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¡Bienvenidos, amigos del blog! Es un placer abrirles las puertas de este espacio que he cultivado desde 2009, un rincón donde convergen mis pasiones por diversas disciplinas humanísticas: las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Con el fin de atesorar, conservar y compartir, recopilo trabajos, obras, escritos y cantos de otros que valoro, y los combino con aportaciones originales que nacen de mi contemplación, estudio, reflexión, arte y creatividad. Para accesar las publicaciones originales debes escribir mi nombre (Chadys) o iniciales (CP) en la barra de búsqueda del blog. Espero puedan disfrutar de este espacio, al igual que disfruto yo al compartirlo con ustedes. También pueden explorar mi música en Spotify y YouTube. Quienes deseen adquirir mis obras literarias y musicales pueden hacerlo a través de su librería preferida, en Amazon, eBay, o contactándome directamente. Gracias por acompañarme en esta saga, un abrazo solidario.

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sábado, 22 de agosto de 2026

Entre el tiempo, la memoria y la lucha: Renovación - CP

No puedes construir lo nuevo sin enfrentarte con lo antiguo.
Pero tampoco puedes vivir eternamente dentro de lo antiguo.



Hay momentos en la vida en que uno descubre que avanzar no significa necesariamente dejar atrás todo lo que ha sido, sino aprender a mirar el pasado de otra manera.

Durante mucho tiempo pensé que cambiar significaba desprenderse. Que para comenzar algo nuevo había que cerrar las puertas de aquello que nos precedía, como si el pasado fuese una habitación de la que necesariamente debíamos salir para poder respirar.

Con los años he aprendido algo diferente.

El pasado no siempre es una casa que debemos abandonar. A veces es un espejo. Otras veces es una herida. Algunas veces es una raíz. Y en ocasiones es simplemente una sombra que camina detrás de nosotros, recordándonos que todavía hay algo que comprender.

Por eso estas tres lecturas bíblicas me hablan de una manera particular.

Las siento como tres movimientos de una misma reflexión: el tiempo que nos enseña, la renovación que nos exige y la lucha que finalmente nos transforma.

Y quizá por eso las percibo también como una reflexión trina, porque así entiendo mi propia existencia: como un ser que intenta conciliar aquello que piensa, aquello que siente y aquello que vive; alma, mente y cuerpo buscando una misma dirección.


I. Eclesiastés 3:1-15 — El alma frente al tiempo

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”

Hay palabras que uno lee muchas veces antes de comprenderlas.

Durante años, para mí, el tiempo fue simplemente aquello que pasaba. Días, meses, años. Cumpleaños, pérdidas, encuentros, despedidas. Cosas que sucedían mientras uno intentaba mantenerse en pie.

Pero llega un momento en que uno comprende que el tiempo no solamente pasa.

El tiempo nos transforma.

Nos quita algunas cosas y nos entrega otras. Nos obliga a despedirnos de personas, de lugares, de versiones de nosotros mismos que alguna vez creímos permanentes.

Hay tiempo para nacer y tiempo para morir. Para plantar y arrancar. Para llorar y reír. Para callar y hablar. Para guardar y perder.

Y quizá la dificultad de vivir consiste precisamente en que queremos decidir nosotros mismos cuál de esos tiempos nos corresponde.

Queremos reír cuando todavía estamos aprendiendo a llorar.

Queremos construir cuando todavía no hemos terminado de recoger los escombros.

Queremos comenzar cuando todavía seguimos aferrados a aquello que terminó.

Pero el tiempo tiene su propia sabiduría.

He aprendido que no todo puede hacerse al mismo tiempo. Hay cosas que solamente pueden comprenderse después de haberlas vivido. Hay preguntas que necesitan años para encontrar una respuesta. Hay heridas que no desaparecen porque las ignoremos, sino porque finalmente nos atrevemos a mirarlas.

Y hay recuerdos que, lejos de ser cadenas, terminan convirtiéndose en maestros.

Por eso hoy miro mi pasado con menos necesidad de juzgarlo.

No todo fue perfecto.

No todo fue justo.

No todo salió como esperaba.

Pero todo pertenece a la historia de quien soy.

Y negar una parte de esa historia sería también negar una parte de mí.

