguridad del autoengaño colectivo antes que enfrentar la incomodidad de la certeza. Quien rompe el pacto implícito de no mirar demasiado, queda de inmediato fuera de ritmo con su entorno.

Esta falta de encaje la sintetiza Fernando Pessoa con precisión al notar que la hiperclaridad destruye la capacidad de integrarse con fluidez en la rutina cotidiana; el observador se vuelve un extraño en todas partes. Nietzsche agrega a esta desconexión un peso ético y psicológico: mirar la realidad en su crudeza sin anestesia altera el interior de quien observa.

Sin embargo, ese aislamiento no surge como una postura ensayada. Como bien apunta Schopenhauer, la soledad se convierte en el refugio natural de quien busca coherencia. Y como aclara Tarkovski, esta distancia no es un acto de soberbia ni de desprecio por los demás: es sencillamente una exigencia de lealtad hacia la propia verdad descubierta. Ya no resulta posible cegarse a voluntad para mantener una compañía aparente.

El distanciamiento del observador no es, por lo tanto, un destino trágico, sino el espacio necesario donde la percepción deja de negociar con la conveniencia. Preferir la tranquilidad de la propia compañía antes que el ruido de una complicidad vacía constituye, en última instancia, el gesto primordial de honestidad con uno mismo y con el mundo.

Referencias

  • Kierkegaard, S. (1849). La enfermedad mortal.

  • Nietzsche, F. (1886). Más allá del bien y del mal.

  • Pessoa, F. (1982). El libro del desasosiego.

  • Platón. (c. 375 a. C.). La República (Libro VII: "El mito de la caverna").

  • Schopenhauer, A. (1851). Parerga y paralipómena (Capítulo: "Aforismos sobre la sabiduría de la vida").

  • Tarkovski, A. (1986). Esculpir el tiempo.

  • Weil, S. (1947). La gravedad y la gracia.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El peligro nunca fue la bruja.

Mi hija llegó a casa del colegio y dijo:
“Mamá, nunca vas a creer lo que pasó hoy en la clase de historia.”

Su profesor le dijo a la clase que iban a jugar a un juego. Caminó por el aula y susurró a cada niño si era una bruja o simplemente una persona normal. Después dio las instrucciones:
“Formad el grupo más grande que podáis sin una bruja. Si hay aunque sea una bruja en vuestro grupo, todos suspendéis.”

Ella dijo que toda la clase enseguida se llenó de desconfianza. Todos empezaron a interrogarse entre sí.
“¿Eres una bruja? ¿Cómo sabemos que no mientes?”
Algunos niños se quedaron en un grupo grande, pero la mayoría se dividió en grupitos más pequeños y exclusivos. Rechazaban a cualquiera que pareciera inseguro o nervioso, o que diera la más mínima señal de culpa. La energía cambió rápidamente. De pronto, todos sospechaban de todos. Susurros. Dedos acusadores. Miradas torcidas. La confianza desapareció en cuestión de minutos.

Cuando todos los grupos por fin se formaron, el profesor dijo:
“Bien, es hora de descubrir quién ha suspendido. Brujas, levantad la mano.”
Y no se levantó ninguna mano. La clase entera estalló en carcajadas.
“¡Esperad! ¡Habéis arruinado el juego!”
Entonces el profesor soltó la bomba:
“¿De verdad? ¿Había realmente brujas en Salem, o simplemente todos creyeron lo que se les dijo?”

Mi hija contó que la clase entera se quedó en silencio. Entonces lo comprendieron. No había hecho falta ninguna bruja para causar daño. El miedo ya había hecho su trabajo. Solo la desconfianza había dividido a toda la clase y convertido a la comunidad en caos.

¿Y no es exactamente eso lo que vemos hoy en día?
Otras palabras, el mismo juego.
En lugar de “bruja” ahora es liberal, conservador, de izquierdas, de derechas, conspiranoico, borrego, vacunado, no vacunado, pro-esto, anti-aquello. Las etiquetas cambian, pero la táctica es la misma:
Infunde miedo. Siembra desconfianza. Divide.
Luego siéntate y observa cómo la confianza se derrumba.

El peligro nunca fue la bruja. El peligro es el rumor. La desconfianza. El miedo. Las mentiras sembradas.
Rechaza el susurro. No juegues al juego. Porque en el momento en que salimos a cazar “brujas”, ya hemos perdido.



Texto original de Melissa LeBlanc.