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¡Bienvenidos, amigos del blog! Es un placer abrirles las puertas de este espacio que he cultivado desde 2009, un rincón donde convergen mis pasiones por diversas disciplinas humanísticas: las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Con el fin de atesorar, conservar y compartir, recopilo trabajos, obras, escritos y cantos de otros que valoro, y los combino con aportaciones originales que nacen de mi contemplación, estudio, reflexión, arte y creatividad. Para accesar las publicaciones originales debes escribir mi nombre (Chadys) o iniciales (CP) en la barra de búsqueda del blog. Espero puedan disfrutar de este espacio, al igual que disfruto yo al compartirlo con ustedes. También pueden explorar mi música en Spotify y YouTube. Quienes deseen adquirir mis obras literarias y musicales pueden hacerlo a través de su librería preferida, en Amazon, eBay, o contactándome directamente. Gracias por acompañarme en esta saga, un abrazo solidario.

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sábado, 10 de octubre de 2026

EL PECADO DE TRIUNFAR: POR QUÉ "SILENCIAR TUS EXITOS" TE SALVA DE TODOS.

"Viste tu éxito de silencio, y tu paz no conocerá mendigos. Prudencia y bajo perfil." - CP 



Rubén detuvo su camioneta a tres cuadras de la casa de su madre. Apagó el motor, se quitó su reloj de acero fino y lo escondió bajo unos papeles en la guantera sucia. Respiró hondo, se revolvió el cabello para borrar cualquier rastro de éxito y ensayó en el retrovisor su mejor cara de derrota.

Rubén no está quebrado.
De hecho, su negocio acaba de reventar el récord de ventas del año. No le debe un peso a nadie, invierte en silencio y por fin duerme 8 horas diarias sin que le asfixie la ansiedad.

Pero cuando cruzó la puerta de la casa familiar, oliendo al guisado de siempre, y le preguntaron cómo le iba, Rubén bajó la voz, frunció el ceño y soltó la mentira perfecta:
—“Ahí la llevamos, tía… sudando la gota gorda, apenas sacando para los frijoles y pagando deudas. Ya sabe, la cosa está durísima.”

¿Por qué un hombre brillante y exitoso se disfraza de miseria ante su propia sangre?
Porque hace tres años cometió el pecado mortal de ser honesto.

Llegó a una Navidad estrenando carro y cometió la "imprudencia" de pagar la cuenta de toda la mesa. Esa misma tarde, la familia le cobró el impuesto del éxito:

Su primo, el que nunca tiene trabajo, le exigió ser su aval.
Su cuñado le lloró un préstamo "urgente" que jamás tuvo la decencia de devolver.
Y sus tías susurraron en la cocina que Rubén "seguro andaba en cosas turbias", porque aceptar que él tuvo talento y disciplina era aceptar que ellas simplemente no quisieron esforzarse.

Ahí, Rubén entendió la psicología más oscura de nuestra cultura: La gente te quiere ver bien, sí… pero JAMÁS mejor que ellos. La envidia no siempre se trata de querer tu cuenta bancaria; es el dolor físico que sienten al verte avanzar mientras ellos decidieron quedarse quietos.

Nos enseñaron a cuidarnos de los asaltantes en los semáforos, pero nadie nos advirtió que el saqueo más cruel y destructivo puede ocurrir en la mesa familiar, disfrazado de un tierno: "Échame la mano, cabo que a ti te sobra".

LA VERDAD CRUDA: 
Compartir ADN no le da derecho a nadie a saquear tu paz mental ni tu patrimonio. Tu éxito no es una deuda que tienes con los que no se esforzaron, y no eres el cajero automático de nadie. Aprender a decir "NO" duele al principio, pero quedarte estancado por cargar cruces ajenas te arruinará la vida. El éxito exige silencio, porque mientras menos sepan de tus finanzas, menos vampiros tendrás en la puerta. Si tu brillo y tu prosperidad les molesta, que se pongan lentes.

De la red. Arte y título nuestro.