Tal vez por eso Eclesiastés me lleva hacia el alma.

Porque el alma es ese lugar donde el tiempo deja sus huellas más profundas. Allí permanecen las alegrías que no queremos olvidar, las pérdidas que todavía nos acompañan, las preguntas que nunca terminamos de responder y aquellas personas que, aunque ya no estén, continúan habitando silenciosamente nuestra memoria.

El tiempo no me ha enseñado que todo pasa.

Me ha enseñado algo más difícil:

que algunas cosas pasan para que podamos comprender por qué tuvieron que pasar.

Y quizá allí comienza la sabiduría.

No en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con las preguntas sin permitir que ellas destruyan nuestra esperanza.


II. Isaías 43:18-19 — La memoria frente a lo nuevo

Hay algo particularmente difícil en comenzar de nuevo:

recordamos demasiado.

Nuestra memoria puede ser una bendición, pero también puede convertirse en una prisión.

Recordamos lo que fuimos. Lo que perdimos. Lo que hicimos bien y aquello que hubiéramos querido hacer de otra manera. Recordamos las personas que estuvieron, las que se fueron, las oportunidades que llegaron tarde y aquellas que quizá dejamos pasar.

Y entonces aparece aquella exhortación:

“No os acordéis de las cosas pasadas... he aquí que yo hago cosa nueva.”

No creo que esto signifique borrar la memoria.

Sería imposible.

Tampoco creo que Dios nos pida olvidar aquello que nos ha formado.

Creo que existe una diferencia entre recordar el pasado y vivir dentro de él.

Puedo recordar sin regresar.

Puedo agradecer sin quedarme.

Puedo reconocer lo que fui sin sentirme obligado a continuar siendo aquella persona.

Y eso, para mí, representa una de las formas más difíciles de libertad.

Porque lo conocido tiene una comodidad extraña, incluso cuando nos hace daño.

Lo antiguo nos resulta familiar.

Lo nuevo, en cambio, exige fe.

Construir algo nuevo significa aceptar que no sabemos exactamente cómo terminará.

Y ahí aparece nuevamente la tensión entre memoria y renovación.

No puedo construir lo nuevo si niego lo antiguo.

Pero tampoco puedo construir lo nuevo si sigo adorando lo antiguo.

Hay recuerdos que merecen conservarse.

Hay otros que solamente necesitan ser comprendidos.

Y hay algunos que deben ser dejados en el lugar que les corresponde: el pasado.

Creo que muchas veces confundimos fidelidad con permanencia.

Pensamos que ser fieles a quienes fuimos significa permanecer iguales.

Pero quizá la verdadera fidelidad consiste en conservar aquello esencial mientras permitimos que nuestra existencia cambie de forma.

Una semilla no traiciona su naturaleza cuando se convierte en árbol.

La continúa.

Algo parecido sucede con nosotros.

La persona que fui no tiene que desaparecer para que aparezca la persona que soy.

Debe ser integrada.

Debe ser comprendida.

Debe ser trascendida.

Por eso Isaías me habla de la mente.

Porque la mente es el lugar donde construimos las interpretaciones de nuestra propia historia.

Y algunas veces necesitamos cambiar no lo que ocurrió, sino la manera en que entendemos lo que ocurrió.

Hay acontecimientos que no podemos modificar.

Pero podemos modificar el significado que les damos.

Y quizás una de las mayores formas de madurez sea precisamente esa:

dejar de preguntarnos solamente por qué ocurrió algo y comenzar a preguntarnos qué podemos hacer con aquello que ocurrió.

Entonces lo nuevo deja de ser una amenaza.

Se convierte en posibilidad.


III. Génesis 32:22-32 — La lucha frente a la transformación

Y finalmente está Jacob.

La noche.

La soledad.

La lucha.

No hay aquí una enseñanza cómoda.

Hay un hombre enfrentándose a algo que no comprende completamente.

Y lucha.

Eso me conmueve porque hay momentos en la vida en que uno también lucha con aquello que no puede explicar.

Lucha con el miedo.

Con las dudas.

Con los recuerdos.

Con sus propias decisiones.

Con aquello que quisiera cambiar y no puede.

Con aquello que sabe que debe cambiar y todavía no se atreve.

Hay luchas que ocurren dentro de la mente, pero terminan manifestándose en el cuerpo.

El cansancio.

El silencio.

Las noches sin respuestas.

Las marcas que la vida va dejando.

Y Jacob sale de aquella lucha diferente.

No sale intacto.

Sale herido.

Y quizá esa sea una de las imágenes más honestas de la transformación humana.

Cambiar no siempre significa salir ileso.

Hay transformaciones que dejan cicatrices.

Pero una cicatriz no es necesariamente una derrota.

Es también evidencia de que algo ocurrió y de que, a pesar de ello, seguimos aquí.

Jacob no termina aquella noche siendo exactamente el mismo hombre que entró en ella.

Y eso me hace pensar que quizá nosotros tampoco estamos llamados a salir de nuestras luchas siendo los mismos.

A veces queremos que Dios nos quite todas las dificultades.

Pero quizá algunas experiencias no vienen solamente para ser eliminadas.

Quizá vienen para transformarnos.

No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo.

Sino porque incluso aquello que nos hiere puede convertirse, con el tiempo, en una fuente de conciencia.

Jacob recibe un nuevo nombre.

Y ese detalle me parece extraordinario.

Porque después de la lucha no solamente cambia su condición.

Cambia su identidad.

Como si aquella noche hubiese obligado al hombre que era a encontrarse con el hombre que podía llegar a ser.

Y ahí encuentro el cuerpo.

Porque el cuerpo es nuestra experiencia concreta de la existencia.

Es donde sentimos el paso del tiempo.

Donde cargamos nuestras heridas.

Donde experimentamos el cansancio y el deseo.

Donde la vida deja sus marcas.

El alma recuerda.

La mente interpreta.

Pero el cuerpo vive.

Y quizá solamente cuando esas tres dimensiones consiguen encontrarse comenzamos realmente a comprender quiénes somos.


Una sola reflexión

Eclesiastés me enseña a aceptar el tiempo.

Isaías me enseña a no quedar atrapado en él.

Génesis me enseña que atravesarlo puede transformarme.

Por eso las tres lecturas, juntas, me parecen mucho más poderosas que cualquiera de ellas por separado.

Primero debo aceptar.

Después debo renovar.

Finalmente debo transformarme.

Y quizá ese sea también el movimiento de toda vida humana.

Nacemos dentro de una historia que no escogimos.

Recibimos nombres, familias, lugares, recuerdos, heridas, afectos, creencias y circunstancias.

Durante un tiempo creemos que somos simplemente la suma de todo aquello.

Hasta que llega el momento de preguntarnos:

¿Qué hago yo con todo lo que recibí?

Ahí comienza la verdadera responsabilidad sobre nuestra existencia.

Porque no escogimos el pasado.

Pero sí podemos decidir qué hacemos con él.

No podemos regresar al principio.

No podemos cambiar todas nuestras decisiones.

No podemos recuperar cada oportunidad.

No podemos traer nuevamente a todas las personas que alguna vez estuvieron a nuestro lado.

Pero podemos mirar hacia atrás sin quedarnos mirando eternamente.

Podemos honrar lo vivido sin convertirlo en una prisión.

Podemos recoger de las ruinas aquello que todavía tiene sentido y dejar caer aquello que ya cumplió su propósito.

Porque no puedes construir lo nuevo sin enfrentarte con lo antiguo.

Pero tampoco puedes vivir eternamente dentro de lo antiguo.

Hay un momento en que debemos abrir la puerta.

Salir.

Respirar otro aire.

Aceptar que la vida continúa.

Y quizá Dios no nos pide que olvidemos de dónde venimos.

Quizá nos pide algo mucho más difícil:

que tengamos el valor de continuar.

El alma guarda.

La mente comprende.

El cuerpo atraviesa.

Y entre las tres cosas se va formando aquello que llamamos identidad.

No somos solamente lo que nos ocurrió.

Somos también lo que hicimos con aquello que nos ocurrió.

Por eso miro hacia atrás sin despreciar mi historia y miro hacia adelante sin pretender conocerla.

Sé que habrá tiempo para construir y tiempo para destruir.

Tiempo para recordar y tiempo para soltar.

Tiempo para permanecer y tiempo para partir.

Habrá noches de lucha.