Mi Viejo - Piero

https://www.youtube.com/watch?v=69VStYa0aBA

Lo llevó a la sala de su casa, descolgó el teléfono para que nadie los interrumpiera y empezó a cantar.
Su padre, Lino, tenía apenas 48 años.
Mientras escuchaba, comenzó a llorar.
Piero contaría muchos años después que nunca antes lo había visto hacerlo. Cuando terminó la canción, su padre se limpió los anteojos y, todavía emocionado, protestó en una mezcla de italiano y español por aquella letra que decía que caminaba lento.
Pero el hombre que había inspirado esas palabras era otra persona.
Se llamaba Mario Tcherkaski.
Había nacido en Rusia, donde recibió una sólida formación intelectual. Tras emigrar, terminó viviendo en Buenos Aires y ganándose la vida como vendedor ambulante de sábanas.
Aunque las dificultades económicas eran frecuentes, Mario conservó su afición por los libros y el teatro. Su hijo José recordaría que fue él quien lo acercó a la literatura.
Mario murió a los 52 años.
José tenía apenas 14.
Tiempo después, el muchacho escribió un poema sobre su padre titulado «El ambulante». Años más tarde rescataría de aquel texto una frase que terminaría escuchándose por toda América Latina: «Viejo, mi querido viejo».
A finales de la década de 1960, José Tcherkaski conoció a Piero. Comenzaron a trabajar juntos: José escribía las letras y Piero componía la música.
De los recuerdos de Mario surgió «Mi viejo».
Al principio, ninguna discográfica parecía interesada. Ambos recorrieron distintos sellos llevando grabaciones de sus canciones, hasta que CBS decidió apostar por el tema.
En 1969, «Mi viejo» llegó al público argentino y comenzó a extenderse por otros países. Con los años se convirtió en una de las canciones más reconocidas de la música latinoamericana sobre la figura paterna.
El 7 de octubre de 2026, Piero falleció a los 81 años.
José Tcherkaski había contado un detalle particular sobre la canción que lo unió al cantante: mientras su padre estuvo vivo, jamás se habría atrevido a llamarlo «viejo».
Terminó haciéndolo en una canción que Mario nunca llegó a escuchar.
Cuando Piero terminó de componer «Mi viejo», quiso que su padre fuera uno de los primeros en escucharla.
 
De la red. 

viernes, 9 de octubre de 2026

La tiranía del aplauso: La conquista del respeto propio frente a la mirada ajena. - CP

La tiranía del aplauso: La conquista del respeto propio frente a la mirada ajena.

La condición humana ha estado históricamente marcada por una tensión constante entre la validación externa y la autonomía interior. Desde los albores de la reflexión filosófica, pensadores y artistas han intentado descifrar el origen de esa necesidad visceral de ser reconocidos por la masa, a menudo descubriendo que el aplauso público no es más que un velo que cubre una profunda carencia de autoaceptación. En este contexto, la sentencia atribuida a Baruch Spinoza resuena con una vigencia implacable: «Quien necesita ser admirado por todos, todavía no ha aprendido a respetarse a sí mismo». Esta premisa invita a examinar cómo la dependencia de la mirada ajena erosiona la dignidad del individuo, obligándolo a habitar un personaje en lugar de su propia esencia. A través del diálogo entre teólogos, filósofos, poetas y músicos, es posible desentrañar las múltiples dimensiones de esta búsqueda de aprobación y comprender el camino hacia la soberanía del alma.

I. La servidumbre del aplauso y la autonomía del alma

La búsqueda insaciable de validación externa sitúa al individuo en un estado de dependencia espiritual y psíquica. Cuando la propia estima depende del juicio ajeno, el ser se disuelve en el reflejo de una multitud voluble. Baruch Spinoza, en su análisis sobre los afectos humanos, sostuvo que «la soberbia es una alegría nacida de que el hombre se estime en más de lo justo, por amor de sí mismo», aduciendo que quien vive atrapado en el deseo de gloria no hace sino esclavizar su potencia de actuar a las pasiones serviles.¹

En esta misma línea de pensamiento, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre advirtió sobre la trampa de construir la identidad exclusivamente a través de los ojos de los demás, señalando que «el infierno son los otros» cuando permitimos que su mirada defina de forma absoluta nuestra libertad e intimidad.²