Habrá mañanas de renovación.

Y habrá momentos en que solamente podremos confiar.

Pero después de todo lo vivido, creo que comienzo a comprender algo que antes no podía comprender:

el pasado no tiene que desaparecer para que exista un futuro.

Tiene que encontrar su lugar.

Y cuando finalmente lo encuentra, entonces podemos caminar.

No porque hayamos dejado de ser quienes fuimos,

sino porque hemos aprendido a convertirnos en quienes todavía podemos ser.

El clavo que sobresale: Destacar con excelencia, responder con humildad - CP



 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 



El clavo que sobresale: Destacar con excelencia, responder con humildad

Hay un proverbio tradicional que encierra una verdad inevitable sobre la naturaleza humana: «El clavo que sobresale recibe el martillazo». Quien posee una cualidad distinta, rompe el molde o simplemente brilla con luz propia, se convierte en el blanco inmediato de la resistencia, la incomprensión y la envidia.

El desafío para quien destaca nunca ha sido apagar el brillo para complacer la comodidad ajena, sino entender cómo responder cuando el entorno intenta nivelar hacia abajo. La victoria no se consigue entrando en la dinámica del conflicto, sino asumiendo una postura inquebrantable: no es creer ser, es simplemente ser.

La anatomía de la envidia: Tres escenarios, un mismo testimonio

Las vivencias personales en tres disciplinas distintas demuestran que la hostilidad hacia el talento no es un hecho aislado, sino un patrón sistemático frente a lo disruptivo.

El tabloncillo: La incomprensión del molde cerrado

En el deporte, el talento poco convencional genera desconcierto en las estructuras rígidas. Durante un “tryout”juvenil en Toa Alta en mis años de escuela superior, la respuesta de la dirección técnica ante una forma distinta de jugar fue encasillarla en un extremo: «O es un loco, o es un genio», cerrando la puerta con un rechazo tácito y sin explicaciones directas. La lucidez de aquel momento me permitió entender que forzar la permanencia bajo un liderazgo sin visión solo desgasta el propósito. No insistí en jugar con dirigentes como esos y opté por dedicarme a la música.

Recientemente, la historia se repitió en otro nivel: un joven prospecto del Baloncesto en Puerto Rico, dotado de físico, altura y contundencia para donkear, se enfrentaba a golpes desmedidos durante un juego que sostuvimos en el cual yo era parte del equipo rival. El golpe físico y el bloqueo no siempre responden a una estrategia de juego legítima; a menudo son la manifestación física de la frustración de quien se siente superado en habilidad.

Acabado el partido, me acerqué al joven, le comenté que sabía que solo estaba «paseando por la cancha» y le di un espaldarazo de apoyo para recordarle su capacidad. El joven se abrió con honestidad —sabiendo que por edad bien podría ser su padre— y me confesó lo mucho que le incomodaba la envidia que muchas veces percibía a su alrededor. Le compartí una perspectiva similar a la que da forma a este escrito, pues esta reflexión nace precisamente de esa conversación y de una introspección sobre vivencias paralelas en mi trayectoria como deportista, músico y educador. El joven sonrió, descansó, y al rato se fue tranquilo.

La música: De la indiferencia al oportunismo

Mi experiencia al pasar al ámbito de la música, la dinámica sobre la cual estamos reflexionando no cambió; simplemente mutó hacia una forma más sutil de resistencia: el silencio inicial y el oportunismo posterior. Mientras construyes desde cero, el respaldo de algunos colegas suele ser nulo. Sin embargo, en el instante en que surge una oportunidad o un proyecto cobra notoriedad, aquellos que guardaron silencio reaparecen con llamadas, comentarios negativos no solicitados o intentos velados de subirse a la plataforma ajena. El mismo entorno que negó el apoyo busca capitalizar el esfuerzo que no tuvo la disciplina de edificar, o simplemente "minimizarla". Curiosamente, en mi experiencia de vida nunca he tenido que bloquear a una mujer en redes sociales, pero sí he tenido que hacerlo con varios músicos: una realidad tan cómica como paradójica.

Por otra parte; siempre he contado con colegas y amigos que están dispuestos a apoyarme y a colaborar en mis proyectos, desde sus respetivas posiciones laborales, disciplinarias o artísticas. Entiendo que lo importante es aprender a utilizar la lupa del discernimiento para distinguir intenciones y quién es quién en tu entorno. "Nunca faltarán ángeles, pero siempre sobrarán demonios", y parásitos.

La academia y la profesión: El filtro del interés y el desánimo inducido

En el ámbito educativo e investigativo de nuestro contexto social, el mérito suele chocar contra la politización y las agendas individuales o institucionales. Durante el desarrollo de mi tesis doctoral tuve que pasar por tres directores. El segundo, un etnomusicólogo reconocido, intentó convencerme de que yo era incapaz de desarrollar una investigación de ese calibre. Noté que a todo lo que yo escribiera, él le iba a "poner un freno, para que no arrancara la guagua", escribiendo en el lenguaje de Juan Luis Guerra.

Yo sabía de mis derechos como estudiante, y uno de ellos era exigir director de tesis nuevo. Cuando mis ensayos doctorales llegaron a manos de quien fue mi director final, su reacción fue opuesta: me expresó con respeto que los textos ya eran publicables tal como estaban. Con su respaldo, defendí y aprobé mis dos ensayos historiográficos y mi tesis en un solo año.

Cuando se formula una propuesta rigurosa y genuina, el sistema - tan politizado - a menudo intenta acomodarla a la figura de turno o a la ideología que permea la institución. Si la propuesta es diferente al molde de la institución, aunque sea  sólida y prometedora, surge una táctica común de manipulación: desacreditarla, hacerle creer al autor que su trabajo no sirve y/o minimizarle. El objetivo real no es pedagógico, sino estratégico: desmoralizar al investigador para que abandone la propuesta, apropiarse eventualmente de la idea o eliminar de raíz a una competencia intelectual incómoda. 

Todo nuevo paradigma choca inevitablemente con la resistencia y el conflicto de lo establecido antes de lograr su aceptación y consolidación.

El lente bíblico: El patrón de la hostilidad y el contraataque de la gracia

Las Escrituras registran con precisión cómo hombres llamados a marcar una diferencia enfrentaron exactamente las mismas barreras:

  • David y el desdén de los suyos (1 Samuel 17 y 18): Antes de vencer a Goliat, David tuvo que soportar el desprecio de su hermano mayor, Eliab, quien lo acusó de soberbio y malicioso por el simple hecho de presentarse en el frente de batalla. David no gastó energía defendiendo su reputación ante su hermano; simplemente se dio la vuelta y dejó que su acción en el valle hablara por él. Más adelante, cuando el rey Saúl intentó asesinarlo por celos al escuchar los cantos del pueblo, David perdonó la vida de Saúl dos veces en el desierto. Quien confía en su trabajo y en Dios no necesita recurrir al sabotaje ni a la venganza.
  • José y la trampa del resentimiento (Génesis 37–50): Sus hermanos lo arrojaron a una cisterna y lo vendieron como esclavo por causa de sus dones, su túnica y sus sueños. Tras años de trabajo silencioso, integridad administrativa y encarcelamientos injustos en Egipto, José llegó a gobernar. Al tener a sus hermanos vulnerables frente a él pidiendo alimento, no utilizó su poder para aplastarlos, sino para salvar sus vidas. José educó a sus detractores mediante una generosidad que desarmó por completo el odio original.

Criterios para las nuevas generaciones: La fuerza del silencio y el servicio

Para quienes hoy enfrentan resistencia en el deporte, el arte, la academia o el entorno laboral, el camino hacia la madurez exige principios claros:

  • El trabajo como única voz: No caigas en la trampa de defender tu valía con discusiones o soberbia reactiva. Las palabras desgastan; la constancia y los resultados crean un testimonio que ningún detractor puede refutar a largo plazo.
  • Aceptar el costo de la autenticidad: Si posees una visión que rompe esquemas, o tienes talentos que te hacen destacar, ignora la envidia... el sistema tradicional intentará llamarte loco antes de admitir que no sabe cómo dirigirte. No reduzcas tu estándar para encajar en lugares que te quedan pequeños.
  • El silencio como frontera: Frente a quienes se acercan con intenciones dobles —para fiscalizar, criticar o colarse en tu mérito— la respuesta más contundente es la prudencia y el silencio. El silencio no es debilidad; es la negativa consciente a alimentar dinámicas que no edifican.
  • Servir desde la ventaja: La respuesta definitiva a la envidia es la humildad práctica. Usa tu conocimiento, tu fuerza o tu posición para orientar al que viene detrás y ayudar al que lo necesita. Educar con el ejemplo consiste en demostrar que el talento auténtico no busca súbditos, sino colegas, unidos para servir con integridad.