II. Diálogo teológico y filosófico: El valor intrínseco frente al brillo del mundo

Al situar la conversación en la esfera de la trascendencia y la ética, San Agustín de Hipona dialoga con el imperativo de Spinoza. Frente a las tentaciones de la gloria terrenal, Agustín afirmaba que «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Para el teólogo, el respeto propio no es soberbia, sino el reconocimiento de la dignidad inherente conferida por el Creador, la cual invalida la necesidad de mendigar la admiración del mundo.³

Frenando las pretensiones de la vanidad social, el pensador y matemático Blaise Pascal añade su voz al debate recordando la fragilidad de las máscaras humanas: «Queremos vivir una vida imaginaria en la mente de los demás, y para ello nos esforzamos por parecer».⁴ Pascal observa con agudeza cómo el ser humano sacrifica su ser real a cambio de un fantasma reputacional.

Por su parte, el filósofo Friedrich Nietzsche irrumpe en la discusión exigiendo una ruptura radical con el rebaño para alcanzar la verdadera nobleza personal: «El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser dueño de uno mismo».⁵

III. La resonancia poética y musical: Silencio, autenticidad y pulido interior

En el ámbito de las artes y la música, la tensión entre la aprobación externa y la paz interior encuentra su expresión más íntima. El compositor Ludwig van Beethoven, defendiendo la soberanía del creador frente al aplauso del público, escribió: «Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo»⁶. Para Beethoven, la fidelidad a la voz interior prevalece sobre las exigencias o modas de la masa.

Esta búsqueda de sobriedad y verdad interior resuena profundamente en las letras de la poesía lírica. El poeta español Antonio Machado nos invita a cultivar la sencillez y el recogimiento propio al declarar: «Converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera hablar a Dios un día».⁷ En estas líneas, el respeto a uno mismo se manifiesta como un diálogo interior honesto que no requiere auditorios ni escenarios.

Finalmente, el cantautor y compositor Silvio Rodríguez sintetiza la afirmación de la propia identidad en medio de las presiones del entorno al cantar: «Yo me muero como viví»⁸, subrayando que el mayor acto de respeto y dignidad personal consiste en mantenerse fiel a las propias convicciones hasta el último aliento, sin doblegarse ante la aprobación ajena.

En conclusión, la necesidad compulsiva de admiración universal evidencia un vacío existencial que ninguna alabanza externa puede saciar de manera duradera. Como se ha observado a través de las diversas perspectivas filosóficas, teológicas y artísticas, el verdadero respeto propio surge al despojarse de la necesidad de aprobación masiva para habitar la propia autenticidad con sobriedad y coraje. Así, el aplauso del mundo deja de ser una brújula indispensable y se convierte, a lo sumo, en un eco secundario frente a la armonía de una conciencia que ha aprendido a gobernarse a sí misma.

Referencias bibliográficas:

  1. Cabe destacar que en la metafísica spinoziana, la verdadera libertad humana (libertas) nace de la comprensión racional de la propia naturaleza (conatus), mientras que la búsqueda incesante de admiración ubica al sujeto en el terreno de la servitudo (servidumbre pasional). Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, ed. y trad. Vidal Peña (Madrid: Editora Nacional, 1980), 185.

  2. Jean-Paul Sartre, A puerta cerrada, trad. Aurora Bernárdez (Buenos Aires: Losada, 1948), 54.

  3. San Agustín de Hipona, Confesiones, trad. Pedro Vega (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2010), Lib. I, cap. 1.

  4. Blaise Pascal, Pensamientos, ed. Philippe Sellier y trad. Xavier Zubiri (Madrid: Cátedra, 2006), 212.

  5. La convergencia entre Agustín, Pascal y Nietzsche —a pesar de sus divergencias teológicas y axiológicas— evidencia un consenso histórico: la estimación fundada en el juicio colectivo vacía al sujeto de su densidad ética e interior. Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, trad. Andrés Sánchez Pascual (Madrid: Alianza Editorial, 2012), 142.

  6. Ludwig van Beethoven, Cartas y cuadernos de conversación, ed. Alexander Wheelock Thayer (Barcelona: Paidós, 1996), 89.

  7. Antonio Machado, Campos de Castilla (Madrid: Cátedra, 2004), 93.

  8. Silvio Rodríguez, «El necio», pista 8 en Silvio, Ediciones Ojalá, 1992, disco compacto.