EL MISTERIO DE LAODICEA - CP

EL MISTERIO DE LAODICEA

¿Sabías que cuando Jesús dice en Apocalipsis 3:15-16 "¡Ojalá fueras frío o caliente!", no está usando un termómetro para medir qué tan eufórico estás en una reunión de domingo?

Durante décadas se nos enseñó un mito peligroso: el caliente es el ferviente que llora y levanta las manos; el frío es el pecador perdido en el mundo; el tibio es el que asiste sin ganas. Esta interpretación ignora por completo la geografía y la ingeniería civil del siglo I.

El Código Geográfico: El Valor de la Función

Laodicea era una metrópoli bancaria inmensamente rica, pero carecía de una fuente natural de agua potable. A pocos kilómetros se encontraban dos ciudades vecinas con recursos únicos:

  • Hierápolis (Caliente): Famosa por sus manantiales termales ricos en minerales, utilizados con propósitos terapéuticos y medicinales para sanar dolores corporales y enfermedades de la piel.

  • Colosas (Frío): Conocida por sus arroyos de agua helada nacida de la nieve de las montañas, pura, cristalina y vital para saciar la sed de los viajeros extenuados.

Laodicea construyó un costoso acueducto para transportar agua desde los manantiales de Hierápolis. Sin embargo, tras recorrer kilómetros por tuberías de piedra, ocurría el desastre térmico: el agua caliente se enfriaba en el trayecto. Al entrar a la ciudad ya no era caliente (perdía sus propiedades curativas) ni era fría (no servía para beber). Llegaba tibia, estancada y cargada de depósitos de carbonato de calcio. El sabor y la densidad eran tan repulsivos que provocaban náuseas inmediatas en cualquiera que intentara beberla.

El reclamo de Jesús no era sobre temperatura mística; era sobre inutilidad práctica. El agua caliente sirve para sanar; el agua fría sirve para refrescar. El agua tibia no sirve para nada: solo produce vómito.

La Analogía Actual: Cuando la Apariencia No Resuelve Nada

Imagina que estás en medio del desierto sufriendo una deshidratación severa y alguien te ofrece un café con leche a 38 °C, denso y cargado de sedimentos. No alivia la sed ni reconforta el cuerpo; el organismo lo rechaza.

O piensa en un botiquín de primeros auxilios colocado en una sala de emergencias: el estuche es de diseño exclusivo y brilla impecable en la pared, pero al abrirlo solo contiene adornos de papel en lugar de vendas, antisépticos o analgésicos. Se ve religioso, pero ante la herida abierta de una persona es absolutamente inútil.

El Espejo Contemporáneo

Hoy medimos la madurez espiritual por indicadores equivocados:

  • La cantidad de canciones que nos erizan la piel o nos hacen llorar los fines de semana.

  • Las publicaciones de frases inspiradoras en redes sociales.

  • El volumen de nuestra voz durante una oración o la elocuencia de nuestro discurso.

Sin embargo, el lunes por la mañana:

  • ¿Alivias el ambiente asfixiante de tu lugar de trabajo, o sumas más veneno a los chismes de oficina?

  • ¿Eres agua fría que calma la ansiedad de un amigo al borde del colapso, o eres un juicio más que lo empuja al vacío?

  • ¿Actúas como bálsamo caliente que ayuda a sanar los rencores de tu propia familia, o eres indiferente al dolor ajeno?

El cielo no busca consumidores de experiencias emocionales; busca canales de restauración real. Una fe que solo sirve para sentirse bien a puerta cerrada, pero que no cura las heridas de una sociedad rota ni sacia la sed de esperanza de los que sufren, ha perdido su propósito.

 ¡Deja de medir tu fe por la emoción! Conviértete en un oasis de sanidad y refrigerio espiritual.

CP